OPINIÓN

Canastas solidarias

Asegurar que todos los niños puedan comer tiene un impacto futuro formidable. Por favor, no olvidarlo cuando termine la pandemia. 

Foto: El País
Foto: El País

No hay excusa para que en un país de 3.5 millones de habitantes siga habiendo niños que no accedan a buena alimentación. Hoy vemos de un modo especial cómo tantas personas colaboran con los demás. Médicos, personal sanitario, agentes de servicio, familias, vecinos: no se limitan a cumplir con su deber. Ayudan con generosidad. Las canastas de alimentación son una muestra de esto. Pero luego, cuando pase la pandemia, tenemos que buscar soluciones profundas.

Programa Food Stamps

Martha J. Bailey, de la Universidad de Michigan, junto a colegas de Stanford y Berkeley acaban de publicar la investigación: Is the social safety net a long-term investment? Large-scale evidence from the food stamps program. Estudian el impacto de un programa de alimentación para familias de bajos recursos (Food Stamps program). Es la investigación de mayor escala que existe en la literatura científica sobre impacto de un programa alimenticio.

Food Stamps está diseñado para ser un suplemento al presupuesto familiar de los hogares de bajos ingresos. Son elegibles todas aquellas familias que tengan ingresos inferiores al 130% de la línea de pobreza. Se le entrega a la familia unos tickets —vouchers— que permiten comprar alimentos en almacenes. Los beneficios que se otorgan varían con el tamaño de la familia, y se ajustan todos los años de acuerdo a la inflación. Los tickets se entregan mensualmente. En promedio, reciben el equivalente a unos 252 dólares por mes (es decir, unos 4 dólares por persona por día). Food Stamps comenzó en 1961, impulsado por el Presidente Kennedy.

Para evaluar el efecto del programa, los citados investigadores emplean datos de 43 millones de personas. Aprovechan que es un programa que comenzó aplicándose en pocas localidades y luego, poco a poco, se fue expandiendo a otras ciudades. Comparan entonces la suerte que tuvieron los niños que nacieron en ciudades donde existía el Food Stamps program respecto a los niños de otras ciudades. Bailey y sus coautores encuentran que aquellos niños que pudieron acceder al programa de alimentación, obtuvieron mejores logros académicos al pasar los años, consiguieron mejores trabajos cuando se convirtieron en adultos, aumentaron su expectativa de vida, y presentan menor probabilidad de haber cometido delitos.

Una inversión con buen rendimiento

Los investigadores demuestran que la transferencia de ingresos que implicó el programa de alimentación fue una inversión muy rentable. Es decir, 1 dólar gastado en el programa generó 56 dólares de beneficio. No está mal, ¿no? Para calcular el beneficio de un dólar gastado en Food Stamps tuvieron en cuenta los efectos del programa: conseguir una mayor educación, un mejor empleo y trabajar más años aporta más dinero a la sociedad, y cometer menos delitos ahorra costos de cárceles al país.

Y, atención: estos niños que participaron del Food Stamps program también tendrán hijos el día de mañana. Entonces, a los 56 dólares, habría que sumarle los beneficios sobre los futuros hijos. Lo que se conoce como efecto intergeneracional.

Paros de docentes y vacaciones

¿Cómo puede ser que no hayamos logrado que todos los niños de Uruguay puedan alimentarse todos los días, aunque haya paro de docentes, o se esté en fin de semana, o se hayan decretado vacaciones? Así como hay servicios de emergencia de ómnibus, con más razón hay que buscar servicios de emergencia cuando hay paro o empezó la temporada de playa. Los niños necesitan comer bien todos los días. No importa si son de Montevideo o de Pirarajá. Ya está demostrado —no hay dos escuelas de pensamiento — que lo que le pase al niño, especialmente cuando tenga menos de 5 años de vida, es clave para toda su vida. Bailey y sus colegas investigadores nos dirían: “miren que es una inversión muy efectiva. Si invierten un dólar hoy, obtienen cincuenta y seis mañana”. Y si dijéramos: “es imposible garantizar la alimentación de los menores de cinco años en Uruguay”, alguien de China nos preguntaría: “¿pero ustedes no son 3,5 millones? Son un barrio de Beijing, unas pocas torres de apartamentos”.

Todos los habitantes de Uruguay caben en unos pocos barrios de Lima, de Sao Pablo o de Beijing. No tenemos excusa para no garantizar la comida a los niños. Claro, exige que cada uruguayo haga bien su trabajo: no es poca cosa. Y exige empezar ahora a resolver los problemas estructurales, no esperar a que pase la pandemia.

(*) Decano de Ciencias Empresariales de la Universidad de Montevideo

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