En un despacho sobrio donde alterna expedientes electorales con recuerdos de una vida de cierta exposición mediática, Wilfredo Penco confirma que su identidad más profunda no está en el Derecho ni en la función pública, sino en la lectura. Antes que presidente de la Corte Electoral, antes que abogado, antes incluso que ensayista y crítico literario, se asume -sin énfasis y sin impostación- como lector. “Yo me defino más que como un escritor, como un lector voraz”, dice quien atesora en su biblioteca personal más de 20.000 volúmenes. Y en esa afirmación, sencilla pero reveladora, se condensa el sentido de una trayectoria que ha sido parte de la crítica y la promoción literaria uruguaya durante las últimas cinco décadas.
Nacido en Montevideo el 7 de marzo de 1954, Penco creció en un hogar de la calle Andes, entre Colonia y Mercedes. Allí, en un “viejo apartamento muy grande”, se desplegaba el escenario fundacional de su biografía intelectual: la biblioteca de su abuelo, quien fue médico, legislador y diplomático. “Yo siempre viví en la casa de mis abuelos. Y conviví con esa biblioteca toda mi infancia. Desde muy temprano fui lo que soy hoy, que es un fervoroso lector, antes que cualquier otra cosa”, señala.
La escena tiene algo de novela de formación: un largo corredor que unía la recepción con los dormitorios, “tapizado de punta a punta de libros”. Ese corredor era también el lugar de los juegos. “Era el espacio donde uno la pasaba bien y estaba siempre en contacto con libros”, recuerda. En esa geografía doméstica convivían la literatura clásica, la uruguaya, la filosofía y la política. “Era una biblioteca de variados intereses, eso también fue lo que me permitió un espectro muy amplio para ir colmando una curiosidad que fue creciendo”, añade.
“Mis primeros aportes escribiendo fueron más bien de carácter político, porque también inicié la actividad política a los 15 años”, explica recordando su temprana militancia quien luego se vincularía al Frente Amplio. El giro decisivo hacia la investigación literaria se produjo poco después, en la década del setenta, en los archivos de la Biblioteca Nacional. Allí encontró otro corredor infinito: el de los manuscritos, borradores y papeles personales de los grandes autores.
“El director de los archivos literarios era Arturo Sergio Visca, quien me abrió las puertas de la biblioteca en esos tiempos y me orientó en los trabajos que allí pude hacer”, dice. De esa experiencia surgieron sus primeros trabajos publicados en la revista de la institución y una vocación que ya no lo abandonaría. Y entre esos archivos, uno resultó determinante: el de José Enrique Rodó.
La obra de Rodó
El autor de Ariel se convirtió en figura central de su obra ensayística. No solo por la magnitud del escritor, sino por la experiencia casi física de enfrentarse a su legado. “Todo ese material enorme, y que fue una experiencia extraordinaria, me permitió acceder a conocer con mayor detenimiento una personalidad compleja”, asegura. La imagen inicial, “algo estereotipada”, se transformó gracias a un conocimiento “casi oceánico” de los papeles rodonianos: “iban desde la multiplicidad de versiones de cada texto hasta los apuntes mínimos de la vida cotidiana”. De ese trabajo realizado por Penco, surgirán libros fundamentales y ediciones críticas que renovaron la lectura de Rodó en el Uruguay contemporáneo.
Paralelamente, consolidó su presencia como crítico en la prensa cultural. Desde mediados de los años 70 colaboró en diversos medios, y entre 1981 y 1985 codirigió junto a José Pedro Díaz la página literaria de Correo de los Viernes. Allí impulsó, entre otras iniciativas, una “Antología consultada de la poesía uruguaya contemporánea”. Su crítica, de tono reflexivo y documentado, buscó siempre tender puentes entre el archivo y el lector común.
Antes de consolidarse en Correo de los Viernes, había publicado “de forma más aislada”, notas en Búsqueda y en El País Cultural, hasta que el trabajo se volvió más constante en la revista Noticias y luego en el semanario, vinculado al Partido Colorado.
Otra experiencia decisiva fue su trabajo editorial en Arca. Allí participó en la reconstrucción de Don Juan, el Zorro, novela inconclusa de Francisco Espínola. “Pasé meses trabajando en ello”, cuenta. Ese trabajo minucioso no solo implicó ordenar manuscritos dispersos, sino reponer a Espínola en el centro de la conversación literaria. “Se publicaron también los cuentos completos de Espínola”, agrega.
Dos personas que lo apoyaron en sus inicios literarios fueron Juan Pivel Devoto y Carlos Real de Azúa. La cercanía personal con escritores marcó su itinerario crítico. Fue amigo de Marosa di Giorgio, a cuyo libro La liebre en febrero prologó y cuya obra siguió “muy atentamente, hasta su muerte y después de su muerte”. También mantuvo un vínculo estrecho con Idea Vilariño y con el poeta Juan Cunha, cuya obra inédita impulsó desde la Academia Nacional de Letras. Esa relación directa con los autores le dio a su crítica un matiz singular: no solo estudioso de textos, sino testigo de procesos creativos.
La Academia de Letras
En 1994 ingresó como miembro de número a la Academia, ocupando el sillón dejado por Visca. Desde entonces, su papel en la institución fue creciente, hasta presidirla en dos períodos distintos. Bajo su gestión se fortalecieron líneas de investigación y se concretaron proyectos de largo aliento. Entre ellos, el Diccionario del Español del Uruguay, que considera uno de los hitos de su presidencia: una obra colectiva que condensó “un trabajo de décadas” y que “hoy sigue siendo una referencia en la materia”.
También participó en la coordinación del Diccionario de Literatura Uruguaya, proyecto iniciado en tiempos de dictadura y vinculado a nombres como Mario Benedetti y Ángel Rama. “Se siguió trabajando en forma silenciosa”, recuerda sobre aquellos años en que muchos autores estaban en el exilio. El empujón final lo dio junto a otros coordinadores, cerrando un ciclo que combinó resistencia cultural y rigor académico.
Pese a su intensa actividad pública -es doctor en Derecho, presidente de la Corte Electoral y observador internacional en misiones latinoamericanas-, Penco insiste en que su eje vital sigue siendo la lectura: “No me deshago de libros porque mis lecturas son contextualizadas. Siempre que tengo un libro en la mano, me lleva a otro, necesariamente”. Esa concepción relacional de la lectura explica su resistencia a desprenderse de ejemplares; cada libro es, para él, un nodo en una red de asociaciones futuras.
De lectores y escritores
Frente al diagnóstico extendido de que en la actualidad se lee menos, Penco adopta una postura matizada pero positiva. “Soy optimista, pese a todos los cambios que se han producido”, afirma. Reconoce el peso de los medios digitales, pero sostiene que “eso no ha impedido que la producción del libro en papel siga siendo significativa, porque el cuerpo de lectores se sigue generando, se sigue manteniendo y se sigue proyectando también en nuestro país”. Para él, la literatura uruguaya goza de buena salud, especialmente cuando surgen nuevos autores y algunos logran “cruzar fronteras”.
Consultado sobre la aparente facilidad actual que tienen los escritores para publicar, no elude el cambio de escenario. “Por supuesto que la tecnología también ha ayudado en ese sentido en cuanto a la posibilidad de publicar y ni que hablar de difundir, ya en sí en los medios digitales, su obra de un modo prácticamente cotidiano”, dice.
Hoy Penco trabaja, con la lentitud deliberada del investigador que no responde a urgencias editoriales, en autores prácticamente desconocidos del siglo XIX y en publicaciones olvidadas. “Junto con la lectura, la investigación de la historia literaria es otra de mis pasiones”, dice con entusiasmo. Pero lo que más le interesa es sostener un diálogo íntimo con los libros. “En este momento estoy leyendo cuatro en forma simultánea”, señala. Cuando se le pregunta si aplica algún filtro para incorporar nuevos títulos a su biblioteca personal, dice que no, que todos son bienvenidos.
En tiempos de velocidad digital y de opiniones instantáneas, Penco prefiere leer antes de juzgar, contextualizar antes de opinar, reconstruir antes de canonizar. Tal vez por eso, cuando se le pregunta si quedó algo en el tintero durante la charla, vuelve al punto de partida: “Creo que lo fundamental está dicho. Sobre todo eso que me interesaba destacar, que es mi condición de lector por encima de la de escritor”.