Hay películas que necesitan tiempo. A veces hacen falta veinte años, otra generación de espectadores o simplemente una conversación después de la función para descubrir que una obra decía mucho más de lo que parecía. Eso ocurrió, por ejemplo, con El dirigible (1994), de Pablo Dotta, cuando volvió a proyectarse en Pervanche, el cineclub que nació convencido de que una película nunca se agota en el momento en que termina la proyección.
“Lo creamos para tener un espacio donde poder conversar sobre cine sin apuro. Si queremos quedarnos una o dos horas hablando después de la función, lo hacemos”, resume Iara López (41), una de las creadoras del proyecto junto a Clara Vázquez (27) y Carolina Vázquez (26).
Desde enero de 2025, Pervanche dejó de ser solamente un lugar donde se proyectan películas para convertirse en un espacio donde el cine se vive y se piensa en comunidad. En poco más de un año, el proyecto fue sumando nuevos ciclos, funciones inmersivas, cruces con música, literatura y gastronomía, un podcast y una comunidad que ya no depende del título de la película para llenar una sala.
Tres amigas, una idea
Todo empezó varios años antes, cuando Iara, Clara y Carolina coincidieron trabajando en un festival de cine. Con el tiempo se hicieron amigas y descubrieron que compartían mucho más que una profesión.
“En un momento dejamos ese proyecto pero no queríamos dejar de trabajar juntas y, además, sentíamos que había un espacio que no teníamos del todo claro cómo definir, pero que no existía en la escena”, recuerda Iara. La solución fue sencilla en apariencia. “Empecemos por crear un lugar donde nosotras mismas estaríamos cómodas, al que iríamos como usuarias o como espectadoras”, se dijeron.
El nombre tampoco fue casual. Rescata Pervanche (1920), la primera ficción uruguaya, hoy considerada perdida, de la que no se conservan copias conocidas. Para sus creadoras, esa ausencia funciona como una metáfora de otras pérdidas, como las oportunidades de detenerse a conversar sobre cine. Recuperar ese intercambio —por fuera de los ámbitos académicos y de las salas donde la función termina cuando se encienden las luces— se convirtió en la razón de ser del proyecto.
Las tres provienen del mundo de la comunicación audiovisual. López y Clara Vázquez son licenciadas en Comunicación Audiovisual y actualmente cursan la Licenciatura en Letras, mientras que Carolina Vázquez estudia la Licenciatura en Comunicación con orientación audiovisual. Esa formación atraviesa la manera en que piensan cada programación, aunque el criterio nunca responde únicamente a la historia del cine o a la lógica de los estrenos.
Hay ciclos que nacen de una idea, otros de una película y algunos simplemente de una conversación entre ellas. Balnearios Vacíos, por ejemplo, surgió primero como concepto y recién después aparecieron las películas capaces de dialogar con esa imagen. En otras ocasiones sucede exactamente al revés, una obra conduce naturalmente hacia otra hasta conformar un recorrido temático.
“No partimos de una película, sino de una idea o de un concepto. Vemos la relación entre dos películas inicialmente, decimos: ‘acá hay algo interesante para hacer un ciclo; pensemos qué otra película dialoga bien con estas dos’. A veces traen elementos que nos gustan a nosotras y las elegimos porque nos divertiría programarlas”, explica Clara.
Durante los primeros meses ese trabajo fue especialmente deliberado. Cada ciclo ayudaba a definir la identidad del cineclub. “Los primeros cuatro ciclos los pensamos mucho en términos de qué queríamos decir primero, y luego más adelante. Había una línea muy clara”, recuerdan. La intención era que el público entendiera rápidamente qué tipo de experiencia iba a encontrar allí: cine dirigido por mujeres, producciones uruguayas, clásicos internacionales y películas difíciles de encasillar, siempre elegidas porque tenían algo para decir unas sobre otras.
“Queríamos darle al público una idea de qué esperar de nosotras. Nos interesaba que cada película dialogara profundamente con las demás, que ninguna pareciera puesta porque sí”, afirma Clara.
Mucho más que una proyección
Mientras las plataformas de streaming perfeccionan algoritmos capaces de recomendar el próximo título antes incluso de terminar el actual, Pervanche propone exactamente lo contrario: detenerse.
“Para nosotras el cineclub siempre fue, antes que nada, un espacio de reflexión cinematográfica. Sí, proyectamos una película, pero la conversación posterior tiene exactamente la misma importancia”, sostiene Carolina.
La diferencia, dicen, no pasa únicamente por ver cine en una pantalla grande. Tampoco por rescatar películas difíciles de encontrar, aunque muchas veces ocurra. Lo distintivo aparece cuando las luces se encienden.
“Sentíamos que faltaba un espacio donde la reflexión ocurriera inmediatamente después de la película”, comenta Clara. En los festivales, señala, los intercambios suelen limitarse a un breve espacio de preguntas; en las salas comerciales, la experiencia termina apenas aparecen los créditos. Ellas imaginaban algo distinto: un lugar al que el público pudiera regresar semana tras semana para seguir pensando las películas entre todos. Para eso, muchas veces participan de las funciones el equipo técnico de las películas, sus actores y directores, como fue el caso de "Las olas" de Adrián Biniez, donde la proyección contó con la participación del director, del sonidista y postproductor de sonido, Daniel Yafalián, del director de fotografía, Nicolás Soto, y del protagonista de la película, Alfonso Tort.
Ese intercambio fue moldeando algo que hoy consideran el mayor logro del proyecto: una comunidad.
“Empezó a construirse con las personas que comenzaron a asistir regularmente. Entre ellas se hicieron amigos. Eso era exactamente lo que queríamos que pasara”, cuenta López. También ellas ampliaron su propio círculo gracias al cineclub, transformando conocidos de festivales en vínculos cotidianos.
Las historias comenzaron a acumularse casi sin proponérselo. Alguien les contó que había tenido su primera cita en una función. Otros empezaron llevando amigos, que luego regresaron con nuevas personas. Algunos realizadores pasaron primero como espectadores y terminaron programando ciclos propios. “Todo eso tiene algo muy lindo: todo es muy cercano”, resume Carolina sobre encuentros que suelen reunir entre 20 y 80 personas.
Con el tiempo, esa comunidad también dio lugar a nuevos formatos. Uno de ellos es Pervanche Cápsula, un ciclo de encuentros inmersivos que se realiza cada dos meses y propone expandir el universo de una película más allá de la pantalla. Además de la proyección, la experiencia incorpora gastronomía, moda y una puesta en escena inspirada en cada film. En junio, por ejemplo, la Cápsula estuvo dedicada a Clueless (1995), de Amy Heckerling. La velada incluyó un menú diseñado a partir de la película, una curaduría de ropa vintage inspirada en su estética preppy y la invitación al público a asistir vestido en sintonía con ese universo.
Entre los logros que más las enorgullecen no aparece una sala llena ni un ciclo particularmente exitoso. Hablan, en cambio, de Alma Mater (2004), la película de Álvaro Buela que permanecía sin una copia digital. Junto al Laboratorio de Preservación Audiovisual, el Festival Detour, el propio director y el equipo técnico, impulsaron el proceso para que la obra pudiera volver a proyectarse en una nueva versión restaurada.
“Sentimos que no solamente le devolvíamos esa película al público, sino también al propio director. Y, al mismo tiempo, hacíamos un pequeño aporte al enorme trabajo de preservar el cine uruguayo”, recuerdan. La experiencia también abrió la nueva inquietud de acompañar otros procesos de recuperación de películas nacionales que todavía permanecen fuera de circulación.
Otros formatos
Mientras el consumo audiovisual se vuelve cada vez más individual —cada uno frente a su propia pantalla y a su propio algoritmo—, Pervanche decidió extender esa experiencia colectiva incluso después de terminada la función, en otro formato. Después de cada ciclo, las tres se reúnen en una casa para grabar un episodio del podcast de Pervanche. Allí retoman las conversaciones surgidas tras las funciones, incorporan nuevas lecturas y dejan un registro de debates que, de otro modo, desaparecerían al terminar la noche. El proyecto ya suma varios episodios en Spotify y YouTube, y hasta les permitió entrar en contacto con un cineclub español que las descubrió a través de esas grabaciones.
A futuro imaginan un proyecto sustentable, capaz de crecer sin perder la escala que lo volvió cercano. Les gustaría cruzar el río para encontrarse con otros cineclubes, recorrer el interior del país y seguir tendiendo puentes con la música, la literatura y otras artes. Pero, sobre todo, esperan que siga ocurriendo lo mismo que desde aquella primera función: que, cuando se enciendan las luces, todavía quede gente con ganas de quedarse un rato más, hablando de cine.
Las próximas funciones
La programación de Pervanche para los próximos meses refleja el camino que fue tomando el proyecto desde su nacimiento. A los ciclos mensuales del cineclub se suman propuestas que amplían el diálogo con otras artes y consolidan una identidad que ya trasciende el formato tradicional de una sala de proyección. En las próximas semanas convivirán proyectos que reflejan esa expansión. Uno de ellos es Paisajes Sonoros, un ciclo que propone recorrer distintos paisajes uruguayos a través del cine, la música y la literatura. Tras las ediciones dedicadas al campo y a la ciudad, el próximo 4 de agosto llegará el encuentro centrado en el mar, en El Hormiguero. La jornada incluirá la presentación musical de Lucía Romero, la lectura de fragmentos de Los ahogados, de Emanuel Bremermann, y la proyección de cortometrajes uruguayos seleccionados mediante una convocatoria abierta que recibió alrededor de 60 obras. Con la entrada, a $450, está incluida una copa de vino.
También seguirá Pervanche Sónico, un ciclo nacido de la pasión compartida de sus organizadoras por el cine y la música. La próxima función será el 7 de agosto, en Destilería Capicúa, con la proyección de Don’t Look Back, el emblemático documental sobre Bob Dylan dirigido por D. A. Pennebaker. Antes de la función habrá una escucha de vinilos del músico y, al finalizar, una conversación junto al periodista y músico Felipe “El Galgo” Reyes. El ciclo tendrá una nueva fecha el 4 de setiembre.