Una fisura de 30 metros amenaza la iglesia más antigua del país y activa su restauración urgente

De las paredes portuguesas a la bóveda española, la Basílica del Santísimo Sacramento enfrenta su mayor desafío en décadas para preservar arte y devoción.

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Basílica del Santísimo Sacramento
Estudio Collet

"Somos un eslabón más de una cadena muy larga que ha hecho que hoy por hoy esté de pie esta basílica”, dice el arquitecto Francisco Collet al explicar la restauración que comenzó este mes en la Basílica del Santísimo Sacramento, en Colonia.

No es solo una frase simbólica: el templo, levantado por los portugueses en 1680 como parte del primer asentamiento europeo en lo que hoy es Uruguay, fue diseñado estratégicamente en el punto más alto de la península, cerca del río y de rutas comerciales hacia Buenos Aires. Luego llegaron los españoles, que reformaron el edificio y levantaron la bóveda de ladrillo que hoy cubre la nave central, reemplazando el antiguo techo de tejas portugués.

A lo largo de los siglos, la iglesia sufrió incendios, filtraciones y hasta la explosión de un polvorín en 1823, cuando un rayo encendió un depósito de pólvora en la sacristía.

Cada uno de estos episodios dejó su marca: reconstrucciones, modificaciones y añadidos que la convirtieron en un verdadero palimpsesto histórico. “Es una construcción cargada de historia, de ligamentos y de sentimientos, vinculada a las vivencias de muchísimas personas”, dice Collet a Domingo.

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Basílica del Santísimo Sacramento
Estudio Collet

Lo más urgente.

Tras seis décadas sin intervenciones profundas, la iglesia más antigua del país inició ahora una restauración clave para detener filtraciones y frenar deterioros.

La primera tarea parece sencilla, pero no lo es: reparar una fisura de 30 metros de largo por 10 centímetros de profundidad que atraviesa el techo. Por allí entra el agua que, lentamente, amenaza muros y bóvedas.

“Si arreglamos la impermeabilidad, naturalmente se podrán ir solucionando otros problemas”, explica el arquitecto Jorge Assandri, responsable del proyecto. Desde 1998, ha revisado el edificio y diseñado un plan de recuperación dividido en varias etapas. La que se inicia ahora es la más urgente: la fisura actual podría desencadenar daños en otras partes de la estructura si no se interviene de inmediato.

Reparar la grieta implica desmontar parte de la cubierta pieza por pieza. Las baldosas del techo son originales y no pueden reemplazarse por materiales nuevos comprados en una barraca: cada una debe retirarse, limpiarse, restaurarse y volver a colocarse, procurando evitar roturas. En total, unas 4.000 piezas serán manipuladas a más de 20 metros de altura.

Debajo de esa cubierta se encuentra la gran bóveda española, construida para sustituir el antiguo techo portugués. Con el tiempo, las distintas capas y reparaciones generaron dilataciones desiguales: materiales diferentes reaccionan de manera distinta ante el calor, el frío y la humedad, provocando la fisura que ahora se repara.

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Basílica del Santísimo Sacramento
Estudio Collet

Los distintos estilos de construcción se pueden apreciar en las paredes: se distinguen las de piedra, de origen portugués, de las de ladrillo visto, propias de los españoles, un testimonio tangible de los siglos de historia que se superponen en el edificio.

Las filtraciones no solo afectan la estructura, sino también el interior del templo, donde se registran desprendimientos de revoque y manchas de humedad. La intervención prevé levantar la cubierta hasta llegar a la bóveda original, reparar la zona dañada, incorporar nuevas capas impermeabilizantes y recomponer el sistema constructivo para evitar que el problema vuelva a repetirse. El objetivo es detener el deterioro sin alterar la estructura histórica del edificio.

“Debemos actuar cuidando la integridad y la autenticidad del edificio, conceptos que la Unesco utiliza para garantizar la preservación del valor excepcional de los bienes declarados Patrimonio de la Humanidad”, señala Assandri. La Basílica del Santísimo Sacramento también es Monumento Histórico Nacional.

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Basílica del Santísimo Sacramento
Estudio Collet

Más allá del techo.

Collet subraya la importancia del mantenimiento continuo: “Es como ponerse protector solar: si pasás años sin cuidarte, después hay que enfrentar problemas graves. Lo mismo ocurre con los edificios históricos: sus cubiertas, cúpulas y torres absorben lluvia, viento y cambios de temperatura, y si no se mantiene su ‘piel’, el deterioro se acumula y las consecuencias son mucho más costosas”.

Tras asegurar la bóveda principal, los trabajos avanzarán hacia otras zonas críticas. Las gárgolas -“muy divertidas”, a juicio de Collet- que conducen el agua a los laterales necesitan ser reparadas: “En un ancho como de dos metros, hay que levantar y rehacer todo”, agrega.

Luego tocará el turno de las fachadas coloniales y las torres (con tres campanas y un reloj, rematadas en cúpulas con azulejos y coronadas con cruces), cuya restauración requiere métodos de cuidado extremo.

Cada intervención combina técnica, paciencia y respeto por la historia: no es solo un techo lo que se repara, sino siglos de patrimonio que deben llegar intactos a las próximas generaciones.

Assandri recuerda que, cíclicamente, cada 30 o 50 años, el edificio necesita atención. Por eso, además de esta primera etapa, se planifican trabajos futuros en el interior condicionados a la disponibilidad de financiamiento.

“El valor excepcional de la Basílica radica en la autenticidad de sus materiales y en la cuidadosa mano de obra que ha mantenido viva su historia”, concluye.

ARTE Y MEMORIA DENTRO DEL TEMPLO

La Basílica del Santísimo Sacramento no solo impresiona por su historia centenaria, sino también por su riqueza interior. Conserva elementos portugueses, como las paredes de piedra y parte del techo primitivo, y españoles, visibles en la gran bóveda de ladrillo que cubre la nave. La puerta principal, de madera maciza, mantiene sus herrajes de época, mientras que el altar mayor está presidido por un cáliz de hierro fundido sobre dorado, que data de mediados del siglo XIX. Debajo se encuentra un sillón colonial de madera y cuero, perteneciente a monseñor Isasa y que fue llevado a Montevideo en 1987 para que el Papa Juan Pablo II lo utilizara durante una de las misas que ofició en la capital. El presbiterio se completa con un crucifijo tallado por los indígenas de las misiones jesuíticas y con la pila bautismal de piedra rústica, que data de alrededor de 1700 y perteneció a una de las primeras capillas.

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