El que hoy define su dedicación a los pacientes como “casi psiquiátrica” no supo que quería ser médico hasta los 20 años. Daniel Estévez (60) distaba mucho de ser el estudiante ejemplar: había repetido un año en Secundaria y se hacía seguido la rabona en los liceos N°14 y N°18. Estaba perdido, no sabía para dónde arrancar, había probado de todo (incluso ser policía), hasta que un día se le ocurrió entrar a la Facultad de Medicina.
“Trabajaba con mi padre, hacíamos colchones y tapizábamos muebles, pero no tenía claro qué hacer. Él no me decía que tenía que hacer una carrera y no había ningún universitario en la familia. No tenía ninguna referencia médica, salvo un padrino que era administrativo en Facultad de Medicina y mi abuela que trabajaba en el Hospital Español de mucama. No sé por qué hice medicina”, reflexiona el hoy Grado 3.
La carrera, asegura a Domingo, le permitió tener hijos hermosos -“le debo a mi mujer que prácticamente los crio”-, darse el lujo de ayudar a su familia -“sería egoísta no hacerlo”, acota- y cambiar su estilo de vida, aunque sin perder de vista sus orígenes.
“Siempre digo lo mismo: ‘Si me olvido de dónde salí, tengo que volver ahí porque es la única forma de no perder la humildad’. Lo que no tenés que perder es la humildad, tenés que ser siempre la misma persona con todo el mundo y tratar a todos igual. El que se piensa que es superior y está por encima pierde porque aparece la soberbia y la ambición y son malas consejeras”, asevera. E insiste en este concepto a lo largo de la charla: “La ambición de ser profesor, de tener más plata o mejor auto te lleva por mal camino. A veces por ambicioso, por ver 30 nenes en una hora, podés tener un error y pagarlo muy duro”.
Este médico amante de la espiritualidad preside la Fundación Álvarez Caldeyro Barcia y dice que es su forma de agradecer a la gente lo que recibió.
Hace un mes cruzó los Andes junto a un amigo y 28 desconocidos. Llegó al Valle de las Lágrimas después de cabalgar tres días. Lo hizo incentivado por el padre de un paciente. Y estando a 3.500 metros de altura comprendió el verdadero motivo detrás de esa travesía.
Sacrificio
Nació y se crio en elbarrio la Unión y desde niño ayudaba a su padre en su oficio de tapicero junto a sus hermanos varones (ambos son educadores sociales): “Desde los 8 años desarmábamos sillones, hacíamos colchones, tapizábamos y vendíamos cosas de mi casa para subsistir. Mi madre era ama de casa y mi padre laburaba todo el día para darnos lo que podía. Somos tres varones y una hermana mujer (maestra). Era trabajar y ayudarlo para poder comer”, repasa.
Antes de inscribirse en Facultad de Medicina hizo el curso de enfermería en la escuela José Scoseria porque era la única forma que tenía de costearse la carrera. Trabajaba en la salud de día -agradece esa experiencia porque le permitió “ver la medicina de otra manera”- e iba a clases de noche. Así conoció a cuatro compañeros del interior que estaban en la misma y se hicieron íntimos amigos. El día más feliz para ese quinteto era cuando llegaba la encomienda que mandaban los padres de uno de ellos con empanadas y pastelitos. “Estábamos desesperados por esa caja, le dábamos de punta”, recuerda.
Se cruzó con mucha gente que le abrió camino, pero destaca a dos figuras: Miguel Martell (neonatólogo) y Franklin De los Santos (pediatra). Tanto lo marcaron que asegura que por ellos eligió las especialidades: “Miguel Martell me dio el primer trabajo, un trabajo de atrevido porque yo no tenía ni idea. Me metió con los recién nacidos” y así empezó todo.
De Franklin destaca los buenos consejos y su capacidad para interpretar a los pacientes: “Te enseñaba hablando con ellos. Sentí que todo lo que me pasó después en la medicina se lo debía a él. Siempre estuvo ahí y está, aunque haya muerto hace muchos años”. Lo extraña hasta el día de hoy pero su raíz espiritual le permite sentirlo cerca: “Sin querer, porque nunca me buscaron, atendí a todos sus nietos. Me acuesto con un problema y me lo resuelve él mentalmente”, confiesa.
La fundación
Ingresó a la Álvarez Caldeyro Barcia -que trabaja por los niños prematuros- cuando Daniel Borbonet tenía el cargo máximo y colaboró desde distintos lugares hasta llegar a ser presidente. “Cuando empecé no existía la tecnología que hay ahora, ni Google, ni la posibilidad de preguntar a colegas en el exterior; era leer libros y hacer el diagnóstico. Esos padres que me confiaron la vida de su hijo y a veces no pude porque no había herramientas tecnológicas, me permitieron aprender y lo que tengo se lo debo a ellos. Estoy en la fundación para devolver un poco lo que me dieron”, explica.
Hoy, por ejemplo, entregarán una rosa a cada madre en el Pereira Rossell: “Es una caricia positiva. Hacemos lentejas solidarias y van mis hijos a cocinar”, cuenta. Y enumera orgulloso algunos logros: “Se hizo una cirugía láser de dos gemelos gracias a que la fundación consiguió el aparato y pagó los pasajes de los médicos extranjeros. El monitoreo fetal continuo centralizado y el dinero para el Banco de Leche los puso la fundación”.
Andes
El padre de un paciente que además es amigo le propuso ir al Valle de las Lágrimas y Daniel le contestó ‘¿qué voy a hacer ahí? Nunca me subí a un caballo’. Dijo que no hasta el último día pero al llegar al lugar donde los sobrevivientes de los Andes pasaron 72 días comprendió que la invitación no era casualidad.
“Trabajé con Coche Inciarte en la fundación, un tipo excelente, y cuando hago ese camino y llego, lo primero que veo es una placa de Coche que decía ‘a ustedes todo honor y toda gloria’. Ahí me di cuenta de por qué había ido, porque él estaba ahí. Lo sentí”, relata.
En ese ascenso salió de su zona de confort -anduvo 16 horas a caballo y acampó dos noches sin sufrir el frío-, sintió una conexión especial y aprendió mucho: “Doy gracias a Dios que fui. Ahí te hacés más creyente que nunca porque no podés creer cómo no se murieron todos. Hay un ser superior que hizo que pasara eso”, reflexiona.