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El tango en Montevideo sobrevive en las milongas

Cada día la ciudad ofrece por lo menos un lugar para bailar tango. En clubes de antaño o en la calle. Así se vive.

Pareja mayor bailando tango
Todos los días de la semana hay milongas en Montevideo. Foto: Darwin Borrelli

Es jueves y como todas las semanas hay milonga en El Chamuyo. El salón parece en una penumbra rojiza, quizá por el efecto que hacen las luces y las maderas oscuras y opacas. O puede que tenga que ver con las cortinas y los techos bordó. El Chamuyo, una milonga conocida de Montevideo, está donde antes estuvo el Espacio Guambia. De ese entonces queda la estética del salón y una pared junto a la puerta principal con afiches de los shows que un día se hicieron ahí. Desde Dino, Pablo Estramín, Darnauchans hasta Mateo X 6.

En esa esquina de ventanales grandes en 25 de Mayo y Juan Carlos Gómez solo se sabe que hay tango si se conoce el ambiente. O si se escuchó hablar. O si se buscó en las redes sociales o en Internet. Pero por lo pronto, al caminar por ahí en la noche, cuando la Ciudad Vieja queda huérfana de gentío, no se ven indicios de milonga. Excepto por los señores bien vestidos, que fuman y charlan a los pies de la escalera de mármol que da paso al salón. “Hoy bailo solo una tanda”, le dice uno al otro. Afuera llueve, pero ellos disfrutan ese aire entre fresco, humeado y húmedo.

En la cima de la escalera hay un espejo ovalado de marco negro y embellecido por unas pegatinas de flores rojas. Al igual que la arquitectura, parece de otro tiempo. Un tramo de escalera más y en el medio de un cortinado de terciopelo rojo hay un mostrador, donde un señor de espalda grande en traje negro controla la entrada. La puerta con ventanitas de vidrio es perfecta para husmear lo que pasa adentro: la penumbra roja, dos parejas que bailan, otras personas sentadas y muchas mesas vacías. Son las 22.20, temprano para el público milonguero que no llena la pista hasta las 23.00. Una hora más tarde la pista ya está llena de tacos aguja, zapatos de suela de madera y abrazos tangueros; y las mesas de vinos, cervezas, pascualinas, empanadas y cafés que ayudan a la trasnochada. El que quiera puede bailar hasta las 3.00.

Las reglas del tango

En una esquina del salón hay un hombre sentado y mirando atento a los que bailan. Tiene unos 35 años, viste saco combinado con un pantalón gris y unos zapatos con suela de madera. Los zapatos son lo que verdaderamente importa, para un deslizamiento con gracia, y a la vez la firmeza para el equilibrio. El hombre, que está solo en una de las hileras de sillas y mesas que rodean la pista, mira a una chica.

Mujer con taco aguja y hombre con zapatos de suela. Foto: Darwin Borrelli
Los calzados correctos son fundamentales.. Foto: Darwin Borrelli

Ella, también de unos 35, llegó sobre las 23.00 a la milonga, se cambió los jeans por unos pantalones negros y las zapatillas por unos tacos aguja. A la gente le gusta arreglarse para ir a “milonguear”. Está sentada casi frente a él en otro de los límites de la pista. Le corresponde la mirada, él se pone de pie, camina hacia ella y le extiende la mano. De fondo suena algo de rock, pero al instante comienza un tango, y entonces bailan.

Así, escrito, suena a un romance. Pero en una milonga cruzar las miradas es parte de los códigos. Para empezar, el espacio debe cumplir con los requisitos que posibiliten un baile adecuado: piso de madera, mesas que rodean la pista facilitando el intercambio de miradas, luces y decoración amena, y un DJ que tenga su impronta.

El DJ de El Chamuyo es Joselo Ferrando. Llegó al tango de casualidad. En la casa de su infancia “era más rockera la cosa”. El dos por cuatro en sí apareció cuando su madre lo llamó para que la ayudara en el café concert Las Musas. Empezó sin saber mucho y se convirtió en uno de los primeros DJs de tango de la ciudad. Antes de que la canción llegara a Internet, cuando había que explorar tiendas y casas ajenas buscando discos, y sin nadie de primera mano que le pasara “piques”. Se formó con la gente del ambiente, trabajó en milongas ajenas y ahora, desde hace tres años, organiza la suya.

Joselo Ferrando, Dj de El Chamuyo. Foto: Jaqueline Bertalmo
Joselo Ferrando, DJ de El Chamuyo. Foto: Jaqueline Bertalmo

“Ser DJ implica la responsabilidad de que quienes concurran, por supuesto, bailen. Que se contemplen los gustos de todos, que haya determinada energía. Implica trabajo, escuchar, buscar material, calidad de sonido —que en grabaciones de tantos años a veces es complicado—. Personalmente no preparo un repertorio para la noche ni aquí ni en otras milongas. Voy decidiendo qué es lo que va a sonar sobre la marcha, atento a lo que pasa en la pista y en el ambiente, a veces sale bien y otras no tanto, pero la práctica y los años te dan cierto oficio como en cualquier otra tarea”.

Los orígenes rockeros se denotan en las cortinas que Joselo elige para usar entre las tandas. Las tandas son el tiempo medido en cuatro tangos o tres vals o tres milongas, y los interludios de otro género funcionan para descansar o cambiar de pareja.

“Lo que se genera en una tanda es único, puede ser mágico. Me ha tocado viajar a países donde no se habla español y no entendés una palabra, pero tenés ese otro lenguaje en común, con los cuerpos interpretando juntos la música. Es universal”, dice Laura Rivas. Tiene 35 años y baila desde los 17. Esa noche, en El Chamuyo, hará una exhibición junto a su colega argentino Mario De Camillis. Trabaja durante el día como economista, también da clases de tango y al menos tres veces a la semana va a una milonga.

Joventango

Una casa que se mantiene

Joventango es la milonga más antigua que tiene Montevideo. Fundada en 1977, buscó desde un principio recuperar la esencia tanguera que tuvo Uruguay hacia los años 40 y que luego, en los 60, fue perdiendo. El club, que funciona en el hoy Mercado del Inmigrante, tuvo sus momentos de quietud, pero desde los años 2000 ha recobrado vida entre las milongas, los shows y los festivales. En su salón se puede aprender o bailar lunes, martes, miércoles, viernes y domingo. También hay clases de “divertango” para el adulto mayor, y otras especialmente dictadas para personas con párkinson.

Juan Rubinstein, presidente de Joventango, cuenta a Revista Domingo que cuando él se acercó al ambiente, en los 2000, no había otros lugares. Dice, además, que después el género se desarrolló más afuera de Uruguay, y que al final se terminó importando ese interés que estaba surgiendo. “Al revés de lo que debería ser”.

A su parecer, las cosas empezaron a cambiar cuando en 2009 se logró que el tango fuera Patrimonio Cultural Inmaterial por la Unesco. Pesó también que se terminara la disputa Montevideo versus Buenos Aires (al menos en los papeles) y que se lo reconoció como del Río de la Plata.

“Las autoridades empezaron a ver que tiene que mantenerse. En la Argentina mantienen, fomentan, desarrollan y producen tango, es un producto turístico. Acá está empezando a cambiar. Ahora formaron la comisión interministerial de apoyo al tango, con Turismo, Cultura y Relaciones Exteriores, y con eso se le está dando más relevancia”, explica Juan. También ve con buenos ojos el Montevideo Tango, como una instancia de invitar a todos aquellos de afuera. “Merodean, curiosean y por ahí se acercan. Todo uruguayo, en el fondo, lleva el tango adentro”. Desde el lado de Joventango también ponen lo suyo y año a año organizan el Festival Internacional Viva el Tango, recorriendo barrios, salas y salones montevideanos.

La milonga, para Juan, es la herramienta se seducción principal para el ajeno: “El tango entra por el baile, es algo que le gusta mucho a la gente porque mantiene algo que el resto de las músicas que se bailan no lo tienen. No está en otras danzas la mística del abrazo del tango”.

Lorena Rodríguez, también en sus treinta, baila hace cuatro años y desde hace dos organiza Mandinga Milonga con seis amigos. Del tango le gusta todo lo que tiene que ver con el ritual. “Intercambiar una mirada habilita al otro a invitarte a bailar o no”, explica. Una vez que estás bailando, si a uno de los dos no le gustó el baile del otro —casi siempre es un tema de conexión— es cuestión de esperar a que termine la tanda para cortar sin exabruptos.

Lorena, Federico, Victoria, Guzmán, Lucía e Ignacio  (de izquierda a derecha) están detrás de Mandinga Milonga en Casa de Austrias. Foto: Cortesía Maicor Borges
Lorena, Federico, Victoria, Guzmán, Lucía e Ignacio (de izquierda a derecha) están detrás de Mandinga Milonga en Casa de Austrias. Foto: Cortesía Maicor Borges

En Buenos Aires se usa el cabeceo, un movimiento leve que acerca el mentón al cuello de quien propone el baile; quien recibe la invitación acepta o no fijando (o no) los ojos en el otro. En Montevideo se ha perdido el cabeceo tanguero, pero la comunicación visual permanece. Importa tanto, que se mantiene desde antaño la regla de que las mesas rodeen la pista, para que así todos los rostros queden enfrentados. La fuerza de la mirada tiene que ser tal que atraviese a parejas bailando, a la penumbra acogedora de la noche y a la distancia más larga del salón, hasta llegar al otro o la otra y, con ese simple gesto, invitar a bailar.

Ser parte de la milonga

 Es lunes por la noche y parece un día más en el Club Natural y Popular. En esa esquina que antes supo ser una casa de ladrillo a la vista y escaleras de piedra ahora hay un bar. El Popu, para los allegados, a veces se convierte en un espacio abierto a la cultura. Ese lunes, mientras un par de amigos beben cerveza y charlan, la música como de milonga se filtra por ventanas y puertas y llega a la vereda. Adentro, hacia al lado de la calle, chicas, chicos, señoras y señores toman, comen y charlan. En la misma habitación pero más sobre la puerta que arriba dice “cocina”, hay una ronda de cinco mujeres y cinco hombres. En el centro, Laura Rivas y Mario De Camillis hablan sobre un abrazo. De fondo, tango.

“Yo tengo que sentir que se va escurriendo el brazo hasta el tope, hasta que la relación de nuestros cuerpos es la misma. Ahí puedo dibujar”, explica ella, mientras él pasa su mano derecha hacia su omóplato y la suya sube por sobre su brazo hasta llegar a la espalda. También hay que acomodar los pies. Entonces él comienza a dar pasos cortos, hacia atrás pero alrededor del eje de ella, y Laura sostiene su propio cuerpo con una de las piernas y con la otra dibuja en el aire. “Mientras él va buscando la base rítimica, nosotras vamos dibujando el piso con el pie”, añade. Laura es la profesora que todos los lunes enseña tango en El Popu. Mario es el invitado del día. Tras la explicación, viene un tiempo para que los que estaban en la ronda se junten y prueben equilibrio, ritmo y figuras. Los profesores observan y agregan detalles personalizados a cada pareja.

Como el espacio en el bar es chico, es ideal para aprender la calesita, una figura que permite bailar con gracia en el lugar cuando el salón de la milonga está colmado y no permite desplazamiento. En la clase también se aprenden las reglas más funcionales: en la pista siempre hay que ir en sentido antihorario y está mal visto sobrepasar a otra pareja, por eso, quien guía, debe estar con los ojos abiertos y nunca puede caminar hacia atrás; el centro de la pista debe estar libre, salvo cuando está muy llena, y entonces quienes saben menos van al medio para no entorpecer la circulación.

Anaclara y Laura en el 1° Festivalito de Tango Queer en Montevideo
Anaclara y Laura en el 1° Festivalito de Tango Queer en Montevideo. Foto: Cortesía Tango Queer

Replantear y repensar la tradición

En el tango hay dos roles: el que propone el baile y guía, por un lado, el que lo sigue y dibuja los movimientos, por el otro. El Tango Queer -surgió en el mundo y tiene su colectivo en Uruguay- proponer reflexionar al respecto. “Nuestra propuesta tiene que ver con el intercambio de roles y el desligar el rol del género. Es muy habitual decir: los varones hacen tal cosa, las mujeres tal otra. Nosotros decimos que quien lleva o quien propone hace tal cosa, quien sigue o es conducido hace tal otra”, dice Lucía Caldes, parte de Tango Queer Uruguay. A donde sea que vayan a bailar (tienen su 2° Festivalito Tango Queer entre el 8, 9 y 10 de noviembre, pero también son asiduos a la milonga) explican que “cualquiera puede bailar con cualquiera, que una mujer puede conducir a un varón o a otra mujer”. Matías, que estará en el festival, empezó bailando en el rol de líder sin cuestionárselo hasta que hizo el clic. Hoy, dice, le gusta alternar, pero recomienda empezar aprendiendo un rol, y luego incorporar el otro.

Hay rostros en El Popu que antes, el jueves, estuvieron en El Chamuyo. Se sabe, por el trato, que los que están ahí son asiduos al ambiente. Aprendices y profesionales se mezclan en clases, prácticas y milongas.

El medio es chico, por lo que si sos parte, todos te conocen, y si sos nuevo, se sabe. Por ejemplo a los turistas, que recorren la noche montevideana buscando un poco de tradición local, se los percibe al instante. Y para pertenecer al grupo, hay que bailar. Ese, ante todo, es el código que más importa.

Juan, que hace 40 años se mueve en las milongas y no se pierde casi que ninguna, comenta que al que sabe bailar se lo reconoce desde la postura, o por los zapatos, y sino “bailás dos segundos y ya te diste cuenta”. El que encuentra el grupo combate la soledad, pero estar solo, en una milonga, no es tal tragedia. Si los otros reconocen una buena disposición, te integran. También están quienes cobran por bailar con los que están aprendiendo, usualmente foráneos del grupo que deambulan por las puertas de la milonga ofreciendo sus pasos. Laura, la bailarina, economista y profesora, recomienda tomar clases para empezar a integrarse, o para formar un grupo nuevo con el que milonguear.

Felix es relativamente nuevo. Tiene 61 años y hace tres empezó a frecuentar milongas. Antes fue un año a clase y solo se animó a pasar el umbral de la noche por consejo de su profesor, porque el tango se termina de aprender ahí. Para él, además de un ejercicio de cinco días a la semana, es una actividad social. Al principio le costaba proponer el baile, pero la experiencia va dando confianza y la asiduidad integración.

Lo otro que hay que saber de la milonga es que una vez en la pista, no se puede hablar. Es el espacio sagrado donde reina la música. El murmullo viene, siempre, desde las mesas, ese es el lugar habilitado para la puesta al día. La música no es tan alta y permite una charla amena. Además, conversando se corrobora quiénes de los que están allí saben bailar y quién, dentro de ellos y ellas, puede ser una pareja potencial para una tanda. Después, en el baile, lo que importa es el abrazo, porque la conexión con el otro se da bailando.

Puntos citadinos para bailar todos los días de la semana

En Montevideo hay milonga de lunes a domingo. En la mayoría, antes de empezar la noche, también se imparten clases para aquellos que quieran perfeccionar su técnica o empezar desde cero. Los turistas que llegan a la ciudad son visitantes asiduos de esas prácticas. Quien quiera encontrar el lugar adecuado para ir, puede encontrar detalles en hoy-milonga.com. En esa web se indica desde la dirección y la hora, los bailarines a cargo, el DJ que pasará la música, el costo de la entrada y hasta el tipo de piso (fundamental para los movimientos del tango).

Los viernes, por ejemplo, está Mandinga Milonga, organizada por siete amigos (foto principal de esta página) que empezaron en febrero de 2018 con las ganas de tener un lugar en el que bailar los viernes por la noche. Es una fiesta sin fines de lucro, todo lo que se gana con entradas y cantina se invierte en mejorar la oferta. Lorena Rodríguez, del grupo, explica que para que se pueda definir como milonga tiene que haber un piso y música adecuada, pero además hay que ofrecer un ambiente que invite a transportarse con el tango y conectar.

Los encuentros de tango callejero

Los encuentros callejeros para bailar tango son una constante de la ciudad. En la Plaza Fabini, personas de la tercera edad se encuentran sábados y domingos a la tarde. También está la Milonga Callejera de la Plaza Líber Seregni con sus bailes de los miércoles de noche y sus clases previas para niños y adultos. Y abiertos a encuentros espontáneos en cualquier punto de la ciudad están los de La Clandestina aunque también tienen lugar fijo los lunes y los sábados en Plaza de los Treinta y Tres. Marcos, de la organización de La Clandestina, comentó a Revista Domingo que “lo más lindo de una milonga a cielo abierto es que puede ser gratis y al aire libre. Debajo de las estrellas o mirando la luna, con todo ese romanticismo que tiene el baile, y más si es en la calle”.

En su caso encontraron en la calle un espacio al que se acercan muchas personas que de otra forma no llegarían al tango: “Músicos que andan trabajando en los ómnibus, gente que vive en la calle, gente que trabaja y termina su día con nosotros”.

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