Soñaban con un ambiente sano de trabajo y terminaron creando un espacio de cultura y gastronomía en la costa uruguaya

Fundado por un grupo de amigos, La Fraterna fusiona música, sabores y cooperativismo. Nacido en Valizas en 2013, pasó por cambios, cerró en pandemia y reabrió en Jaureguiberry, donde siguen ensayando la forma posible de habitar un sueño colectivo.

La Fraterna
Algunos de los integrantes de La Fraterna.
Foto: gentileza

"No queríamos solo un trabajo. Queríamos una forma de trabajar que nos cuidara”. La frase podría funcionar como síntesis, pero en realidad es apenas un punto de partida de un proyecto que no nace de un plan estratégico, sino de algo mucho más cotidiano y, a la vez, más profundo: la necesidad de construir vínculos sanos en el trabajo y de sostener un proyecto donde lo humano no quede relegado. En un mundo cada vez más individualista, la apuesta de un grupo de amigos fue —y sigue siendo— la de que entre todos es más lindo y también más rico.

“Veníamos cansados de experiencias laborales donde no se cuidaba el clima humano. Sentíamos la necesidad de generar un espacio amoroso, horizontal, autogestionado”, dicen en conjunto desde La Fraterna, proyecto cultural y gastronómico fundado en 2013 en la costa uruguaya.

Tras más de una década, aquel deseo inicial sigue siendo el corazón de la iniciativa. Aunque con los años haya cambiado de forma, de lugar y de escala, el proyecto mantiene intacta una convicción práctica y filosófica: la importancia de los vínculos, el cooperativismo y el compartir responsabilidades como forma de vida cotidiana.

La historia, de hecho, empieza en la calle Fraternidad, en el Pueblo Victoria, al oeste de Montevideo, en una casa comunal habitada por amigos veinteañeros que hacían pastas para vender.

“Ahí se gestó una manera de estar juntos”, recuerda Valentina Fernández (34), una de las integrantes del colectivo. “No era solo cocinar: era convivir, organizarnos, pensar colectivamente”.

Un viaje a Valizas, un local vacío y una pregunta lanzada casi al pasar —“¿por qué no hacer algo acá?”— terminaron de encender la chispa. El balneario rochense fue el primer territorio donde la iniciativa tomó forma y eso marcó fuerte la identidad del proyecto. “Es un pueblo pesquero y eso nos atravesó desde el inicio. Trabajamos con pescadores locales, algo que hasta hoy sigue siendo un pilar de nuestra gastronomía, junto con la producción local y artesanal en general”, afirman.

La Fraterna
Nació en Valizas, se mudó a Lomas de Solymar y ahora echa raíces en Jaureguiberry.
Foto: gentileza

Hubo juventud, impulso y ganas, pero también errores y aprendizajes. “Fue una etapa fundacional, con muchísimos desafíos de gestión”, rescatan. De ese tiempo quedó una certeza que se repetiría una y otra vez: la identidad puede transformarse, pero hay una base que no se negocia.

En 2016 llegó el primer gran giro, la mudanza a Lomas de Solymar. La intención era dejar de ser un proyecto exclusivamente estacional y sostener un espacio anual. “Ese cambio abrió un abanico enorme de posibilidades”, cuentan.

En Lomas convivieron un restaurante, un vivero, un espacio para eventos, talleres entre semana y procesos socioeducativos con UTU y escuelas. “Fue una etapa que nos hizo crecer muchísimo, no solo en lo laboral sino también en lo humano”, dicen desde el grupo.

Pero ese también fue el espacio que más dolió perder con la llegada de la pandemia. “Todo lo que proponíamos desde nuestra esencia —el encuentro, la cultura, el estar juntos— dejó de ser posible de un día para el otro”.

El cierre del espacio de Lomas no fue solo una decisión económica forzada. “Fue muy doloroso a nivel humano. Vender las herramientas, despedirnos de las plantas que habíamos cuidado durante años, dejar un lugar que estaba cada vez más lindo… incluso hoy sigue teniendo resonancias en el proyecto”, recuerdan. La organización horizontal —con decisiones tomadas en asambleas y con trabajo en comisiones— que fue durante años una fortaleza, en ese contexto extremo, también se tensionó.

Después del cierre vino el silencio. Casi dos años sin espacio físico, con integrantes mudándose a Maldonado y una sensación persistente de que el proyecto seguía ahí.

Rossana Taddei en La Fraterna
Rossana Taddei en concierto en La Fraterna.
Foto: gentileza

“Aparecía todo el tiempo en charlas, en conversaciones cotidianas. El sueño de que volviera estaba siempre”, recuerdan.

El disparador llegó de manera inesperada: una amiga comentó que un club de Jaureguiberry abriría un llamado para la concesión de la cantina. La pregunta fue inmediata: ¿por qué no retomarlo?

Antes de avanzar, hubo algo fundamental: volver a encontrarse con quienes habían sido parte del proyecto. “Por La Fraterna pasaron más de 40 personas a lo largo de los años. Sentíamos que necesitábamos ese aval” de todos, explican.

Hubo reuniones, escucha, reencuentros. Y hubo apoyo. Presentaron la propuesta y quedaron seleccionados. El nuevo hogar sería el Yacht Club de Jaureguiberry, un espacio con más de 60 años de historia, querido por el barrio. “Acá distintas generaciones de personas crecieron y compartieron etapas de su vida. Llegar a un lugar con tanto afecto acumulado fue muy significativo y, por suerte, fuimos recibidos con mucho cariño”, dicen.

La recepción fue cálida y el vínculo con la comisión del club —integrada por vecinos y vecinas que sostienen el espacio con trabajo honorario— resultó clave.

Jaureguiberry, lejos de ser un punto aislado, terminó funcionando como un cruce. Final de Canelones, puerta a Maldonado, cerca del arroyo Solís, recibe gente de la Costa de Oro, del este y de distintos puntos. “La idea fue desde el inicio un restaurante y espacio cultural cooperativo, con tiempos cuidados y un clima que invite a quedarse”, anotan.

Allí, cocina y cultura no son dos áreas que conviven por obligación. “Se piensan juntas desde el inicio”, explican. La programación cultural se diseña en diálogo con la cocina, y la cocina se organiza sabiendo que el lugar es también un espacio de encuentro artístico. “La grilla no es un agregado. Es parte del funcionamiento, como lo es la comida dentro de la experiencia cultural”.

Hoy la gestión cotidiana se organiza principalmente entre cuatro personas, mientras un grupo más amplio ejecuta las tareas diarias y participa en las decisiones. “Requiere mucho diálogo, mucha escucha. Es una fortaleza, porque hay diversidad de miradas y un fuerte sentido de pertenencia, pero también es un desafío, porque los procesos son más lentos”, comparten.

La estacionalidad es otra de las claves del territorio. Jaureguiberry cambia radicalmente entre invierno y verano, y el local asume esa lógica: abre solo en temporada. “El desafío está en leer el lugar, entender cuándo sí y cuándo no”, explican.

La Fraterna
Han pasado más de 40 personas por el proyecto.
Foto: gentileza

Hoy sienten que el proyecto atraviesa un momento de madurez, hay organización, respuesta del público, artistas que quieren estar, propuestas que llegan. La grilla de la temporada refleja esa identidad: diversidad de géneros, propuestas escénicas, espacios para niños, música con raíz territorial (ver recuadro). “La gente se va contenta, vuelve, recomienda. Eso nos sostiene”, dicen.

Es así como La Fraterna parece no definirse solo por lo que ofrece, sino por cómo lo construye. “Para nosotros es una manera de vivir”, resumen.

Más que un restaurante o un espacio cultural, lo que se sostiene es una manera de estar. En la costa, con sus tiempos propios y su ritmo estacional, el proyecto encontró un lugar donde echar raíces sin endurecerse. Entre cocina, encuentros y trabajo compartido, sigue ensayando —día a día— una forma posible de habitar un sueño colectivo.

TODA LA MÚSICA QUE SONARÁ EN FEBRERO

Durante febrero, La Fraterna despliega una programación diversa y atravesada por el encuentro. Los domingos, al mediodía, el protagonismo es colectivo: la Rueda de Candombe se instala como ritual semanal, marcando un ritmo que conecta música, territorio y comunidad.

El viernes 13, la propuesta gira hacia otros colores con Petit Orquesta, y el sábado 14, a las 21 horas, la grilla alcanza uno de sus puntos altos con Fernando Cabrera, en un formato que privilegia la cercanía y la escucha atenta.

La segunda mitad del mes continúa expandiendo el abanico: el martes 17 se presenta Bolsa de naylon en la rama de un árbol, con una propuesta que desborda etiquetas.

El viernes 20 sube a escena Maité Gadea, seguida por Filo el sábado 21.

El cierre llega el sábado 28 con Hugo Fatoruso, coronando un mes donde la música funciona, una vez más, como excusa y como centro.

La programación acompaña la identidad del espacio: encuentros cuidados, diversidad de propuestas y una escucha compartida que pone al vínculo en primer plano. En cada fecha, el énfasis está puesto en el estar, en el tiempo compartido y en la construcción de una experiencia colectiva que trasciende el escenario y se extiende al público y al territorio.

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