París tiene una rara capacidad para convertirse en escenario y personaje al mismo tiempo. Pocas ciudades han alimentado tanto la imaginación criminal de novelistas y cineastas como la capital francesa, donde ciertas calles parecen conservar la memoria de asesinatos ficticios, persecuciones nocturnas y conspiraciones que nunca ocurrieron, aunque uno juraría haberlas visto suceder.
Inspirado en un artículo reciente de El País de España, este recorrido propone atravesar la ciudad desde el prisma del crimen literario y cinematográfico, mezclando ficción, historia y lugares reales que todavía hoy conservan el eco de aquellas historias.
El itinerario inevitablemente comienza en el Quai des Orfèvres, junto al Sena. Allí funcionó durante décadas la sede histórica de la policía judicial parisina y allí trabajaba el célebre comisario Maigret, el personaje creado por Georges Simenon. Entre novelas y relatos, Maigret recorrió un París húmedo y melancólico, lleno de bares oscuros, porteros indiscretos y pequeños delincuentes de barrio. Simenon convirtió la ciudad en una atmósfera antes que en un decorado: en sus libros, la lluvia sobre los adoquines o el humo de un café importan tanto como la resolución del crimen. El verdadero edificio del número 36 del Quai des Orfèvres se volvió tan legendario gracias a la literatura que terminó formando parte del imaginario colectivo francés.
El cine negro francés también encontró en París un territorio perfecto. Uno de los grandes ejemplos es El silencio de un hombre, dirigida por Jean-Pierre Melville en 1967. En una escena, el asesino interpretado por Alain Delon escapa de la policía en la estación Châtelet-Les Halles, uno de los puntos más caóticos del metro parisino.
Otro rincón marcado por el cine está en la Rue Campagne Première, cerca de Montparnasse. Allí concluye Al final de la escapada. El protagonista, Michel Poiccard, encarnado por Jean-Paul Belmondo, atraviesa la calle herido de muerte tras ser traicionado por el personaje de Jean Seberg. Hoy la calle parece tranquila, pero quien conoce la película no puede evitar imaginar la última caminata del personaje mientras escucha el ruido de las sirenas acercándose.
Si existe una película capaz de capturar el París nocturno como un laberinto emocional, esa es Ascensor para el cadalso, dirigida por Louis Malle en 1958. La historia comienza con un crimen casi perfecto: un excombatiente asesina al marido de su amante, pero queda atrapado en un ascensor mientras intenta borrar pruebas. A partir de allí, París se convierte en una cadena de errores y casualidades fatales. La película no solo es célebre por su trama, sino también por la música improvisada de Miles Davis, grabada en una sola noche mientras el músico veía las imágenes proyectadas en una pantalla.
Muchas de sus escenas transcurren en lugares reales. Jeanne Moreau deambula sola por los Campos Elíseos bajo la lluvia, en una de las imágenes más famosas del cine europeo del siglo XX. El puente de Bir-Hakeim, con su estructura metálica, aparece también como un símbolo recurrente del París cinematográfico y años después sería utilizado por Bernardo Bertolucci en El último tango en París.
Pero París no solo está habitado por crímenes ficticios. La literatura también conservó la memoria de tragedias reales. Victor Hugo situó en las barricadas de 1832 la muerte de Gavroche, el niño rebelde de Los Miserables. Aquella revuelta existió realmente y fue una de las muchas insurrecciones que atravesaron la Francia del siglo XIX. Las calles donde Hugo imaginó las barricadas desaparecieron después con la gran reforma urbana impulsada por el barón Haussmann, que transformó radicalmente París entre avenidas monumentales y demoliciones masivas.
También Patrick Modiano convirtió la ciudad en un archivo de sombras. Sus novelas exploran desapariciones, identidades ambiguas y viejos crímenes apenas recordados. En Memory Lane evoca el asesinato real del empresario Oscar Dufrenne, encontrado muerto en 1933 en su oficina de un teatro parisino. El caso provocó un enorme escándalo en la época y alimentó rumores durante años.
Décadas más tarde, París volvió a convertirse en escenario universal de conspiraciones y asesinatos ficticios gracias a El código Da Vinci, la novela de Dan Brown publicada en 2003. El libro -y posteriormente la película protagonizada por Tom Hanks- transformó sitios como el Louvre, la iglesia de Saint-Sulpice o la pirámide diseñada por Ieoh Ming Pei en paradas obligadas para turistas fascinados por enigmas religiosos y sociedades secretas. Aunque gran parte de la trama mezcla hechos históricos con teorías sin sustento, el fenómeno reforzó la idea de una ciudad donde detrás de cada monumento parece esconderse un secreto.
El recorrido puede terminar en Montmartre, barrio de artistas y turistas, donde la historia dejó otra marca imborrable. En el Café du Croissant fue asesinado en 1914 el dirigente socialista y pacifista Jean Jaurès, abatido por el ultranacionalista Raoul Villain pocos días antes del inicio de la Primera Guerra Mundial. A diferencia de los asesinatos del cine negro, aquí no había glamour ni fatalismo romántico: solo el anticipo de una tragedia histórica real. Quizás por eso París sigue fascinando tanto como escenario criminal. Porque en sus calles la frontera entre ficción y memoria nunca termina de desaparecer.
Bajo las avenidas elegantes y los cafés iluminados de París existe otra ciudad.
Las catacumbas parisinas forman un entramado subterráneo de túneles y galerías que comenzó a utilizarse a fines del siglo XVIII, cuando los cementerios de la capital colapsaron por problemas sanitarios. Millones de restos humanos fueron trasladados entonces a antiguas canteras de piedra caliza situadas bajo la ciudad. Se calcula que allí descansan los huesos de más de seis millones de personas.
Con el tiempo, las catacumbas alimentaron leyendas urbanas, novelas y películas de misterio. Durante el siglo XIX se convirtieron en territorio de exploradores clandestinos y sociedades secretas, mientras que en la Segunda Guerra Mundial algunos túneles fueron utilizados por la Resistencia francesa. Hoy solo una pequeña parte puede visitarse oficialmente.