Silicon Valley ha producido fundadores más famosos, empresarios más ricos y ejecutivos más visibles. Pero pocos personajes resultan tan difíciles de encasillar como Peter Thiel. Inversor, empresario e ideólogo, es una figura singular incluso para los estándares de la industria tecnológica. Y cuando apuesta por algo, el mundo presta atención.
Lo hizo en 2004 cuando invirtió medio millón de dólares en una pequeña red social llamada Facebook. Lo hizo cuando financió una empresa de análisis de datos llamada Palantir, que hoy trabaja con gobiernos, fuerzas armadas y agencias de seguridad de todo el mundo. Y lo hizo cuando fue uno de los primeros grandes empresarios tecnológicos en respaldar públicamente a Donald Trump.
Ahora, el multimillonario germano-estadounidense parece haber encontrado un nuevo punto de interés en el Cono Sur. Tras reunirse con Javier Milei en Argentina y adquirir propiedades en Punta del Este por unos US$ 10 millones, vuelve a poner los ojos sobre una región que despierta creciente interés entre figuras del mundo tecnológico y financiero.
De PayPal a Palantir.
Aunque hoy es una de las figuras más influyentes de Silicon Valley, Thiel nació lejos de California. Peter Andreas Thiel nació el 11 de octubre de 1967 en Frankfurt, entonces Alemania Occidental. Cuando tenía un año su familia emigró a Estados Unidos debido al trabajo de su padre, un ingeniero químico vinculado a la industria minera. Su infancia transcurrió entre distintos países y ciudades, incluyendo períodos en Sudáfrica y Namibia antes de establecerse definitivamente en California.
En la Universidad de Stanford estudió Filosofía y luego Derecho. Allí también mostró una faceta que lo acompañaría durante toda su carrera: la inclinación por desafiar consensos y provocar debates. Allí fundó The Stanford Review, una publicación conservadora.
Su historia en la tecnología comenzó en los años 90. En 1998 cofundó PayPal, la plataforma de pagos digitales que revolucionó las transacciones por internet. A su alrededor se formó un grupo de emprendedores que más tarde sería conocido como la “PayPal Mafia”: una generación de empresarios que terminaría moldeando buena parte de la economía digital. Entre ellos estaban Elon Musk; Reid Hoffman, fundador de LinkedIn; y David Sacks, quien años después se convertiría en una figura influyente dentro del ecosistema tecnológico y político estadounidense. Thiel se convirtió en director ejecutivo y condujo la compañía hasta su venta a eBay en 2002 por US$ 1.500 millones.
Para Thiel fue apenas el comienzo.
Dos años después se convirtió en el primer inversor externo de Facebook al aportar US$ 500.000 a una empresa que entonces operaba desde una residencia universitaria. La apuesta consolidó su reputación como uno de los inversores con mejor olfato de Silicon Valley. Casi al mismo tiempo fundó Palantir, una compañía de análisis de datos que con el tiempo se convertiría en uno de los principales contratistas tecnológicos del gobierno estadounidense.
Reducir a Thiel a la categoría de magnate tecnológico sería quedarse corto. A diferencia de otros multimillonarios del sector, su influencia no proviene únicamente de las empresas que ayudó a crear o financiar, sino también de las ideas que impulsó. Durante más de dos décadas se convirtió en una de las voces más influyentes —y controvertidas— de Silicon Valley, defendiendo una visión del progreso tecnológico que combina libertarianismo, ambición empresarial y un profundo escepticismo hacia las instituciones tradicionales.
En una industria acostumbrada a celebrar la innovación, él fue más lejos: cuestionó abiertamente la capacidad de las democracias contemporáneas para producir cambios profundos y sostuvo que el progreso tecnológico se había desacelerado. Mientras buena parte de Silicon Valley se concentraba en aplicaciones, redes sociales y plataformas digitales, él insistía en que la humanidad necesitaba avances más radicales en campos como la energía, la inteligencia artificial, la biotecnología o la exploración espacial.
Buena parte de esa visión quedó plasmada en Zero to One, el libro que publicó en 2014. Allí sostiene que las empresas más valiosas no son aquellas que compiten en mercados existentes, sino las que crean algo completamente nuevo. En otras palabras, pasar de “cero a uno”: construir una innovación que antes no existía.
Las piedras videntes.
La empresa que mejor resume las contradicciones de Thiel no es PayPal ni Facebook, sino Palantir. Bautizada con el nombre de las piedras videntes de El Señor de los Anillos, la compañía nació con la ambición de ayudar a gobiernos y agencias de inteligencia a procesar enormes volúmenes de información. Con el tiempo se convirtió en una pieza clave de la infraestructura tecnológica utilizada por organismos de seguridad, fuerzas armadas y agencias migratorias.
Para sus defensores, Palantir ofrece herramientas indispensables en un mundo cada vez más complejo. Para sus críticos, representa el avance de tecnologías de vigilancia capaces de concentrar cantidades inéditas de información sobre millones de personas.
Esa combinación de innovación tecnológica, poder económico e influencia política también marcó su trayectoria personal. En 2016 sorprendió al establishment de Silicon Valley al convertirse en uno de los pocos empresarios de peso que apoyó públicamente la candidatura presidencial de Trump. Mientras la mayoría de los ejecutivos tecnológicos se alineaba con los demócratas, Thiel apostó por una figura que prometía desafiar las reglas tradicionales de la política estadounidense.
Desde entonces se transformó en una referencia para una nueva generación de empresarios vinculados a la llamada derecha tecnológica, un grupo que cuestiona el papel del Estado, desconfía de las élites políticas tradicionales y cree que la innovación puede ser una herramienta para redefinir el orden económico y social.
Vista desde esa perspectiva, la reciente aproximación de Thiel a Argentina adquiere un significado más amplio que una simple visita de negocios. El discurso antiestablishment, la promesa de desregulación económica y la reivindicación del libre mercado que encarna Milei encuentran eco en algunas de las ideas que el empresario viene promoviendo desde hace décadas.
Por eso, cuando Peter Thiel compra tierras, invierte en una startup o decide posar la mirada sobre un país, rara vez se trata solamente de dinero. Para admiradores y detractores por igual, cada uno de sus movimientos es observado como una pista sobre hacia dónde cree que se dirige el futuro.