Karp y la nueva doctrina de la guerra tecnológica

Un documento de Palantir reaviva el debate sobre el rol de Silicon Valley, el Estado y el poder militar en la carrera tecnológica del siglo XXI

Palantir Technologies, la empresa contratada por la administración de Donald Trump para realizar deportaciones masivas usando inteligencia artificial.
Palantir Technologies, la empresa contratada por la administración de Donald Trump para realizar deportaciones masivas usando inteligencia artificial.
Foto: Forbes.

En los últimos días, Palantir publicó una síntesis en 22 puntos de The Technological Republic, el libro que su CEO, Alex Karp, y su asesor legal, Nicholas W. Zamiska, publicaron a inicios de 2025 y que en estas tierras pasó sin pena ni gloria. Un texto, ya el libro, que bascula entre una promoción de marketing de su empresa militar, y una defensa explícita de la alianza entre Silicon Valley, el Estado y el poder militar estadounidense. La idea central ya plasmada en el libro, plagado de lugares comunes y simplificaciones excesivas, es que según Karp el siglo XXI no se ganará solo con valores, discursos o poder blando, sino con “poder duro”, y ese poder estará construido sobre software.

Karp parte de un diagnóstico de que Silicon Valley perdió el rumbo. En lugar de orientar su talento hacia problemas nacionales (defensa, seguridad, infraestructura, salud, educación), se encerró en aplicaciones de consumo, redes sociales, comercio electrónico y productos destinados a hacer más cómoda la vida de las clases educadas. Karp dice que está convencido de que la élite de ingenieros que puebla Silicon Valley tiene una deuda moral con Estados Unidos.

El libro por momentos parece abrevar de la misma nostalgia histórica que el momento actual resume en la sigla MAGA y hace énfasis en la época en que ciencia, Estado y las empresas privadas trabajaban en conjunto para desarrollar la carrera espacial, el Proyecto Manhattan o internet. Karp y Zamiska insisten en la necesidad de que la frontera tecnológica (inteligencia artificial, biotecnología, computación cuántica) ya no sería un asunto de innovación privada, sino el centro mismo del orden económico, político y militar global. Desde esa perspectiva profundamente imperialista, aseguran que negarse a colaborar con la seguridad nacional no sería una postura ética, sino una frivolidad peligrosa. Una afirmación que no parece casualidad frente a los últimos episodios ocurridos en torno a la empresa de desarrollo de IA, Anthropic.

Pero el punto más polémico aparece cuando el argumento deja de ser industrial y se vuelve casi civilizatorio. Karp y Zamiska sostienen que las sociedades democráticas necesitan algo más que apelaciones morales para prevalecer, apelan al determinismo tecnológico más burdo al asegurar que las armas de inteligencia artificial serán construidas de todos modos, y sostienen que el punto es quién las hará y con qué propósito. Agregan incluso que algunas culturas han producido avances vitales mientras otras siguen siendo “disfuncionales y regresivas”.

El libro no es una reflexión sobre innovación sino más bien una teoría política del rearme. Al menos así lo vieron varios críticos norteamericanos que hablan de una forma de “modernismo reaccionario”, o una combinación de nostalgia por una grandeza nacional perdida, desprecio por el consumismo de mercado, exaltación de la ingeniería y fascinación por el armamento tecnológicamente avanzado. Por momentos al leer The Technological Republic uno siente que el objetivo no es tanto una república democrática sino una sustitución de élites con menos políticos y funcionarios, y más ingenieros.

La otra cuestión que sobrevuela es que Palantir no es un observador neutral de esta discusión. Es una compañía que vende software de análisis de datos, defensa, vigilancia y seguridad a gobiernos, fuerzas armadas y agencias de inteligencia. Por eso, cuando Karp pide una “unión entre el Estado y la industria del software”, casi parece un pitch de ventas.

Karp tiene un punto, y es una pregunta que esta autora se hace desde hace un tiempo. ¿Qué debe hacer una sociedad democrática cuando las tecnologías más decisivas para su economía y su seguridad quedan en manos de empresas privadas? Sin embargo, no da respuestas, exige definiciones, pero su libro se queda en lo superficial. Habla de Occidente, de propósito compartido, de cultura nacional, pero rara vez precisa qué significa.

La preocupación entonces no es tanto si esa república tecnológica llegará, ya está llegando. El verdadero problema es quién la gobernará, bajo qué controles democráticos y con qué idea de lo humano.

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