Las ciudades pueden reconstruirse a través de sus edificios, monumentos y grandes acontecimientos. Pero también existen otras formas, más íntimas, de contar su historia: una vidriera frente a la que alguien se detenía de niño, la tienda donde compró la ropa para salir a bailar, una heladería después del cine o el bar donde se encontraba con amigos. Lugares que pueden haber desaparecido pero que, décadas después, todavía sobreviven en la memoria.
De esa idea parte Marcas y memorias, un recorrido por Ciudad Vieja y el Centro que propone reconstruir parte de la historia de Montevideo a través de sus comercios, marcas y hábitos de consumo. La propuesta, conducida por el comunicador y especialista en moda, Leonardo Hernández, y producida por Domo Silent, se realizará el sábado 5 de setiembre, a las 11.00, con punto de partida en la Plaza Matriz.
Hernández trabaja desde hace años vinculado a la moda, aunque explica que el proyecto nació de una pasión que va bastante más allá de la ropa. Le interesan las costumbres, los comercios y, particularmente, las vidrieras. Está convencido de que detrás de ese universo existe una historia de Montevideo que pocas veces se cuenta.
“El ritmo del Montevideo comercial es muy fuerte para el montevideano”, afirma en charla con Domingo. Los comercios, sostiene, intervinieron en la manera de consumir, recorrer y vivir la ciudad, y algunos consiguieron atravesar generaciones hasta incorporarse a una especie de mapa afectivo colectivo.
Huellas de otra ciudad
La idea comenzó a tomar forma hace tiempo, cuando conversó con el equipo de Domo Silent que desarrolla experiencias urbanas mediante el uso de auriculares inalámbricos inmersivos. A partir de ahí comenzó también una investigación que amplió aquel primer mapa que Hernández había construido a partir de sus conocimientos y recuerdos.
El trabajo contó con la participación del historiador Alejandro Giménez. Hernández ya tenía identificados varios comercios sobre los que quería hablar, pero la investigación permitió sumar otros y rastrear las historias escondidas detrás de nombres que alguna vez fueron parte habitual del paisaje montevideano.
Porque hay lugares que pueden permanecer en la memoria incluso de quienes nunca llegaron a conocerlos. A Hernández le ocurre con London París. No vivió el auge de la emblemática tienda, pero creció escuchando los relatos de sus abuelos y, especialmente, los recuerdos de su abuela. Una memoria que originalmente no era suya terminó así formando parte de su propio imaginario.
Esa transmisión entre generaciones es una de las fibras que Marcas y memorias busca tocar. Porque la intención no es elaborar un inventario de comercios desaparecidos. Es contar lo que sucedía alrededor de ellos: quiénes los frecuentaban, qué costumbres generaron y por qué algunos consiguieron permanecer en la memoria mucho después de haber bajado sus persianas.
Ahí entran en escena las vidrieras. “Una vidriera puede contar muchas historias”, asegura el comunicador. Para él, esos espacios no fueron solamente herramientas para vender productos, sino pequeños escenarios urbanos. Hernández dice conocer adultos que todavía recuerdan las caminatas con sus madres o abuelas para detenerse frente a determinada tienda. “Si tomáramos un universo de cien personas y les preguntáramos si recuerdan alguna vidriera, estoy seguro de que la gran mayoría diría que sí”.
Durante décadas, mirar vidrieras fue también una forma de recorrer el Centro. Las tiendas marcaban tendencias, despertaban deseos y construían referencias compartidas. La ciudad podía mirarse, en cierto sentido, a través de un vidrio.
Marcas y memorias intenta recuperar parte de esa experiencia mediante el recurso sensorial de los auriculares inalámbricos. Sin embargo, hay una parte de esa historia que no puede reconstruirse en ningún archivo: la que cada participante lleva consigo.
El impulsor de la actividad espera que durante la caminata los relatos colectivos se mezclen con los individuales. Que mientras se cuenta qué comercio funcionaba en determinada esquina, alguien recuerde qué hacía allí, con quién iba o qué compraba.
Muchas veces, dice, la adolescencia puede reaparecer a través de una prenda: el calzado que se usaba, dónde se compraba la ropa para salir a bailar o “qué camisa teníamos cuando invitamos a bailar a la chica que terminó siendo nuestra novia y después nuestra esposa”.
Los objetos y los comercios funcionan entonces como llaves para recuperar escenas. Eso es lo que Hernández espera provocar: no solamente contarle al público lo que ocurrió en Montevideo, sino conseguir que cada uno complete el relato con su propia biografía. Que después de la experiencia vuelva a caminar por esas calles con otra mirada. “En el recorrido van a recordar hasta olores”, promete. Y quizás de eso se trate: mostrar que una ciudad también queda guardada en los sentidos. Y que, algunas veces, alcanza con volver a caminar por ciertas calles para que una parte de ella regrese.
Caminata por la Montevideo comercial
El recorrido comenzará en Plaza Matriz y llegará hasta 18 de Julio y Ejido. Hernández prefiere reservar nombres para mantener la sorpresa, pero adelanta algunas pistas. En las primeras cuadras aparecerá la historia de un supermercado que todavía existe y cuyo nacimiento está estrechamente vinculado a la Plaza Matriz. En la peatonal Sarandí, el relato se detendrá en una óptica que llegó a convertirse en referente sudamericano. También habrá lugar para un restaurante que continúa abierto y cuyo nombre guarda una relación con la Plaza Independencia. Ya sobre 18 de Julio aparecerán otros protagonistas: la primera cadena de hamburgueserías del país, surgida en la década de 1980; una heladería famosa; bares y cafés; joyerías y tiendas. Entre ellas, London París.