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La primera Montevideo

Una muestra recientemente inaugurada en el museo San Bernardino sirve para conectarse con los primeros pasos de la ciudad y comprender el contexto en el cual nació José Artigas.

documentos franciscanos
Foto: Estefanía Leal.

"Acá empieza la historia de Montevideo, entre estas cuatro paredes”, dice un fraile en la sede de la orden franciscana Conventuales y hace un ademán con sus brazos, como queriendo abarcar los objetos y documentos que está en el museo San Bernardino, ubicado dentro de Conventuales, en la esquina mismo de las calles Canelones y Zelmar Michelini.

Santiago Duarte, uno de los franciscanos menores, le abre la puerta a Revista Domingo para recorrer algo del edificio antes de llegar a la muestra propiamente dicha. Es un gran local, ocupado hoy por varias ONG que alquilan ahí espacio para sus tareas. “Antes, eran habitaciones donde vivían monjas”, cuenta Santiago mientras acompaña y señala las oficinas. No hay mucha gente. Son unos pocos frailes, uno de los cuales está preparándose para dar la misa en la parroquia San José y San Maximiliano Kolbe, un local bastante imponente y que para muchos ateos o agnósticos puede resultar un descubrimiento. No solo por sus dimensiones, sino también por sus objetos y su arte. Ahí están, por ejemplo, dos de los tres únicos altares barrocos que hay en Uruguay. También ahí hay una pintura del italiano Lino Dinetto, cuyas obras para la Iglesia Católica en Uruguay forman parte del Patrimonio Histórico Nacional.

San José y San Maximiliano Kolbe
San José y San Maximiliano Kolbe. Foto: Esteanía Leal. 

El fray Álvaro —él prefiere, como los otros consultados, que se lo llame así, solo por el nombre de pila— cuenta un poco sobre Maximiliano Kolbe, un prisionero del campo de concentración Auschwitz que ofreció su vida para que los nazis no ejecutaran a otra persona.

Mientras él habla, el el exembajador uruguayo ante el Vaticano Mario Cayota aguarda y también aporta algún comentario a la charla. Cayota tiene 85 años, pero no los aparenta. Aunque camina con parsimonia, no tiene la postura encorvada que muchas veces suele acompañar los pasos de gente de esa edad.

Cuando se encuentra con el fray Aníbal, el mismo que luego dirá la frase que abre esta nota, se acuerda de su propia edad, como para remarcar que ya es un anciano. Pero su lucidez es idéntica a su blanca cabellera: impecable y vigorosa.

Cayota fue embajador ante el Vaticano durante dos períodos y franciscano, como todos los que acompañan a Revista Domingo en el recorrido. Además, es historiador y doctor en filosofía. Es el curador de la muestra histórica que reúne objetos y documentos de la época colonial de Montevideo, cuando aún se llamaba San Felipe y Santiago.

Esos objetos y documentos, además, aportan algunos datos y claves sobre la figura de José Artigas, que también está presente en la muestra a través de una escultura de su cabeza, ubicada en la parte superior de un mueble, como mirando desde arriba todo lo que se expone abajo.

Cada uno de los objetos tiene un texto informativo, impreso en un papel plastificado y redactado por el propio Cayota. “Todo esto es de la Orden Tercera Franciscana”, cuenta y añade que los integrantes de la orden se comprometen a una forma de vivir y a encarnar ciertos valores. Una forma de vivir austera y una sensibilidad particular y solidaria respecto de aquellas personas que están en el último escalón económico y social.

Candombe colonial

Uno de los objetos expuestos en la muestra del museo San Bernardino y que puede visitarse coordinando una visita con el gestor Santiago Uriarte los martes y jueves entre 16.30 y 18.00, es una figura de San Benito de Palermo, santo patrono de los negros. “La orden franciscana le daba a la población afro una participación en la vida pública, que era formar parte de la caridad. La única, porque de todas las demás estaban radiados”, dice el fray Aníbal. En la charla también participa el fray Sebastián, unos cuantos años más joven que los demás, y autor de una monografía sobre el santo y el candombe en ese período. “La figura de San Benito de Palermo encabezaba las procesiones de Corpus Christi que realizaban las personas afrodescendientes. Y esas procesiones se hacían al repiqueteo de los tambores”. Cayota, por su parte, aporta que los afro tenían una cofradía en la orden franciscana, organizada y con sus propias autoridades. “Las procesiones iban hasta la catedral y ahí —donde ahora está la estatua de Monseñor Soler— estaba el altar dedicado a San Benito de Palermo”.

San Benito de Palermo
San Benito de Palermo. Foto: Estefanía Leal.

“Una de las cosas más interesantes de esta muestra”, empieza diciendo una vez que está entre esas cuatro paredes a las que aludía fray Aníbal “es que toda la familia de Artigas perteneció a la Orden Tercera Franciscana. Padres, abuelos por parte materna y paterna, tíos… Los Artigas eran franciscanos”.

Cayota se acerca a un mueble en el centro de la habitación que contiene, dentro de una estructura de vidrio, muchos documentos de esa época. Ahí, en un folio que contiene papeles cuyo tamaño es más o menos una página A3, Cayota señala un nombre: Martín José Artigas, padre del prócer.

“Era el ‘Limosnero’ de la orden. O sea, la persona encargada de manejar el dinero recaudado para asistir a los pobres”. Esa tarea era, agrega el historiador, para alguien que fuese conocido por su honestidad y rectitud, porque tenía que manejar fondos para repartir entre los necesitados. Sigue: “El padre de Artigas también fue cabildante muchas veces y además fue el comandante de la Santa Hermandad que eran elegidos por los vecinos”.

—¿Cómo era Montevideo en esa época?

No nos olvidemos que la ciudad empezó como un bastión militar, por el peligro de que los portugueses quisieran afianzarse acá. Buenos Aires no quería fundar la ciudad, porque esto era su ‘estancia’. Se hacían pingües negocios con todo el ganado que había. Pero al final (Bruno Mauricio de) Zabala desembarca, justamente por el peligro portugués. Era una ciudad muy pequeña. Todavía no se llamaba Montevideo sino San Felipe y Santiago, con gente muy cristiana y apenas 5.000, 6.000 almas, como se decía entonces. Cuando después los habitantes quisieron construir una catedral, Buenos Aires no quería. Vio cómo es… Los presupuestos. En Buenos Aires decían algo así como ‘están locos estos vecinos de San Felipe y Santiago. ¿Cómo van a querer una catedral ahí si eso es un páramo?’ Entonces los ‘vecinos’ dijeron: ‘Bueno, la hacemos nosotros’. Y la catedral se construyó con el dinero de los vecinos”.

El historiador Leonardo Borges también ha escrito sobre la ciudad de entonces y da una descripción similar a la de Cayota. “¿Cómo se vivía en aquel Montevideo? Hay una historia fundamental: en 1730 Zabala decreta que Montevideo pase a ser ciudad con un cabildo, justicia y regimiento. En ese momento, Montevideo no tenía suficiente cantidad de habitantes, ni tampoco tenía la suficiente cantidad de personas que supieran leer y escribir para tener un cabildo. De hecho, ese primer cabildo va a tener como alcalde de la Santa Hermandad a un anafalbeto que era Juan Antonio Artigas, abuelo de José Artigas y el primer alcalde de Montevideo”, dice Borges.

Agrega que cuando cuando Zabala llega en el verano de 1730, se encuentra con que la ciudad que él había fundado en siete años antes todavía no había construido casas de piedra.

“La gente seguía viviendo en casas de cuero. La indolencia era uno de los sellos distintivos de aquel Montevideo. Los montevideanos tenían todo a su alcance: animales, no pagaban impuestos, tenían un solar, una chacra y una estancia... Se les dio todo tipo de beneficios para habitar Montevideo y vivían holgadamente. Cuando llega Zabala y ve que solo había tres casas de piedra —el resto eran casuchas de barro o cuero— obliga a los montevideanos mediante un edicto a que construyan sus propias casas”.

Esos hechos, acota Borges, explican parte de las diferencias históricas entre Montevideo y Buenos Aires. “El patriciado porteño siempre vio a Montevideo como inferior. Pero ojo, que muchas veces los uruguayos tendemos a buscar una enemistad con Buenos Aires. Hay que tener cuidado, porque a veces le ponemos al pasado aditamentos del presente. Pero sí es verdad que no había interés alguno en que acá hubiese un desarrollo, por obvias razones: Buenos Aires quería mantener su centralidad en el comercio”.

En la muestra también hay una figura de Cristo muy bien conservada, de madera y articulada. Es un Cristo que lleva una gran cruz, mirando hacia abajo. “Este Cristo salía en las procesiones”, relata el curador. “Eso está contado en 'Montevideo antiguo' de Isidoro de María. Ahí se habla de este Cristo, que salía siempre en las procesiones de Viernes Santos y lo hizo durante muchos, muchos años, como hasta cerca de 1910. Solo una vez dejó de salir: durante la epidemia de la fiebre amarilla. Los terciarios lo llevaban por los caminos de la Ciudad Vieja, porque no eran ‘calles’ así como las entendemos hoy”.

Cristo de la orden franciscana
El Cristo usado en las procesiones de Viernes Santo. Foto: Estefanía Leal.

La figura de Artigas vuelve a la charla. Cayota destaca entre otras cosas, el vínculo directo y estrecho que existía entre los primeros montevideanos y la orden franciscana, y especialmente entre los Artigas y los franciscanos.

“Los Artigas vivían en Cerrito y Colón, en frente al convento de los franciscanos que estaba ubicado donde hoy está, nada menos, el Banco República”.

—¿Qué conclusiones históricas saca sobre la importancia de estos documentos?

—Que se olvida una dimensión importante de nuestra historia y que es la presencia de estas corrientes cristianas, las que formaron parte de la gestación de nuestra patria.

Cayota se mueve hacia otra parte de la sala y recoge un dibujo enmarcado, que muestra la expulsión de nueve frailes franciscanos luego de la Batalla de las Piedras, por parte de Francisco Javier de Elío.

Mario Cayota
Mario Cayota. Foto: Estefanía Leal. 

“Les seguí la pista a los nueve que se ven ahí y seis de ellos habían sido profesores de la Universidad de Córdoba, que era una institución educativa muy importante, como La Sorbona de esa época. Habían sido profesores y en los mejores colegios del virreinato. En otras palabras, eran grandes intelectuales y entre ellos estaba Benito Lamas. El de la calle, ¿vio?”, relata.

El experto continúa recorriendo la sala, contando las historias que esos objetos y documentos transmiten sobre los orígenes de esta ciudad. A través de su voz, el pasado montevideano se hace presente para mostrar parte del camino iniciado por esas pocas y primeras “almas”.

Una charla sobre religión y política

“Los franciscanos inventamos la democracia”, dice -medio en broma, medio en serio- el fraile Aníbal y Mario Cayota, que había enseñado una caja donde se ponían bolillas para votar en la orden, sonríe. “Nos reunimos en lo que se llama el capítulo (o asamblea). Ahí se eligen las autoridades y hay varias formas de elegir. Por alzada de mano o por balota”.

—¿Como “ballot”, la palabra en inglés?

—Fray Aníbal: Eso. Mientras tanto, todos pueden decir lo que quieran. Pero después de la votación no se puede hablar más. Antes y durante son totalmente libres.

—Eso suena parecido al proceso de deliberación y votación de los partidos comunistas, el “centralismo democrático”. Antes de votar se puede decir lo que sea. Pero luego de la votación hay que acatar.

—Cayota: El único santo que Lenin elogia es San Francisco.

—Fray Aníbal: Lenin decía que “para cambiar al mundo se necesitarían cinco San Francisco”. Y Antonio Gramsci también elogiaba a San Francisco.

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