Origen y educación

HUGO BUREL

Cuando no se acallan todavía los ecos de la fulgurante presentación de Paul McCartney y sin abundar más en su costado artístico, que ha sido ya suficientemente comentado y difundido, me gustaría reflexionar hoy sobre un aspecto que puede significar una enseñanza para muchos, en especial para los que hacen de la queja una costumbre y una coartada para tapar la mediocridad. Creo que el músico británico representa un claro ejemplo de superación y triunfo individual a partir de un origen que lo señala, claramente, como un hijo de la guerra.

Nacido el 18 de junio de 1942, no era Inglaterra, precisamente en ese momento, el mejor lugar para venir al mundo. Basta decir que desde agosto de 1940 a enero de 1942 hubo sobre Liverpool sesenta y ocho bombardeos de la Luftwaffe y más de mil quinientas alarmas de incursión aérea. Diez mil hogares quedaron destruidos y dos tercios del total de casas de la ciudad seriamente dañados. Los padres de Paul sirvieron en la guerra: la madre como enfermera (que era su profesión) y el padre como bombero voluntario aunque trabajaba en la Bolsa de algodón. Al finalizar la confrontación con Alemania, la familia había sobrevivido y además traído un hijo más al mundo, Michael, nacido en 1944. Pero tenían graves problemas económicos en una nación devastada por el conflicto bélico.

McCartney creció en la posguerra, en un hogar de clase media baja y nada le resultó fácil. Vivió en Speke, un barrio industrial duro de los suburbios de Liverpool, en donde tuvo que enfrentar la violencia de chicos mayores que él que lo golpeaban o robaban, en especial los que llegaban de un barrio vecino peor que Speke llamado Garston. Cuando tenía catorce años, su madre muere de cáncer. Ella había soñado que Paul fuese médico y Jim, su padre, que se realizara como un científico importante.

Pese a la penuria económica, la educación gratuita inglesa, de admisión abierta a las escuelas secundarias con formación artística (las arts schools), funcionaba como un espacio pluriclasista y liberal en comparación con los centros de enseñanza privados. Estas escuelas artísticas produjeron notorios artistas, brillantes diseñadores de moda y numerosos músicos de rock. Además de McCartney, Lennon y Harrison, de ellas surgieron figuras como Eric Clapton, David Bowie, Peter Townshend, todos los integrantes de Pink Floyd, Keith Richards, Ron Wood y Jeff Beck, por citar los más notorios. Junto con lo artístico, la educación incluía cultura clásica, gracias a lo cual, McCartney conoció tempranamente a Shakespeare y a Coleridge. Al respecto, en su biografía escrita junto a Barry Miles, Paul confiesa: "Es por eso que le tengo tanto cariño a mi antigua escuela. Porque realmente me cambió la cabeza. Me hizo dejar de ser una cabeza suburbana simpática e inocente, en cierto modo limitada, en cierto modo hosca, en cierto modo melindrosa, para ser expansiva". La cita textual me exime de comentarios: de la pobreza y miseria de la guerra y las limitaciones económicas, de la pérdida afectiva y el entorno difícil, McCartney zafa y se supera por la educación y tiene la nobleza de admitirlo.

El resto es historia conocida: esa cabeza que la escuela cambia será artífice y gestora de una revolución musical. Pero en la base de todo, y con casi setenta años McCartney lo sigue demostrando, está la educación, la posibilidad de superarse y partir en condiciones igualitarias del mismo lugar y llegar tan lejos como el talento personal lo determine. La educación que abre la cabeza y no la limita con visiones parciales, interesadas o dogmáticas, que iguala pero no uniformiza o achata. La educación que libera y no se ve sujeta a disputas por chacritas de poder. Le educación secundaria pública que una vez tuvimos y por décadas nos enorgulleció y hoy da pena.

La excelencia musical, el profesionalismo, el deslumbrante show, la arrolladora presencia de un artista superlativo sirvieron para que viviéramos un momento mágico. Pero es bueno que sepamos que parte de eso se origina en la educación.

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