Opinión | Ruben Rada era de todos

"Ruben Rada es el ejemplo perfecto de como la izquierda se apropia gramscianamente de símbolos y nos deja mirando a todos -los otros- como perros abandonados y sin derecho a un vaso de agua".

Washington Abdala
Foto: Archivo

Dejé pasar unos días para escribir sobre Ruben Rada. Soy grande, por lo que lo tengo en el registro desde sus épocas con Cacho, luego su peripecia musical, sus viajes iniciáticos y su éxito en el continente. Un luchador romántico. Nunca dejó de ser él; siempre tuvo la magia de hacer de su canción y su música algo propio y algo de todos los uruguayos, también de los rioplatenses, claro que sí. Y su candombe posmoderno fue una bendición que todos advertíamos epifánico. Con sutileza nos hipnotizó siempre.

Voy a los bifes. Los que no somos de izquierda también tenemos derecho a disfrutar de la comunión con nuestros artistas, aunque nos ubiquen en una capitis deminutio con sensibilidad rebajada que administra la izquierda. Ruben Rada es el ejemplo perfecto de como la izquierda se apropia gramscianamente de símbolos y nos deja mirando a todos -los otros- como perros abandonados y sin derecho a un vaso de agua.

Va a doler, pero es así: ni los argentinos -con lo soberbios que son- siguen esos códigos. La derecha y la izquierda del hermano país sabe que Jorge Luis Borges es de todos y no se le ocurriría a nadie apropiárselo, achicarlo o disminuirlo. En Uruguay, la izquierda se asume vanguardia y se autopercibe como la interpretación del sentir sensible de todos; en ese juego, los demás -nosotros, los liberales- somos una escoria que no tiene mérito alguno para ser considerados en nada. Se nos respeta en las formas, pero en los hechos, en las que duelen, se nos escupe. Y esto hay que saberlo porque una sociedad donde las coordenadas son esas, la tiene complicada; solo cierta idea civilizatoria de “comunidad” hace que las cosas anden y que sea soportable la vida cotidiana. La izquierda no abona la convergencia sino el choque, lo sabemos todos.

Con franqueza, las apropiaciones simbólicas terminan mal, dividen, no dan el salto a la grandeza. Finalizan dañando la idea del conjunto social. No hay un “todos”, solo hay un “nosotros” y un desprecio hacia el “ellos”. La uruguayez entonces ya no existe como tal sino que hay varias uruguayeces y todas en resistencia unas de otras. Peor que la rebelión en la granja.

A nadie le importan los relatos autorreferenciales. En cada muerte de un referente uruguayo hay que oír al imbécil de turno haciendo un discurso sobre como él o ella (el izquierdista de turno) tuvo contacto beatificador con el que partió. Una patología comarcal. En general, cuando se producían las oraciones fúnebres (en la historia) eran en clave de respeto, con la distancia del caso y con la inteligencia para incluir a todos en la fiesta. No se es mejor por ser hincha de tal cuadro o por tener tal ideología. En el arte, solo se es o no se es. Y quien lo logra, ingresa en una categoría totalizadora. Solo esta aldea disminuye su grandeza y logra menoscabarse a sí misma. Berretada por excelencia.

Cuando se tiene el poder se poseen instrumentos útiles para producir un relato integrador, colectivo, que sume. La clave es asumir que ese es el único camino posible, todos los demás llevan al inframundo de la convivencia imposible. En esto, la izquierda sigue estando mal parada. Se cree plenipotenciaria absoluta y no advierte que con ese talante se separa más de la sociedad queriendo apropiarse de todo el buenismo posible, montando el relato que se les antoja y vituperando a los demás. En ese camino arman un mundo liliputiense. Un error que sale carísimo.

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