Opinión | Opio de los intelectuales yorugua

"La separación entre el análisis y la militancia no puede ser traficada por gente que nos vende lo que no son: son militantes, activistas, apologistas del gobierno, no son intelectuales libres".

Washington Abdala
Foto: Archivo

Hay un juego de cinismo en partes de la sociedad uruguaya que no pasa desapercibido. En algún momento se construyó la idea de que el verdadero intelectual “era” de izquierda y que desde esa fuente abrevaba conocimiento ante una hegemonía conservadora hija de los partidos fundacionales. Ese mambo es de los años 60 y 70. Así, se pobló de historiadores, sociólogos, politólogos, académicos y comunicadoras que vestían la toga del intelectual autónomo que pensaba el mundo y la vida desde una dimensión supuestamente- reverberante y moderna. Los idiotas de los partidos tradicionales aplaudíamos creyendo lo valioso que eran esos seres angelicales.

El debate es viejo como el agujero del mate, pero cuando el intelectual subordina la búsqueda de la verdad a su visión filosófica o partidaria, en realidad no estábamos ante un intelectual en serio, sino ante un escriba sumiso de una ideología. Un inmoral, digamos. Los viejos seguidores de Raymond Aron lo leímos en El Opio de los intelectuales donde se mostraba con elocuencia como se juzgaba con varas distintas a los hechos según favorecieran a unos u a otros. (¿Camioneta o ediles de moda?)

Seamos francos. Nadie pide seres apolíticos o virginales; solo sería deseable que no se pensara “todo” en clave de trinchera, porque un verdadero intelectual somete a examen crítico lo que se le presenta y evita que el monopolio del poder se transforme en un monopolio del relato, como lo hace alegremente la izquierda desde su dogmatismo intrínseco casi religioso; la derecha -al ser asimétrica- no tiene tantos “soldados” y no está regimentada, quizás, por su propio liberalismo (¿es su fortaleza su debilidad?).

Como siempre, Max Weber lo ordenó todo analizando el pensamiento honesto del intelectual: su idea en relación con las investigaciones no es que una persona carezca de valores o que los congele en un freezer, sino que debe distinguir entre describir y explicar lo que ocurre y no utilizar su autoridad académica para influir en el público que valores debe adoptar. Y acá está el punto: la separación entre el análisis y la militancia no puede ser traficada por gente que nos vende lo que no son: son militantes, activistas, apologistas del gobierno, no son intelectuales libres. En ese sentido pueden sostener lo que se les cante, no hay exigencia académica, pero de allí a afirmar que actúan profesionalmente cuando la baja calidad de la gestión gubernamental es evidenciada por un pueblo que da la espalda (pueblo que los votó y en encuestas que los reprueba)... en fin...

Por eso me gusta el sincericidio de alguna gente porque legitima narrativas. Puede haber gente de un lado y del otro, cada uno con sus baterías apuntando hacia el enemigo, disparando pesado o suave; da lo mismo: pero no nos sanateen que son pensamiento independiente, análisis crítico y postura hacia la verdad social. Cero académicos: son Fidel Pintos y nosotros seremos Ricardo Caruso Lombardi para ellos, da igual. Y tanto es así que la izquierda sigue por inercia en ese baile, pero se cae el verso a pedazos. La gente hoy ya no se calla nada porque son tiempos desbocados, arrojados y de hartazgo ante lo inmoral.

La moral es decir la verdad, comprometerse en ese espacio, no justificar, no balancearse para quedar un poco bien, un poquitito mal, pero pensando en volver a quedar bien con Juan o José por si mañana ganan la maratón. El tema es moral y causa hartazgo. Ya está bien de tocarnos la oreja. Ya fue mucho. A sacar las pelotas del área. No bancamos más.

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