Opinión | No da para más la estupidez

Una mirada crítica sobre un Uruguay envejecido y sin planificación, que desoye a los jóvenes, depende de la inmigración y posterga las discusiones decisivas sobre su futuro.

Washington Abdala
Foto: Archivo

No están entendiendo el país que viene. No lo pueden hacer los que no comprenden los valores de las generaciones jóvenes. Los más chicos quieren igualdad de oportunidades. Quieren ver que sus gobernantes no les arreglan la vida a sus hijos mientras ellos siguen en el desempleo juvenil. Quieren un país que les ofrezca más que una oportunidad laboral experimental. Y quieren ver a los ojos a los que conducen y no considerarlos unos avivados que garronean. Quieren gente con brújula moral.

Los jóvenes de este país son los más afectados por el sistema, por la rosca, por los engranajes del poder. Saben de canto que nunca se podrán jubilar porque el sistema previsional los roba y no está preparado para sobrevivir mucho tiempo más. Apenas se lo logra el día a día, mientras el déficit institucional del BPS no se habla para que la gente no se deprima: pero no habrá jubilaciones en algunas décadas para adelante si no hay un cambio demográfico en un país que no se reproduce. Es simple: la tasa de reemplazo no se cubre con la fecundidad en caída. Suerte en pila, chiquilines, la tienen jodida, pero quéjense y no se dejen estafar: les sacan dinero para algo que no tiene arreglo. Una inmoralidad, como tantas de este país que se cree divino y asesina a sus hijos; se los come como hacía Cronos.

El Uruguay así está condenado a ir a menos; no tiene gente, no hay hijos de este país, nacen menos de los que mueren. Pero como es un país de improvisados, no le vamos a pedir al presidente de los improvisados que haga un asunto de Estado y plantee seriamente que en esto nos va la vida. Dale que va. Seguí tranqui, traéme un choricito bien cocidito y una papita. ¡No te olvides el amarillo, chiquilín! Panzas obscenas, eso sí. Y así seguimos. Un país suicida, sin futuro planificado, solo salvándose -por ahora- con una migración que hace el delivery, que trabaja en el frente de batalla de la medicina más dura en las unidades móviles, en la emergencias de los hospitales y en sanatorios privados, que atiende los vehículos que no son taxi, que actúan de meseros y meseras en restaurantes: este es el nuevo rostro del Uruguay que se mezcla con la población local y que por ahora viene salvando la petisa. ¡Benditos sean los dominicanos, los cubanos y los venezolanos que andan haciendo lo que los uruguayos ya no quieren hacer! El inmigrante de hoy son nuestros abuelos del ayer, que se pelaban el traste por hacer un peso y montar una familia en paz en un país que les abría sus puertas.

En verdad, el Uruguay se está salvando de chiripa por toda esta gente. ¿Dónde están los politólogos explicando esta obviedad? ¿Dónde están los demógrafos progre advirtiendo que nos vamos al carajo? ¿Dónde está la intelligentsia de la selecta izquierda que pensaba el país a lo Carlos Quijano en Marcha proyectando opciones? Nada, no hay nada; son una deriva desopilante y burda, con cero utopías, con menos que cero de proyecto y con cero vergüenza por la rampante ignorancia que los embarga. De los 66 legisladores ni un abogado, y creen que eso es un “orgullo” en un Parlamento donde los abogados tienen que estar como abejas a la miel, porque la ley no se inventa con discursetes de comité, se elabora con especialistas que dedican su vida a eso.

Hay que cambiar mucha cosa en el futuro con lo que dejen del país. Supongo que algo quedará y habrá que remontar la cometa en serio, alto y sin miedo.

Ya no da para más la estupidez en que nos han sumergido, tremenda y dolorosa estupidez.

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