Opinión | Joderse y tomar quina

"Son tiempos jorobados para los que aman la política, tiempos de desencanto, de ver a los supuestos moralistas prendidos de la teta del Estado sacando ventajitas, garroneando, mordisqueando un ticholo, buscando desde el poder comerse una milanga de garrón".

Washington Abdala
Foto: Archivo

La clave es no ufanarse de la ignorancia como modelo. La clave es no creer que uno es “pueblo” porque tiene olor a choripán como método. La clave es asumir con humildad lo que aspiramos defender. La clave es no creérsela. La clave es no odiar en privado y hacerse el buenito en público. La clave es decir la verdad.

Todo ese desliz es lo que le acaece a la barra en el poder: sienten que son la voz de Dios; insisten en ser la voz de todos. Y si alguno se enoja con ellos es un traidor y una mala persona. Antes pasan por la casa de la chamana, obtienen inspiración, salvoconductos y bendiciones y Viva la Pepa. Ella bendice o manda el pulgar para abajo. Es insólito, pero es así.

Hay -en todo este caos- una veta ofensiva hacia la buena política en que incurren los flojos políticos del poder de turno en Uruguay: creen que tienen razón siempre, por decreto peperil del cielo, y eso les permite hacer y deshacer lo que se les canta. Son un grupo de intolerantes que se asume moderado en público, pero se lleva puesto al Uruguay en su dogmatismo. Y para peor, se creen revolucionarios de probeta. Amarían haber agarrados los fierros. Sorry, estamos en democracia.

No deberían tener semejante soberbia. Esa soberbia fue parte de la locura que trajo aquellos males al Pélida Aquiles y a todos los giles que lo metieron al Uruguay en el lodazal en que cayó en la historia. No la pudran, muchachos, que los viejos conocemos cuando hierve la papa o cuando está cruda.

La gente se cansa y está harta de los gobernantes actuales. Pero el lío es jorobado porque hay tanta erosión que esto viene contaminando a toda la política. El berretismo del gobierno lo inocula todo. Es como un virus. Hay que meditar sobre cómo vincularse de forma dialéctica con el gobierno, en el sentido que no contamine más. Hasta relajarlos (demasiado) complica porque se cae en la seducción del carajeo. ¡Ojo que el enojo va para todos los políticos! ¡La ciudadanía suele ser generalista y nunca es boba! Y no pocos politólogos (amigos del gobierno) suelen asimilar a todos en esta barranca abajo del poder.

Son tiempos jorobados para los que aman la política, tiempos de desencanto, de ver a los supuestos moralistas prendidos de la teta del Estado sacando ventajitas, garroneando, mordisqueando un ticholo, buscando desde el poder comerse una milanga de garrón; son tiempos de desprestigio y tiempos de desilusión. Los que vienen tienen que saber que este bajón solo se salva con moral de verdad, sentido de entrega y férrea actitud ante lo venal. Estos que venían a salvar al mundo se salvaron ellos. Lo vio cualquiera, lo saben todos: le mata el alma al ciudadano de a pie que rema todos los días. Los que se dicen discípulos del Pepe armaron tolderías, curros, arrimadas y amarillo a roletes. Lo saben todos y eso es el suicidio más cruento que se puede tener en política: mentirle a la gente en lo moral, ser vivillos de poca monta, jugar de santos y ser pícaros. Y les da el tupé para decirle a los blancos “pillos” y a los colorados “fachos”. No escribo el comentario que oigo (de montones de frentistas) sobre sus propios gobernantes porque voy preso. Mis lectores deben leer en redes las descalificaciones hacia los jerarcas públicos de izquierda por parte de los propios votantes de izquierda. No hay peor sanción que la de la propia familia ideológica. Qué le van a hacer, joderse y tomar Quina; no es la mejor medicina, pero es lo que hay.

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