Por Washington Abdala
Todos quieren pantalla, fotos, estar, ser reconocidos, sentenciar, ser seguidos, amados, odiados, pero estar, y seguir estando. Las luces de la ciudad. Siempre lo mismo solo que ahora la locura de las redes sociales alimenta el fogón masivo de manera exponencial. Hasta los anti-redes saben que el partido se anida por rincones instagrameros o de similar carnadura. No estoy en Twitter porque allí relinchan, pero estoy en Instagram donde soy feliz, piensan algunos. Todos se stalkean, todos (se acechan, se vichan). O el velorio de Facebook (yo lo banco) para los grandes. Millones de personas succionadas por el afán de visibilizar lo que sea. Y las pantallas televisivas secuestradas con el minuto a minuto con el influencer metiendo brazadas a lo Michael Phelps. Muy duro todo.
¿Quién soy yo para afirmar esto? ¿No padecí de semejante alienación? Por cierto, y como soy un rehabilitado del pecado y reconstruido de heridas varias, me animo a opinar. Más en esta etapa de mi vida que hago lo que siento, defiendo a quien entiendo pertinente y me tengo que mirar al espejo y confrontarme ante mí mismo y ante mis hijos. Y eso determina mi versión.
El presente alucina en extremo a la gente con la pantalla del móvil. Yo también miro las redes sociales, las estudio, veo gentes de todos lados, me interesa. No miento: me da sensación agradable zapatear por allí. Y hay personas interesantes, inspiradoras y doctas que anda regalando sabiduría; agradezco esos regalos. Pero están los otros: los impostados. Lleno, plagados de “pescadores” que montan su performance solo para la tribuna. Se da cuenta hasta un VAR de mala calidad que es penal eso. Y siguen y siguen. Muchos son pícaros porque alimentan su marca. Los más hábiles lo hacen de frente. Tema de ellos.
Algo pasa con la mente humana que hace cosas parecidas en todos lados. Cada plataforma de red social es distinta: Instagram es estética, Twitter controversial, Tik Tok juega con videos cortos y Facebook sigue siendo reducto de vínculos emocionales. Lo cierto es que la idea de “felicidad” cambió allí adentro. Los modelos estéticos vuelan en las redes sociales. Y pocos logran desde lugares insospechados sus diez minutos de fama. Y dale que va. Luego, también están las venganzas, los odios y las cancelaciones, todo aparece como una turba. Savonarolas inflamados incendiando todo. Gente que va a la guerra en la esquina contra el farmaceútico porque lo creen delator de guerra. Mucha gente está muy pasada creyendo que es el ídolo que admira. ¿No será que siempre fue así en la vida real y no lo percibíamos porque nos ganaba la desinformación? ¿Es una percepción mía o estamos un poco quemados de más? Luego leo aspirantes a filósofos de moda y deforman a los autores clásicos, porque ahora queda reondero hacer que Nietzsche es casi un primo o Sócrates un tío muy vivido. ¿Los conocieron? Pongo este ejemplo porque también la marea trae pescado rabioso.
Me parece una chambonada el exceso en el que estamos, no todo, repito, una parte del asunto. No soy de quejarme del presente, eso suena a naftalina y a geronte típico que brama contra el tiempo que no comprende. No, no lo siento así, al contrario: es más lo que dan las redes sociales que lo que quitan. Premisa central.
Pregunten cuánta gente se enamoró por la red, pregunten quien mantuvo su vínculo por la red, se pobló el mundo de esto, no peleen contra lo obvio, y los padres no se asusten: los chicos no van a ser infanto-juveniles (El Mincho) por ver algo “duro” en las redes sociales. Es la vida contemporánea la que está dura, las redes la fabulan a la propia vida. Pero hay tensión y a veces el skate derrapa. Es eso y no lo niego.
¿Qué se puede hacer? Todos somos mortales, todos miramos cosas que valen y tonterías. Pensar un poco la abducción que nos hacen las redes sociales y resistir en lo que podamos. Solo eso. (¿Menos horas quizás? ¿Limitarnos?) Y disfrutar lo que vale la pena y no calentarse. Saber que la vida real es la de verdad y que las redes son puentes, escaleras o trampolines. Siempre la vida real es lo importante. Y gastar tiempo sincero en el otro. No cumplir, invertir en afectos. Eso suma un pilón. El resto es lo de menos y no interesa demasiado.