Mario empezó su carrera docente en una de las facultades de la Udelar. Sabía que iba a meterse en terreno minado. Se preparó en clave de “infiltrado”. Se puso su jean más viejo y la campera de su padre. No habla de política, se hace el bobo, dice que no vota y que no le importa lo que lo rodea (en realidad, le encanta un partido histórico) y así la va llevando de colado en un espacio donde la tiene complicada. María es estudiante de Medicina. Es de look aspiracional moderna. Es empática, alta, pega el ojo. Le tocó un internado en un policlínico en un barrio con problemas sociales y mucha violencia. Lo mismo que Mario: allí se metamorfoseó, se puso un jean marca perro, unas botas de su madre del siglo pasado (literal), se ató el pelo y agarró una matera para estar en sintonía con el ambiente ante los jefes médicos “compa” (ella no toma mate, pero sabía que ese código era un santo y seña). La jefa de la policlínica resultó ser una médica militante de izquierda, zurda pesada, enojada con la vida y de perfil urticante, de esas que huele de pe a pa a las jóvenes que, si aromatizan a “hegémonicas”, las aniquila. A María le importa un pito la política, pero sabe que no es de izquierda, pero para sobrevivir hace lo mismo que Mario: sanatea.
Facundo tiene a su padre internado en una mutualista. El sí es militante de otro partido fundacional, pero no es conocido en la capital porque es de Lavalleja. Su padre está muy mal, y para que “lo traten bien” durante la internación, juega de progre y vive haciendo bromas con las funcionarias para que su padre tenga la mejor onda con todos. ¡Delirante!
No estoy inventando nada; son personas de carne y hueso. Las conozco. Sus historias son verídicas (aunque con nombres cambiados), crueles, humillantes, patéticas. Duelen. Son el totalitarismo subliminal. Las tres pautan que Gramsci fue el único pensador de izquierda que entendió como alcanzar el poder en clave de copamiento de espacios y que la izquierda lo sabe aplicar intuitivamente a la perfección. Las tres son parte de lo que es el Uruguay, principalmente Montevideo, que por descarte es de izquierda y cualquier espécimen del otro bando es una basura a ser sacada del espacio vital. ¿O de veras alguien cree lo contrario? ¿O en serio el carnaval, la cultura, la universidad pública, los teatros, todo o casi todo no está copado por los muchachos? Solo el hecho de anunciar esto produce que del otro lado el escupitajo sea “facho de mierda”. ¿O no? Sí, apliquen que me importa una brótola australiana.
La derecha se tiene que replantear seriamente el tenue enganche que tiene con la gente. La izquierda construyó una cultura masiva que todo lo inocula, que en todo tiene razón, que en todo se auto considera la voz moral colectiva y que en todo tiene referentes (que hasta nos gustan muchos de ellos). ¡Una manga de particularistas con vocación autoritaria del demonio! La sociedad abierta se tornó en aldea de Polifemos insoportables. (Un solo ojo).
La culpa es de nosotros que permitimos el atropello. Esto es como en un boliche: si el mamado va a ser el dueño del terreno por insolente y mal educado, los parroquianos que no jodemos a nadie terminamos rajando de allí. Todo mal, pero todo bien. Ya nos avivamos: a sumar y a juntarse que la tropa viene dura y hay que dar vuelta la movida. De pesado no va más. A resistir por el bien de todos.