COLUMNA CABEZA DE TURCO
Es un reflejo autoritario. Por Washington Abdala.
La idea de asustar con algo tenebroso, fatal, ominoso, sórdido y draculiano es un asunto al que apelan los humanos para intimidar a otros humanos y así evitar comportamientos que consideran inadecuados. Se parte de una mirada moral y así nace el cuco. El que considera que tiene razón le manda el cuco a quien se comporta mal para corregirlo. El problema del asunto estriba en que quien inventa esa narrativa lo hace a sabiendas que el receptor del mensaje se intimidará y, de alguna forma, sentirá temor ante la amenaza que se le plantea. La razón ya no vale, solo importa frenar al otro. “Si te portás mal en la noche vendrá el cuco y te llevará” Así, por décadas se educaron a los niños con el miedo como pendón. No tenía claro cómo era el cuco, pero muy simpático no debería ser porque a uno lo raptaba y lo llevaba a no se sabe dónde.
La poesía utilizó este personaje. Gabriela Mistral lo aplicó en sus obras. Si se recorren las diversas culturas, en todas ellas, hay un cuco en forma más o menos similar. Casi siempre es con los niños la cosa. En realidad, voy a ser respetuoso, creo que hay muchos cucos en diversas concepciones religiosas que no son tal cosa. No asimilo el cuco a nada, solo digo que no pocas filosofías religiosas tienen imágenes que pueden asustar y que se emparentan con el cuco. Y punto. Y que no se ofenda nadie.
El cuco todos sabemos que es un asustador y amenazador para que los niños se porten bien y se vayan a dormir tranquilitos. (Es un reflejo autoritario parental). En sus versiones remasterizadas irrumpe en cualquier momento y le hace maldades al niño. Esto, como advertirá el lector atento, requiere de un niño: ciudadano sano, bien intencionado, no informado sobre la vida y con poca experiencia para captar que el cuco es una truchada manifiesta. Por suerte, los humanos adultos parecen creer algo en los cucos, aunque no siempre es así. Hasta el mejor intencionado y más perceptivo se puede ver seducido por algún asustador de barrio que le mete ideas locas en la cabeza. Puede, no me diga que no estimado lector. ¿Cuántos terraplanistas hay? ¿Cuántos humanos están convencidos que el hombre no llegó a la Luna sino que fue todo una invención de algún estudio de cine? ¿Cuánta gente cree que algún amigo tuvo un contacto extraterrestre? Digamos las cosas como son, la gente bien intencionada se puede comer una pastilla o varias.
En el plano de las intenciones, que sé yo, es difícil ingresar, uno no sabe si no le erra en esto. Pero es claro que hay asustadores profesionales que realizan con habilidad su tarea. Me acuerdo que había gente que organizaba excursiones para ver extraterrestres en alguna zona de América y no pocos le creían al evento. Luego iban, venían frustrados, con el amor propio hecho crema y los bolsillos vacíos.
Cuidado entonces con los cucos. En política, siempre han estado a la orden del día. Que llega tal o cual cuco. Que se caerá tal rayo sobre tu cabeza. Que la funesta noche será el final de lo nuestro. (Y me quedo por acá).
El lector inteligente tiene que desconfiar del que amenaza, del que asusta, del que alimenta la duda y debe -entiendo yo- buscar la verdad de manera seria y salteando al que huele a ventrílocuo de la narración maldita.
Malditas no eran las brujas y las mataron. No hay malditos por ningún lado ni hay nada que no sea comprobable en el mundo del presente. Solo hay argumentos, razones, criterios, ideas, sugerencias, leyes, conductas y valores. Y solo se debe leer para ver quién dice alguna verdad y quien inventa. Sospeche de su sombra, lea y conocerá lo cierto. Lo mejor para cualquier sociedad es desconfiar del que arrima el bochín apodado en el asustador. La gente es grande y debe averiguar todo. Hoy con clics se llega a lo que sea. Los cucos no existen pero van a seguir estando por todos lados. Hay que saber que son ficcionales y no son en serio. Y los niños ya se avivaron que con eso no los haremos dormir. Los grandes deberían hacer como los niños.