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Opinión | “Bachicha no tiene competencia”

"Bachicha está conmigo hace seis años, me conoce mejor que todos mis parientes, sabe cuándo me la ligué en el laburo, sabe cuándo Peñarol no me amarga, sabe cuándo las cosas de mi vida andan bien o andan horrible, no sé cómo lo hace...".

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Washington Abdala
Washington Abdala.
Foto: Archivo

Me trencé con un buen amigo por mi perro. Intercambio de palabras duro. Mi amigo empezó con la historia de que los perros no tienen sentimientos y que no saben que se van a morir. Con franqueza, me mandé en una discusión por Bachicha, sin demasiada profundización sobre el asunto y no la pasé bien. Le dije a mi amigo que lo que afirmaba “no era así, que los animales sienten cosas y que se asustan como nosotros —los humanos— ante la muerte inminente”.

Apelé a mi instinto jurídico de suministrar pruebas a mis dichos con el argumento de que el ganado intuye que lo van a matar y se pone tenso, y que, además, yo vi un montón de caballos en el campo, en una madrugada, haciendo círculos a una yegua que después de parir se murió. Aporté lo que pude en medio de la acalorada discusión. La remé.

Mi amigo me saltó con estudios de antropología y me surtió de manera disfrutable. Hice lo que pude mientras Bachicha me miraba, y en ese momento comprendí que me importaba un comino la golpiza retórica y que Bachicha sabía que yo lo estaba defendiendo como podía. Para mí que el perro me comprendió.

Bachicha está conmigo hace seis años, me conoce mejor que todos mis parientes, sabe cuándo me la ligué en el laburo, sabe cuándo traigo helados, sabe cuándo Peñarol no me amarga, sabe cuándo las cosas de mi vida andan bien o andan horrible, no sé cómo lo hace, pero lo sabe, lo intuye, lo detecta. Y lo sabe hasta por la forma de aproximarse a mí. Yo cuando ando herrumbrado, mejor no andar cerca de mí, sin embargo, Bachicha se pone a seis metros, espera horas hasta que se me vaya algo la calentura y despacio se arrima a mi costado para que le haga caricias. El tipo con eso es feliz. Y yo me ablando, y así funcionamos en terapia mutua. El me serena, yo recibo su afecto y negocio redondo.

Es más, es un perro que me tiene amaestrado, me obliga a sacarlo a pasear en horas absurdas, en fríos absurdos y en momentos más absurdos. Es tan capo este perro que -yo que no siempre le caigo bien al mundo por mi carácter bendito- socializa por mí, hace networking mejor que nadie. Falta que lo lleven a ladrar a eventos y le paguen.

La última gran hazaña que protagonizó fue hacerse amigo de una gata de un vecino insoportable. De tanto ir a fastidiarla, logró que la gata lo espere y el vecino ahora resulta que sonríe y parece humano.

Mi psicóloga hace un tiempo me dijo que mi relación con Bachicha estaba en niveles preocupantes porque de la sesión me pasaba cerca de la mitad del tiempo hablando de mi perro. Que mi perro tal cosa, que tal otra, ya está bien hombre me dijo un día, venimos acá por vínculos humanos señor. Me sonó a reproche pero no dije nada.

No sé si les pasa, pero mi perro es el mejor del mundo, supongo que el de ustedes no puede serlo porque si yo tengo al mejor, ustedes deben de tener algo bueno, pero no al mejor del mundo que me tocó a mí, por suerte nomás, no hice nada raro, es que me tocó y listo. Diría que hay un perro uruguayo que se llama Pipo que está a la altura de Bachicha. Búsquenlo en Instagram, el Pipo es otro personaje que merece un Oscar. Genio el Pipo, ese sí que la rompe.

Dirán que fue una desubicación contarles tanto de Bachicha, querrían que escribiera de otra cosa, pues, no pude, Bachicha mereció que le escriba estas líneas, vean la razón en las líneas que siguen, y no se enojen.

(Lástima que —para mi desgracia— no tuve jamás un perro en mi vida. No creas, entonces, todo lo que lees o te dicen, mira si te cuentan algo hermoso como esto y es sanata como Bachicha soñado).

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