Opinión | Autoengaño copperfiliano

"Uruguay es como David Copperfield: un mago en la generación de apariencias truchas. Me sucede que, como uruguayo, amo la coreografía que montamos de país 'sensato' en un continente de alienación permanente, pero como observador descubro que engañamos al mundo".

Washington Abdala
Foto: Archivo

Uruguay es como David Copperfield: un mago en la generación de apariencias truchas. Me sucede que, como uruguayo, amo la coreografía que montamos de país “sensato” en un continente de alienación permanente, pero como observador descubro que engañamos al mundo con lo que -en realidad- no somos, mientras vivimos de la fama del pasado, felices y contentos. O es menos la porción de papas fritas que mostramos en la foto: le metemos Photoshop a la foto país.

El Uruguay no es un país que tenga en el presente un modelo educativo que lo catapulte al futuro. Las pruebas PISA revelaron alguna mejora en matemáticas, pero en el resto seguimos mal. Todos sabemos que no hay un proyecto educativo revolucionario de verdad. Ni inglés masivo. Paleolítico y sindicatos rusos. Hasta el Pepe Mujica se arrugó ante el soviet educativo. Si reviviera el pobre José Pedro Varela se manda de vuelta pa la tumba con zambullida olímpica.

El Uruguay es un país que hace varios años le nacen menos personas de los que se le mueren; lo salva la inmigración que viene a hacer las tareas que los uruguayos no quieren hacer: motos con pedidos de alimentos, limpieza, atención de locales comerciales y hasta médicos. Todo lo que los sudacas hacen en Estados Unidos, en Uruguay lo hacen los venezolanos y los cubanos. Lo ve cualquiera, no se requiere leer el censo. Y todo de querusa.

El Uruguay, por alguna razón delicada, posee una tasa de suicidios espectral: más de dos personas por día se salen del juego, lo que hace presumir una depresión descomunal en una comunidad que se autopercibe divina. Raro y triste. Y no se hace un pito.

El Uruguay tiene una violencia real contra las mujeres y no logramos erradicarla. Bah... en realidad, no erradicamos ningún homicidio, y como ahora vale el argumento de muerte entre ñeris, los pibes del gobierno se hacen los sotas y repiten ese mantra como explicación técnica. Tienen miedo a encarar el tema. Posta. Toda la vida la izquierda tuvo complejo con esto. Pasarán más de mil años y el complejo de ejercer la autoridad no lo van a superar; creen que son gorilas cuando, en realidad, les pagan el sueldo para defendernos, no para desprotegernos. Easy.

El Uruguay tiene gente -de a cientos de miles- endeudada en sus tarjetas de crédito y ganando tres pesos; toda esa gente, que vive en el país de la hamburguesa más cara del mundo no tiene idea cómo vivir. Cero esperanzas. Cero. Y de viviendas ni hablemos. Eso sí, Banco Hipotecario, Agencia Nacional de Vivienda, ministro del ramo... todo un grupete al santo botón. De veras se gasta en burrocracia y plata a roletes.
El Uruguay consume falopa a lo loco. No tengo cifras, pero miro la calle nomás y no hay día en que no me encuentre dos personas volando por allí. Y la “gurisada” (como aman decir los zurdos a los “chiquilines”) chupado alcohol en desbunde total. Miren los estudios de la JND y esto salta como comportamiento. Atroz.

Y todos estos recuerdos escritos a mil, sin enojos, sin cinismo, sin IA, solo sabiendo que no somos lo que nos vendemos. Y la barra del FA chocha con el carnaval, la torta frita, la playa, los choripanes y la barra que está domingo a domingo dinamitando la convivencia en el fútbol. Y nos creemos mejor que los porteños y tenemos sus patologías y ninguno de sus éxitos. Llamen a Víctor Hugo a que sea candidato así la hacemos completita la fiesta.

¿Nos hicimos pelota o me parece?

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