Por Igor Galo, especial para Domingo
Hay ciudades que se descubren recorriendo sus calles y otras que obligan, además, a cambiar de perspectiva. Saint-Louis pertenece a estas últimas. Extendida entre tierra firme y varias islas, junto a la frontera con Mauritania, es un lugar de encuentros: del África árabe con el África negra, de lo que fue con lo que sigue siendo. Asomarse a la vieja dama de África occidental es entrar en otro tiempo sin dejar de mirar el presente.
Quien llegue buscando una postal de grandes monumentos y playas probablemente se haya equivocado de destino. En las afueras hay arenales idílicos, sí, pero el Atlántico impone su fuerza y complica el baño. Tampoco el viaje hasta Saint-Louis ofrece muchas comodidades: a la ausencia de un aeropuerto con conexiones internacionales se suma una situación socioeconómica difícil. No es, por tanto, una propuesta para cualquier viajero. Su atractivo está en otra parte: en dejar a un lado las expectativas, abrir los ojos y aceptar la invitación a un viaje que permite acercarse a otros tiempos y comprender un poco mejor el mundo que compartimos.
Las dos almas de Saint-Louis.
Para entrar en la isla de Saint-Louis, la parte colonial de la ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde el año 2000, el visitante tiene que pasar necesariamente por el Puente Faidherbe, ícono de la ciudad. La estructura metálica une desde 1897 la vieja Ndar, nombre africano de la ciudad, con la parte continental. El puente-monumento es un recordatorio de la antigua presencia francesa en la zona. Recorrerlo a pie de un lado a otro al atardecer, cuando el sol baja dándole un especial color rojizo, es una actividad obligatoria para oler, ver y sentir el espíritu de la ciudad.
El primer edificio que se encuentra el visitante es el Hotel La Poste, construcción histórica que fue sede de la compañía Aéropostale, la línea aérea postal que unía Europa y América. Aquí vivieron y trabajaron figuras como Jean Mermoz, pionero de la aviación, o también Antoine de Saint-Exupery autor de El principito. Convertido en la actualidad en hotel, La Poste es una visita obligada bien para hospedarse en él o para disfrutar de su bar y restaurante que mantienen un encanto de otras épocas.
A pocos metros se encuentra el restaurante y piscina Flamingo, un lugar con vistas al río Senegal y al puente Faidherbe, un lugar perfecto para relajarse bajo el sol mientras se toma alguna cerveza local como La Gazelle.
Entre fachadas de tonos pastel gastadas y balcones de hierro forjado de influencia francesa y portuguesa, se respira una atmósfera nostálgica y señorial. Y en la zona más céntrica se podrá encontrar alguno de los restaurantes caseros donde reponer fuerzas a base de pescado frito o probando la thiéboudienne, el plato nacional senegalés a base arroz con pescado fresco, verduras y unas salsas especiales que los locales consideran tiene su origen en la ciudad.
Sin embargo, la ciudad se extiende más allá de la zona colonial, hacia el mar Atlántico, con el barrio pesquero Guet-Ndar ubicado sobre la misma lengua de Barbaria, una estrecha franja arenosa que separa el río Senegal de un Atlántico poderoso. Se trata de un vecindario abigarrado, muy poblado y lleno de vida, sobre todo por la mañana cuando su famoso mercado de pescado bulle de actividad. Se calcula que en la ciudad más de 5.000 lanchas descargan cada día sus capturas en el mercado que, desde tiempo inmemoriales, ha surtido de pescado al interior de Senegal.
Visitar este barrio con el debido respeto nos recuerda que Saint-Louis no es solo un museo colonial al aire libre, también un pueblo pesquero indomable que vive y se enfrenta al mar cada día.
Destino de foto.
La antigua capital de la África colonial francesa es un lugar realmente fotogénico. Y no solo por el color vibrante de sus casas coloniales y de sus barcos de pesca tradicionales. Incluso las zonas más humildes, como la del barrio de pescadores, y la larga costa de arena cautiva al ojo del visitante gracias a su contraste con el azul intenso del atlántico ecuatorial.
La relación de Saint-Louis con la fotografía viene de lejos. En calidad de principal base europea del África occidental, la primera cámara fotográfica llegó allá en 1863, pocos años después de que se presentará mundialmente en París. Por todo ello no es de extrañar que el principal museo de la ciudad sea el MUPHO o Museo de la fotografía. Distribuido en varias casas coloniales restauradas, funciona como un “archipiélago de imágenes” que conecta pasado y presente de la ciudad. Ofrece exposiciones de fotógrafos senegaleses, africanos e internacionales, desde pioneros del siglo XIX hasta creadores contemporáneos. Las colecciones muestran retratos, archivos históricos, obras documentales y propuestas artísticas que celebran la riqueza visual y cultural de Saint-Louis, la historia africana y al mismo tiempo descubren a través de las propuestas más vanguardistas los caminos artísticos de las sorprendentes vanguardias africanas.
Más allá de la ciudad
Una de las excursiones más exclusivas es navegar a bordo del mítico Bou el Mogdad, que recorre el río Senegal durante una semana entre Saint-Louis y Podor, antiguo puesto comercial a las puertas del Sahara.
Otra opción es cruzar a Mauritania para visitar la presa de Diama y el parque natural Diawling, con más de 220 especies de aves. También se puede conocer el desierto de Lompoul, de 18 km², o el Parque Nacional de la Lengua de Barbaria, una franja de arena que separa el río Senegal del océano Atlántico.
El paso por Dakar, la capital senegalesa, permite conocer Le Plateau, su barrio administrativo, y el Museo de las Civilizaciones Negras. A 20 minutos en barco está la isla de Gorée, antiguo puerto esclavista que conserva su fisonomía original.