Cuando Marco Antonio Rubio habla de América Latina, no lo hace como un funcionario más del gobierno estadounidense. Lo hace bajo el influjo de la experiencia familiar, con la cadencia de quien ha crecido entre padres cubanos que dejaron su isla con una mano atrás y otra adelante. “Mis padres llegaron sin hablar inglés, sin dinero, pero con la certeza de que aquí sus hijos tendrían una oportunidad”, dijo alguna vez el hoy secretario de Estado de Donald Trump, aludiendo a su historia como una parábola del sueño americano.
Rubio nació en Miami en 1971, hijo de Mario y Oriales, inmigrantes que abandonaron Cuba en 1956, tres años antes del triunfo de la revolución de Fidel Castro. Durante su infancia vivió en Las Vegas, donde su padre trabajó como bartender y su madre como camarera, hasta que la familia regresó a Florida. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad de ese estado sureño y luego Derecho en la Universidad de Miami. Su historia de esfuerzo lo convirtió, desde temprano, en una figura atractiva para el Partido Republicano, en busca de voces hispanas en un país en el que el peso de los migrantes es cada vez mayor.
Su carrera política empezó en la base: comisionado municipal en West Miami, legislador estatal, y finalmente, presidente de la Cámara de Representantes de Florida en 2006. En 2010 alcanzó el Senado federal, impulsado por el movimiento conservador del Tea Party. Fue un ascenso meteórico: en pocos años, pasó de la política local a las audiencias más influyentes de Washington, y en 2016 intentó, sin éxito, la nominación presidencial republicana.
Pero donde su figura adquirió relieve global fue en la política exterior, especialmente hacia el continente que lo vio nacer por herencia: América Latina. En el Capitolio, Rubio comprendió que ese origen podía transformarse en una herramienta de poder. “La libertad no tiene fronteras. Lo que ocurre en Cuba, en Venezuela o en Nicaragua afecta directamente a los Estados Unidos. No solo es moralmente correcto apoyar la democracia, es una cuestión de seguridad nacional”, dijo en una audiencia del Senado.
Rubio también ha buscado acercamientos con países democráticos y estables del Cono Sur. En 2022, como senador, envió una carta al Departamento de Estado recomendando “profundizar la cooperación con Uruguay, un país pequeño pero sólido, que puede ser ejemplo de democracia, transparencia y desarrollo en América Latina”. La cancillería uruguaya respondió con cortesía diplomática, destacando la “comprensión de Rubio sobre la región”.
La región como destino
El jerarca ha descrito a Cuba, Venezuela y Nicaragua como “una triada de dictaduras que envenenan la región con represión, narcotráfico e influencia extranjera”. En su narrativa, el comunismo y las alianzas con potencias extrahemisféricas -China, Rusia, Irán- son amenazas que deben ser contenidas con firmeza. “China es un problema de cien años”, advirtió en 2022, refiriéndose a la expansión de Beijing en el Caribe y Sudamérica. “Si Estados Unidos se duerme, perderemos el hemisferio que nuestros abuelos ayudaron a liberar”.
Desde el Senado -y como secretario de Estado tras su nombramiento en 2025- ha impulsado sanciones, bloqueos y políticas de presión contra gobiernos autoritarios de la región. Su tono no deja lugar a matices. “No podemos seguir tratando a estos regímenes como simples socios comerciales -declaró recientemente-. Son organizaciones criminales que se han apropiado del Estado”.
El centro de su cruzada
El caso venezolano es, quizás, el ejemplo más claro de su estilo. Desde 2017, Rubio ha sido una de las voces más duras contra el dictador Nicolás Maduro. Fue él quien promovió sanciones financieras y personales contra funcionarios chavistas, quien apoyó anteriormente el reconocimiento de Juan Guaidó como presidente interino -desde hace un año hay un presidente legítimamente electo, Edmundo González Urrutia, hoy en el exilio-, y quien presionó a la Casa Blanca para mantener una línea de “máxima presión” sobre Caracas.
“Venezuela no está gobernada por un gobierno, sino por una organización de narcotráfico que ha secuestrado un país entero”, ha advertido. En otra intervención ante el Senado fue más allá: “Maduro coopera con Irán, con Hezbollah, con Hamas. No estamos frente a una dictadura tradicional, sino ante un nudo de intereses criminales y terroristas”.
Se ha referido incluso al régimen chavista como “un narco-Estado que amenaza la seguridad de toda la región”. Hoy, en base a esa calificación que encierra ciertas potestades legales que permitirían actuar militarmente, una flota de guerra inédita de EE.UU. en el Caribe tiene aterrado al dictador Maduro, quien se dice que duerme cada noche en un escondite distinto.
Su posición, celebrada por la diáspora venezolana en Florida, ha generado también tensiones. Gobiernos de izquierda lo acusan de revivir una lógica intervencionista, aunque Rubio se muestra imperturbable. “Prefiero que me critiquen por defender la libertad a que me feliciten por quedarme callado ante una dictadura”, respondió en una entrevista.
Cuba, la tierra familiar
En el mapa mental de Rubio, Caracas no está sola. Cuba sigue siendo, para él, el epicentro ideológico del mal hemisférico. “La dictadura cubana ha exportado su modelo represivo durante 60 años -afirmó-. Mientras el régimen de La Habana exista, la región no será libre”.
Sobre Nicaragua, no es menos duro: ha impulsado sanciones contra el entorno de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo, a quienes acusa de “transformar un país heroico en un feudo familiar sostenido por el miedo y la corrupción”.
Esta visión ha convertido al secretario de Estado en un referente de la línea dura republicana en política exterior, pero también en un interlocutor clave para muchos exiliados latinoamericanos en Estados Unidos. En Miami, donde la comunidad venezolana ha crecido de forma exponencial, su nombre despierta respeto entre los que huyeron del chavismo, y recelo entre quienes temen una política de mano demasiado dura.
Un latino conservador
El ascenso de Rubio al Departamento de Estado ha sido interpretado por analistas como un giro de Washington hacia una política hemisférica más ideológica y menos complaciente. En palabras del propio Rubio: “No estoy confundido. Sé quiénes son los enemigos de la libertad en nuestro hemisferio, y no voy a fingir que son simples adversarios políticos”.
Esa claridad, o rigidez según sus detractores, lo ha convertido en un personaje singular: un latinoamericano que representa la voz más firme del conservadurismo norteamericano. Para sus seguidores, es el ejemplo del inmigrante que triunfa y defiende los valores de la democracia occidental; para sus adversarios, un político que confunde moral con cruzada.
Aun así, su figura parece destinada a marcar una época. Con raíces cubanas, fe cristiana y un discurso de responsabilidad histórica, Rubio encarna la fusión entre identidad y poder. “No podemos abandonar a nuestros vecinos -ha dicho-. Si América Latina cae en manos del autoritarismo o de potencias extranjeras, perderemos no solo influencia, sino parte de lo que somos como nación”.