En la casa familiar de Álvaro Díaz Berenguer las paredes estaban forradas de libros. No era una metáfora. Su padre, el escritor José Pedro Díaz, y su madre, la poeta Amanda Berenguer, habían convertido la literatura en una forma de vida: escribían, discutían, editaban e imprimían sus propios libros. Por allí pasaban algunos de los grandes nombres de la cultura uruguaya del siglo XX. A algunos de ellos, Álvaro los sentía como tíos.
La literatura estaba en todas partes. En los libros, en las conversaciones, en las visitas y hasta en los papeles sobre los que, de chico, Álvaro garabateaba textos. Escribía cosas, llenaba hojas, probaba. No sabía todavía qué hacer con eso. Tampoco parecía tener demasiada intención de convertirse en escritor. Así que estudió Medicina y durante décadas fue médico internista y docente de la Facultad de Medicina.
No escapó demasiado lejos de aquella casa. Con el tiempo empezó a preguntarse qué podía aportar la literatura a la formación de un médico y qué le estaba haciendo la medicina al ser humano. De esas preguntas nació una obra que lleva años escribiendo y enseñando: sobre el sufrimiento, el poder médico, el narcisismo y la necesidad de humanizar una profesión cada vez más atravesada por la ciencia, la tecnología y los números.
Ahora, en Los estados intermedios, su último libro, vuelve sobre una de sus obsesiones: qué ocurre con nosotros cuando dejamos de caber cómodamente dentro de las categorías con las que intentamos definirnos. Entre la salud y la enfermedad, entre lo normal y lo anormal, existen zonas menos nítidas. Son esos lugares -esos momentos en los que una cosa todavía no terminó de ser y otra ya empezó a aparecer- los que Díaz Berenguer llama estados intermedios.
Medicina con rostro humano.
La historia empezó mucho antes de que pudiera formular esas preguntas. Cuando era niño, le tenía miedo a los doctores. Pensaba que podían mirarlo por dentro, “como Superman”.
Su padre, sin embargo, tenía otra mirada. José Pedro Díaz había estado muy enfermo de niño y había sido atendido por el pediatra Luis Morquio. La experiencia dejó en él una profunda admiración por la figura del médico. Decía que “la medicina era la más humana de las profesiones”.
Algo de aquella idea debió quedar en Álvaro. Décadas después terminó convirtiéndose en uno de ellos. Y, en cierto modo, terminó apropiándose de aquel poder que tanto lo había asustado de niño. “Entre comillas, creo que me empoderé de ese poder”, dice.
Pero el poder médico terminó convirtiéndose en una de sus grandes preocupaciones. No habla de él desde afuera: lo vivió durante décadas en el consultorio, frente a pacientes que llegaban con miedo, dudas y expectativas, y frente a un sistema que cada vez dejaba menos tiempo para escucharlos. Ver, tocar, escuchar: la semiología que durante siglos estuvo en el centro de la medicina y de la relación médico-paciente fue cediendo espacio a la tecnología. “Se necesita hablar, se necesita silencio para escuchar”, dice.
Él sabe cuánto cuesta hacerlo cuando el tiempo apremia. Durante años sintió que los minutos de consulta no alcanzaban. Había un paciente esperando afuera, otro médico esperando entrar y un tiempo que no podía extenderse. Pero el problema no era solamente administrativo: cuando no conseguía conocer bien a una persona, tampoco sentía que pudiera saber realmente qué le estaba pasando.
Y eso le pesaba.
“Cuando tú no los empezás a ver bien, te agobia”, dice. “Porque no pudiste profundizar lo necesario para solucionar los problemas”.
También estaba el miedo a equivocarse. Ese miedo no desaparece con los años de experiencia; a veces, dice, ocurre lo contrario. La experiencia enseña cuántas cosas pueden no saberse. Él se equivocó. Lo dice sin demasiadas vueltas.
“Yo he cometido errores. Y no te lo sacás de encima. Los médicos tenemos que aprender a saber que nos vamos a equivocar porque errar es humano. Por el paciente y por uno mismo”.
Sentía que no había un lugar demasiado claro donde poner todo eso. No le habían enseñado qué hacer con la culpa, con la duda, con el paciente que seguía apareciendo en la cabeza después de terminar la consulta. Tampoco tuvo un acompañamiento terapéutico para procesarlo. Algunos médicos, cuenta, se ponen una coraza. “Pero eso es malo porque también lleva a un aislamiento. Más bien es un alejamiento del paciente”.
De ahí nació buena parte de su insistencia en enseñar que, antes que médicos, son seres humanos. Durante años llevó estas preguntas a la Facultad de Medicina. Primero fueron cursos casi improvisados, en los que invitaba a escritores, artistas y otros intelectuales a hablar de la enfermedad, el sufrimiento, la muerte y la relación entre médicos y pacientes. Después aquello se convirtió en Pensar en lo que hacemos, un curso de humanización de la medicina que ha estado dictando en los últimos años.
Señala que no pretende enseñar una nueva técnica de diagnóstico. Quiere que sus alumnos no se conviertan en médicos demasiado seguros de sí mismos. Que puedan pensar qué significa tener enfrente a otro ser humano. No para apartarlos de la ciencia, sino para que la ciencia no sea la única forma de mirar.
La paradoja es que una profesión dedicada a curar también puede hacer daño. Díaz Berenguer insiste en que esa posibilidad debe formar parte de la educación médica desde el principio. No alcanza con enseñar a diagnosticar y tratar: también hay que enseñar a reconocer los límites del conocimiento y las consecuencias de intervenir. “Por más que trate de curar, siempre produce lastimaduras, lesiones y muertes”, dice.
Frente a esa medicina que puede curar y también dañar, Díaz Berenguer lleva décadas intentando dejar su propio aporte. Primero fueron los cursos; después, los libros. Todo forma parte de la misma búsqueda: encontrar una manera de volver a mirar al paciente como una persona y no solamente como un cuerpo que debe ser diagnosticado. Sabe que todo eso puede parecer poco frente a la dimensión de los cambios que cuestiona. Por eso habla de su trabajo con una imagen modesta: “Tiré algunos granitos de arena, a ver si podemos hacer una playa con otros que se junten por la misma corriente”.
Quizás uno de esos granitos sea también una idea que aparece una y otra vez en su pensamiento: que la salud no puede reducirse a aquello que un médico consigue medir. “La verdadera salud es un individuo esperanzado”, dice. No es un estado perfecto, sino la posibilidad de seguir proyectándose hacia adelante. “Si uno pierde la esperanza, ya no está sano”, sostiene.
Y allí el médico también tiene, para él, un papel fundamental: acompañar al paciente en esa esperanza. Después de tantos años de pensar sobre el poder, los límites y los errores de la medicina -incluso los propios-, Díaz Berenguer vuelve a una idea sencilla: una de las formas más profundas de humanizarla es, simplemente, estar ahí.