ARTE NACIONAL

La historia detrás de tres pinturas dignas de estar un museo

Dos obras de José Cuneo y una de Juan Manuel Blanes, dos grandes artistas nacionales, salen a remate.

torre del vigía josé cuneo
Torre del Vigía, de José Cuneo

"Víviamos casi frente a la Torre del Vigía (en Maldonado) y por eso yo la pinté con tanta facilidad, tenía de modelo a la Torre del Vigía...”, recordó José Cuneo, décadas más tarde, sobre cómo pintó uno de sus primeros cuadros planistas en 1918, inaugurando, tal vez sin saberlo, una modalidad que haría eclosión en nuestro país años después y que tendría en él, en Petrona Viera y en Carmelo de Arzadun a sus representantes más notables y cotizados.

La Torre del Vigía, un óleo sobre tela de 1,20 metros de alto por 88 centímetros de ancho, junto a una espectacular luna y un paisaje de Punta del Este también de Cuneo serán subastados online por Bavastro el próximo jueves 27 de julio junto a otros 140 cuadros del coleccionista polaco Juan Kobilansky (1923-2019).

Entre las obras que la sucesión Kobilansky resolvió subastar se encuentra Flor de Mburucuyá, un extraordinario cuadro de Juan Manuel Blanes, seis pinturas de Pedro Figari (cuatro de ellas marinas pintadas en Punta del Este a comienzos del siglo XX), cinco obras de Pedro Blanes Viale y otras tantas de Enrique Castells Capurro.

Las obras de Cuneo y la de Blanes son las que han despertado gran interés no solo a nivel nacional sino también fuera de fronteras.

Un antes y un después.

Cuneo se instaló en Maldonado a principios de 1918, luego de haber regresado de un viaje de casi dos años por una Europa que vivía la Gran Guerra (1914-1918). Con un nombre ya ganado pero sin plata, volvió a Uruguay y se radicó, por unos meses, en Melo, en la casa de su amigo Eduardo Dieste. A Dieste y a su mujer los retrató en ese medio año en el que vivió con ellos. Luego marchó para Maldonado, donde con su amigo, el también pintor Humberto Causa (1890-1925), alquiló una casa cuyo frente tenía a la Torre del Vigía en primer plano y a la Catedral de Maldonado como telón de fondo.

Se sabe que la Torre del Vigía fue construida por los españoles en 1797, para justamente vigilar el movimiento de barcos en la Bahía de Maldonado. Cuentan que en una época, y hasta no hace mucho tiempo, tuvo una chimenea desde la que se emitían señales de humo.

De su estadía en Maldonado, Cuneo recordaba especialmente la tarde del 11 de noviembre de 1918 cuando llegó al pueblo la noticia del fin de la Primera Guerra Mundial y la gente se congregó a festejar en la plaza principal para escuchar a la banda del Ejército que se sumó a la celebración. También se refería al Maldonado de entonces con estas palabras: “Me chocó el paisaje de Maldonado, como yo venía de haber pintado en el interior, que tiene mucho más carácter (...) me encontré con todos esos pinares, a pesar que aún no existían los Pinares de Punta del Este. Los únicos pinares eran los de Lussich, de Burnett... Entonces me chocó... como un paisaje artificial, recién hecho, un vivero. Aquello no me gustó para nada, por eso me limité a hacer cosas en el pueblo, en los alrededores. No pinté nada en que estuviera el mar (...) Después la Torre del Vigía, por ejemplo, y otros que hice, yo llego a una libertad, ya no hago formas muy geométricamente, sino que mancho en grandes planos la forma”.

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José Cuneo

Las lunas.

Nocturnos prefería llamar Cuneo a sus lunas que se convirtieron con el tiempo en su sello identitario. Surgieron simultáneamente con los ranchos y fueron expuestas por primera vez en Amigos del Arte en 1931, bajo el título El Rancho. Un año después volvería a exponer en la sede del Correo Nacional donde funcionaba la Galería Postal, curiosamente frente a la Galería Maveroff, la más importante del Montevideo de aquellos años. En esta segunda muestra expuso 10 Noches de luna de un total de 40 pinturas. La crítica especializada lo aplaudió, el público no lo entendió y lo fustigó. Pero pudo más su talento y su arte y terminó, no solo siendo aceptado por la gente, sino que le abrió las puertas a exponer en Estados Unidos.

La crítica de arte y escritora, Raquel Pereda, afirmó sobre las lunas de Cuneo: “Son un caso único, intransferible dentro de las artes plásticas mundiales. Por eso son totalmente originales, introducen una forma inédita de ver el cielo, el universo. No es improcedente, ni exagerado sostener que hay un cielo antes y otro después de Cuneo”.

Entre los cuadros que saldrán a subasta hay una luna de 1,46 metros de alto por 97 centímetros de ancho.

Si algo bueno tuvo la pandemia fue hacer crecer de manera sideral a las casas de remates en el mundo. Uruguay no estuvo ajeno a este fenómeno y la reclusión voluntaria de la gente sumada a la puesta en marcha de una plataforma digital que permite ofertar y comprar desde cualquier parte del mundo a través de un celular hicieron que el negocio de las subastas se duplicara.

“Los jueves son de Bavastro” fue el emblema que acuñó el periodista de El País, Carlos Besún, en 1960, responsable durante mucho tiempo de la páginas de remates.

Entonces, Héctor Bavastro (1917-2015) timoneaba la empresa y lo hizo por casi ocho décadas consecutivas. Fue la segunda generación al frente de la casa fundada por su padre Eugenio, el mismo año en que él nació. Desde su retiro, su hijo, Pepe Bavastro, tercera generación, tomó la posta de la casa de remates de la calle Misiones, acompañado por su hermana Eugenia. La cuarta generación, integrada por Eugenio y Luciana (hijos de Pepe), se sumó año despúes y dotó al negocio de ideas innovadoras.

Lo cierto es que aquella frase perdió vigencia, ya que la empresa pasó de realizar cuatro remates presenciales por semana y algunos especiales en el mes a ocho subastas semanales online.

A raíz de este crecimiento, Bavastro compró un enorme local en Cerrito 470. Se trata de un edificio construido en la década de 1910 por el arquitecto británico John Adams, de dos pisos y con una superficie de 2.500 m2. Allí habían funcionado los depósitos de la Compañía Taranco de José y Féliz Ortiz de Taranco, luego fue adquirido por Metzen y Sena y en los últimos años albergó oficinas del Poder Judicial.

Un Blanes contento.

Blanes difícilmente firmaba sus cuadros. Y solo lo hacía cuando una obra lo dejaba plenamente conforme. Este fue el caso de Flor de Mburucuyá, un lienzo de 1,30 metros de alto por 1 metro de base que también se rematará el próximo miércoles 26 de julio. La pintura muestra a una adolescente apoyada en el tronco de un árbol y rodeada de una frondosa vegetación en la que predominan las flores azules que dan nombre a la obra.

El manejo de la luz y de los colores que hace Blanes en el cuadro es asombroso.

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Flor de Mburucuyá, de Juan Manuel Blanes

El gran pintor uruguayo retrató aquí a la joven protagonista de una leyenda que llega hasta nuestros días y que habla de la hija de un capitán español que en tiempos de la conquista se enamoró de un cacique guaraní. La historia tiene muchos puntos de encuentro con Blanca, la mujer de la que enamoró Tabaré, el protagonista del poema épico homónimo de Juan Zorrilla de San Martín. Se estima que Blanes pintó el lienzo poco tiempo después de haber terminado El Desembarco de los Treinta y Tres Orientales, obra que lo consagró y que exhibió por primera vez al público en su taller el 1º de marzo de 1878. Flor de Mburucuyá está firmado “J.Blanes” en el ángulo inferior derecho, hecho de por sí relevante, ya que el artista solo estampaba su firma en aquellas obras que no solo lo dejaban satisfecho sino que quería que lo identificaran.

Hasta las 18 horas del 27 de julio, estos cuadros y más de un centenar de obras de pintores compatriotas pueden verse de lunes a viernes en el salón de Misiones 1365. Una visita muy recomendable.

(Bibliografía: Pereda, Raquel. José Cúneo Retrato de un artista. Edición Galería Latina. Montevideo. 1998)

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