Hay edificios que miramos todos los días sin sospechar que, detrás de sus fachadas, existe un orden casi secreto. El arquitecto Daniel Thul propone justamente eso: volver a mirar Montevideo con otros ojos. A partir de un ejercicio casi intuitivo frente a la Catedral Metropolitana de Montevideo, comenzó a superponer rectángulos áureos sobre imágenes y descubrió que las coincidencias no eran casuales: proporciones, alturas, ubicaciones de aberturas y cornisas parecían responder a un mismo sistema.
La clave, explica, no está tanto en que un edificio completo encaje dentro de un “rectángulo perfecto”, sino en las relaciones entre sus partes. En muchos casos, el ancho total no guarda una proporción áurea exacta con la altura, pero sí aparecen múltiples correspondencias internas: entre cuerpos, torres, basamentos y elementos decorativos. Cuando estas coincidencias se repiten 10, 15, 20 veces- la hipótesis de un diseño intencional se vuelve difícil de descartar.
El fenómeno se vuelve especialmente evidente en obras como la Estación Central General Artigas y el Palacio Legislativo. En este último, la simetría es absoluta: planta y fachada revelan una organización donde cada sector puede inscribirse en rectángulos áureos, reforzando una idea de orden, racionalidad y poder institucional. También la Plaza Independencia ofrece un caso fascinante. Su trazado general responde a un rectángulo áureo, pero lo más revelador es un detalle histórico: el primer monumento ubicado allí, dedicado a Joaquín Suárez, no se colocó en el centro. Su posición, aparentemente “extraña”, coincide con el punto donde se cierra la espiral áurea al subdividir la plaza. Un gesto que sugiere una intención proyectual mucho más precisa de lo que suele percibirse a simple vista.
Otros edificios emblemáticos, como el Palacio Salvo o el Club Uruguay, también presentan estas relaciones, incluso cuando pertenecen a lenguajes arquitectónicos distintos. En el caso del Salvo, por ejemplo, la proporción aparece en la relación entre la torre y su basamento, más que en el conjunto total.
Más allá de la discusión técnica, la pregunta de fondo es otra: ¿puede la matemática definir la belleza? Durante siglos, la proporción áurea fue vista como un puente entre lo racional y lo estético, incluso con un halo casi místico. Hoy, el planteo de Thul no busca cerrar esa discusión, sino abrirla: invitar a descubrir que, en medio de la rutina urbana y la desidia política, hay capas de sentido ocultas. Y que, a veces, la belleza no solo se percibe: también se construye.
Qué es la proporción áurea
La proporción áurea -también llamada “divina proporción”- es una relación matemática que se obtiene cuando un segmento se divide en dos partes de modo que el total dividido por la parte mayor es igual a la parte mayor dividida por la menor. Ese valor es aproximadamente 1,618.
Este concepto fue formulado por Euclides hacia el 300 a.C. como un problema geométrico. Recién en el Renacimiento, con Luca Pacioli, la proporción se asoció a la estética, la armonía y la naturaleza.
Lejos de ser un concepto del pasado, la proporción áurea sigue presente hoy: desde el diseño gráfico hasta interfaces digitales, pasando por logotipos y tipografías. Su persistencia sugiere que, más allá de debates teóricos, continúa funcionando como una guía eficaz para organizar visualmente el mundo.