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Ídolos Celestes: mucho más que solo garra

¿Qué características tienen los referentes de la selección? Tabárez recuperó un paradigma de juego que se había perdido.

Edinson Cavani y Luis Suárez

El que está. El que quiere estar. El que resurge de la adversidad. El que vuelve. El que se cae y se levanta. Y así una y otra vez. El que juega mejor cuando las cosas se ponen difíciles. El que la quiere, incluso cuando ya no queda tiempo para quererla. El que tira el penal en la hora. El que se recupera de lo irrecuperable. El que mete la pelota por donde nunca podría entrar. El que todos quisieran ser. El que respeta: a sus compañeros, a su técnico, a su rival. El que respeta al fútbol. El que da el pase para que otro haga el gol. El que queda atrás para entregarse a diez personas más que lo necesitan. Porque con ellos, hay tres millones que también lo necesitan y que lo acompañan, que lo esperan, que confían en él, que le dicen gracias, Luis. Que le perdonan todo, incluso que los abandone por un año por una mordida que no tuvo mucha razón de ser, más allá de lo injusto o no de las sanciones que recibió. Porque hay tres millones que se enojan y le hablan al juez junto con su capitán. Porque con ellos hay tres millones que se emocionan por tener al mejor jugador del mundial de Sudáfrica 2010 y lo viven como si fuesen ellos. Porque ellos son un poco tres millones y tres millones son un poco ellos. Ellos, es decir, los ídolos celestes, los que encarnan todo (o casi todo), lo que los uruguayos esperamos de un jugador de nuestra selección.

"Todas las construcciones idolátricas —sean deportivas, artísticas, religiosas o políticas— responden a un ejercicio ideológico que se renueva constantemente porque las sociedades necesitan de estas figuras que permiten orientar los comportamientos colectivos", explica el psicólogo y profesor titular de Psicología Social en la Facultad de Psicología de la Universidad de la República, Juan Fernández Romar. Así, los ídolos siempre dependen de un espacio y de un tiempo, de unas circunstancias particulares. Y, sin dudas, el maestro Óscar Washington Tabárez y su proceso han transmitido un mensaje que ha hecho que los ídolos y figuras de la selección sean de determinada forma y no de otra. Es verdad que históricamente los uruguayos estamos aferrados a una idea de jugador más guerrero que técnico, más peleador que elegante. Y, aunque esa característica es marca registrada del fútbol uruguayo (que no se confunda garra con agresión), el ídolo celeste del proceso Tabárez tiene, además de pasión y corazón, otros rasgos que resaltan por encima de cualquier idea y que hacen que los uruguayos se identifiquen, nos identifiquemos, con ellos.

Adhesión y respeto

Diego Lugano, parte de la selección por diez años.
Diego Lugano, parte de la selección por diez años. Archivo El País

Un ídolo no es lo mismo que un referente. Esa es la primera diferencia que hay que marcar. Un referente, dice Fabián Coito, entrenador de las selecciones juveniles de Uruguay, "tiene que ser la imagen de lo que transmite la selección en este período: el compromiso, la solidaridad, la cualidad de un líder, dejar el beneficio personal por el del grupo; y además, algo que se trabaja mucho: el respeto, ser una persona respetada y respetar al grupo, al rival, el trabajo, y que también mantenga esa imagen en su club". El ídolo, en tanto, tiene más que ver con lo que despierta en la gente que con las cualidades deportivas. "No es lo mismo ser ídolo que ser crack", dice el historiador Gerardo Caetano: "La condición de líder tiene que ver especialmente con lo que un jugador despierta en los hinchas. Sintetiza virtudes especialmente valoradas por la sociedad a la que representa".

Que los uruguayos estamos hechos un poco de fútbol, no quedan dudas. Sin embargo, una semana antes de que empezara el Mundial de Rusia, la Asociación Uruguaya de Fútbol presentó la investigación El fútbol uruguayo en números: ¿Qué significa el fútbol en la sociedad uruguaya? Y con ella se confirmó lo que ya sabíamos, pero nunca habíamos hecho patente: 74% de la población cree que esta selección los representa y 53% piensa que el fútbol es lo que más destaca al país en el exterior. Ahora, ¿qué es lo que genera tanta adhesión a Tabárez y a sus futbolistas? ¿Qué tienen Diego Forlán, Diego Lugano, Luis Suárez, Edinson Cavani, Diego Godín, que hace que nos sintamos representados e identificados con ellos? ¿Qué tiene esta selección que nos hace ilusionar con volver a estar entre los mejores? ¿Qué caracteriza a nuestros ídolos y referentes?

En primer lugar, dice Coito, la adhesión que ellos mismos tienen por la Celeste. Eso del compromiso, eso del trabajo, eso de sentirla más que a cualquier otra camiseta, eso de dejar todo por la selección, es algo que Tabárez fomentó desde que comenzó su proyecto con los jugadores y que todos ellos entendieron. Y que a todos nosotros nos seduce, nos emociona y nos identifica. Ningún uruguayo se va a olvidar, nunca, de que Luis Suárez se recuperó de una lesión en la rodilla que era irrecuperable en menos de un mes para llegar a jugar el Mundial 2014. Todos los vimos sufrir en el primer partido en el que quedó en el banco y Costa Rica nos ganó 3 a 1. Y todos vimos (cómo olvidarlos) los dos goles que le hizo a los ingleses, cuando nosotros creíamos que ganarle a Costa Rica era la única forma de encarar uno de los grupos más difíciles de ese mundial. Pero, con Suárez y su lesión y además con Diego Lugano, capitán, jugando con una pierna menos, con la caída ante los costarricense y con las victorias ante dos de las más grandes potencias futbolísticas a nivel mundial como lo eran Inglaterra e Italia, Uruguay empezaba a escribir el cuento que mejor le queda, el que más le gusta, el que hace a su historia: la de un país chiquito que resurge de la adversidad, la de un equipo en el nadie confía, la de un cuadro que juega mejor cuando las cosas son difíciles, la de jugadores que rompen con lo previsible y se hacen más fuertes en el peor momento, la de un hombre que cae desmayado en el medio de la cancha, se levanta y sigue jugando. Después pasó lo que todos ya sabemos: la expulsión de Suárez del mundial por la mordida a Giorgio Chiellini y la eliminación ante Colombia. Pero eso no importa. Ahora estamos escribiendo otra historia.

Diego Forlán, mejor jugador del mundial de Sudáfrica
Diego Forlán, mejor jugador del mundial de Sudáfrica

Adhesión y respeto. Así resume Coito la esencia de las figuras de esta selección. "El ser honesto, comprometido, el estar siempre con voluntad, con mucha empatía, siempre, todos los días, tener una actitud correcta dentro de la privacidad del grupo, todo eso yo creo que te hace ser respetado y querido y es de lo que yo me siento más orgulloso", dice Diego Lugano sobre lo que para él implica ser un referente. Y el orgullo viene, quizás, de haber sido parte de la selección por diez años, de haber sido el capitán que guió a la Celeste en Sudáfrica 2010 o en la Copa América 2011, que hizo que Uruguay se transformara, como nos gusta decir, en el rey de copas, de haber sido uno de los máximos representantes de la garra charrúa.

Una figura de la selección tiene que tener, además, una historia y una trayectoria, tiene que entender a todos los rivales por igual, tiene que combinar el fair play sin dejar de esforzarse, sin agrandarse ante nadie pero también sin achicarse ante ninguno, sin olvidar que hay una historia que hace grande a Uruguay, pero sin refugiarse en ella. Las figuras de la selección de Tabárez tienen "un gran compromiso con un proceso en el que sin duda creen, un claro reconocimiento reconvertido en fe en la capacidad de liderazgo y conducción del técnico", dice Caetano. "Tal vez esto último sea lo más extraordinario. No es nada simple ganarse la adhesión de los jugadores por parte de un director técnico. Y durante tantos años. No olvidemos que a él le corresponden decisiones difíciles, muy influyentes para la carrera de los jugadores".

Volver a la historia

El maestro Tabárez y su proceso están cambiando la historia
El maestro Tabárez y su proceso están cambiando la historia. Foto: F. Ponzetto

Es la más bella y la más épica de todas las historias de fútbol. Y es nuestra historia. Es una historia que se ha agrandado hasta transformarse en leyenda, que nos ha dado una identidad pero que después se reconfiguró y con ella, también, nos reconfiguramos nosotros. Dicen que once hombres vestidos de celeste salieron a una cancha que era toda verde y amarilla. Era la final del mundo del Mundial de 1950, organizado en Brasil, que llegaba como único favorito, como único campeón posible a una final que más que un partido, era un trámite. Dicen que si ese partido se volviera a jugar diez veces más, nueve lo tendrían que ganar los brasileños, que los dirigentes uruguayos le pidieron a sus jugadores que intentaran perder por poco, que la banda solo sabía el himno de Brasil. Dicen tanto, que la historia se transformó en un montón de leyendas coloridas.

"Se hizo una lectura equivocada del Maracaná, se partió de la idea de que esa victoria se había obtenido sobre la base de la valentía, de la garra, del valor y no de buen fútbol, cuando en realidad, y lo dicen algunos de sus protagonistas, Uruguay jugaba muy bien, había jugado varias veces con Brasil y le había ganado y tenía muy buenos futbolistas", dice Ricardo Piñeyrúa, periodista y autor, junto con Gerardo Caetano, del libro Uruguay en los mundiales. Allí, los autores, que trabajaron junto con el equipo del programa 13 a 0, incluyen una extensa entrevista con Tabárez en la que, entre otras cosas, habla de una pérdida de continuidad vinculada al mito creado sobre la base de un fútbol uruguayo que es solo fuerza, que juega al límite del reglamento, de una continuidad que el Maestro ha buscado recuperar. "Toda la niñez y la adolescencia la pasé oyendo mucho sobre Maracaná. Me tocó vincularme con historias que creí ciertas. Para mis adentros, con el paso del tiempo las llamaba las deformaciones del Maracaná", cuenta Tabárez en el libro. "Cuando accedí por primera vez a la selección, tuve oportunidad de hablar con muchos de los Campeones (...) Con Schiaffino compartí un viaje a Verona en el 89 (...) Me impactó mucho cuando habló de la manera de jugar. Me preguntó: ¿Usted sabe cuántos fouls hizo Uruguay en el Maracaná?. No sabía. Once —me dijo— en todo el partido".

Es verdad lo de la valentía y lo de la garra y lo del corazón. Es verdad que hay que ser valiente para salir a jugar con doscientos mil brasileños que intentan achicar a once uruguayos que llegaron al mundial con lo justo (en todo sentido). Pero también es verdad que esos once jugadores tenían un buen juego de toques para mostrar, que lo de las patadas es más parte de la historia que se reconfiguró cuando, a partir de finales de la década del 50, el fútbol uruguayo dejó de ser lo que era. "Lo cierto es que en la generación prodigiosa de 1924, 1928, 1930 y hasta 1935, así como en 1950 y en 1954, el fútbol uruguayo era sin duda de los mejores del mundo, peleaba la posesión, era virtuoso y vistoso, ofensivo", cuenta Caetano. "Luego Uruguay no clasifica al mundial de Suecia en 1958. Allí comienza un largo período de declinación que perdura hasta esta última era Tabárez. Se resignifica el concepto de la garra asociándola a un malentendido de fuerza física, prepotencia, jugar al borde del reglamento y hasta transgrediéndolo. Se pierde la inspiración de la vieja matriz de juego y Uruguay se congela en un fútbol lento, defensivo, poco dinámico, en momentos en que buena parte del mundo explotaba otra manera de jugar", explica.

Fue entonces que la imagen de jugador uruguayo prolijo y de buen juego, con las picardías del fútbol que lo caracteriza pero limpio, empezó a cambiarse por la de jugador peleador, que pegaba desde atrás si no alcanzaba al rival.

Pero algo pasó cuando Tabárez llegó a la selección. Algo tuvo que haber pasado para que el Mejor Jugador de Uruguay y del mundial de Sudáfrica 2010 haya sido Diego Forlán, que es técnicamente impecable, que es elegante en su juego pero que igual se entrega. Algo tiene que haber pasado para que, además de ser campeones de la Copa América 2011, Diego Lugano haya levantado el premio Fair Play.

Diego Godín, el capitán de la selección
Diego Godín, el capitán de la selección. Foto: archivo El País.

"Tabárez ha sabido desde siempre que para entender al fútbol uruguayo hay que conocer y bien su historia", dice Caetano. Y, en su proceso, eso ha hecho el maestro, que es, sin dudas, la figura de su propio equipo, uno de los protagonistas de su propia historia. No se trata, sin embargo, de "glorificar al pasado, de restaurar las soluciones de otrora, de cultivar el mito del pasado de oro que es el que sustenta siempre el espíritu más conservador. Era y es recobrar la continuidad de una matriz inspiradora, que se orienta al porvenir", explica el historiador.

Uruguay volvió a ser uno de los mejores del mundo en Sudáfrica 2010, después de estar afuera en el mundial anterior, después de la llegada de Tabárez. Y luego confirmó que esta selección estaba buscando esa continuidad que había perdido a fines del 50, con la Copa América de 2011 y, aunque en Brasil se quedó en octavos, las victorias ante Inglaterra e Italia eran señales de algo bueno. Después el recambio, que atravesó la eliminatoria para Rusia 2018 y con él, figuras que crecieron y demostraron por qué son los ídolos y referentes de la selección del proceso Tabárez. Diego Godín se adueñó de la defensa y con ella, de todo el cuadro, a la vez que Suárez y Cavani llegaron a Rusia como la dupla más goleadora del mundial, siendo figuras de sus respectivos equipos en Europa. Y, cuando ellos están juntos, nosotros podemos, al menos, soñar con sus goles.

Forlán, Suárez y Cavani, juntos en en la Selección
Forlán, Suárez y Cavani, juntos en en la Selección

Pero, además, en Rusia sucede algo particular con Uruguay y es que la mayor parte de los jugadores están participando de su primer mundial. Y eso implica también, un cambio de táctica, un cambio de paradigma, especialmente por la formación del medio campo con Matías Vecino y Rodrigo Bentancur, que vinieron para tomar el lugar del Ruso Pérez y Egidio Arévalo Ríos, para proponer un tipo de juego prolijo, de toques, para que la pelota les llegue más limpia a los delanteros. Y sin embargo, más allá del recambio, más allá del cambio de juego, hay algo que se mantiene: la selección de Tabárez, aunque cambie sus piezas nos sigue ilusionando; la identidad de Uruguay, aunque cambie de paradigma, es la misma.

"Una de las grandes virtudes de este proceso es que ha logrado que la selección forme un equipo, cosa que es muy difícil de lograr porque es muy variable la formación de los planteles partido a partido, sin embargo, eso es algo que se ha logrado y ese equipo se transmite hacia abajo. Los futbolistas juveniles van recorriendo la escalera para intentar llegar a la selección mayor y cuando llegan se sienten parte de algo para lo que se han venido preparando", dice Fabián Coito. Por eso, quizás, esta selección nos ilusiona como nos ilusionaba la del mundial de Brasil. Porque la palabra proceso implica que los que fueron siguen siendo y que los empezaron a ser, ahora son. Por algo Lugano sigue siendo Lugano y Forlán sigue siendo Forlán. Por algo los dos siguen siendo ídolos indiscutidos de la selección uruguaya. "Yo todavía hablo como si estuviera adentro de la cancha; por lo que hemos sentido a lo largo de todo el proceso todos los jugadores tenemos un sentimiento de pertenencia enorme, que es lo que ha hecho la diferencia en este grupo", dice el capitán. El grupo al que se refiere Lugano son ellos, es Tabárez y su equipo y somos, claro, también nosotros.

Obdulio: el comienzo de la historia

Obdulio Varela, figura de la celeste del 50
Obdulio Varela, figura de la celeste del 50

"No miren para arriba", pidió Obdulio Varela a sus compañeros antes de salir al Maracaná para jugar la final del mundo del 50. "El partido se juega abajo. Los de afuera son de palo". Era capitán y figura, junto a Juan Alberto Schiaffino de la selección que marcó para siempre la historia del fútbol uruguayo y de la esencia de los ídolos celestes: el que tiene buen juego pero también el que enfrenta la adversidad de jugar en un estadio con doscientas mil personas en contra, el que tiene la capacidad de sostener a sus compañeros para poder dar vuelta un partido difícil.

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