HISTORIAS

La historia de Javier, único veterinario uruguayo en ser parte de los Juegos Olímpicos

Javier Mirazo fue elegido para el equipo oficial de profesionales de los Juegos de Tokio que trata a los caballos que participan de pruebas ecuestres. 

Javier Mirazo en los Juegos Olímpicos de Río
Javier Mirazo en los Juegos Olímpicos de Río

La acreditación, que le llegó por correo internacional el 7 de julio, tiene su foto y dice: Tokio 2020, Javier Mirazo, Vet Clinic Team, Equestrian. Esa es su visa, la tarjeta de entrada, la que le permite llegar a Japón, la que lo hace ser parte del evento deportivo más importante del mundo.

Javier es veterinario, tiene 41 años y el próximo martes a la una de la madrugada irá al aeropuerto de Carrasco para irse a Tokio. Tendrá una escala en Panamá y otra en Los Ángeles. Deberá presentar vacunas, dos hisopados negativos y más papeles que, una semana antes, tiene ordenados y apilados sobre la mesa de su casa. Cuando llegue a Japón le harán otro test. No sabe qué pasará si da positivo, pero si da negativo, entonces, se subirá a un ómnibus que lo llevará a un hotel y, finalmente, será parte del equipo de veterinarios oficiales de los Juegos Olímpicos de Tokio, que se postergaron un año y empiezan el 23 de julio.

Todo, sin embargo, empezó antes de Japón. Fue en 2016, justo después de volver de Río de Janeiro. Esa fue la primera vez que Javier participó como veterinario de los Juegos Olímpicos para las pruebas ecuestres. Cuando volvió, tan lleno de todo, desbordado de experiencias, decidió que eso era algo que quería vivir de nuevo. Cuando la organización de los Juegos Olímpicos de Tokio abrió las inscripciones, hace dos años, se postuló para repetir el trabajo como veterinario colaborador.

En Río, Javier fue el único uruguayo que formó parte de la organización. En Tokio, será el único sudamericano, al menos dentro del grupo del veterinarios tratantes (una certificación de la Federación Ecuestre Internacional -FEI- que permite trabajar profesionalmente en torneos de su organización, como la parte ecuestre olímpica).

Aunque son colaboradores —no les pagan un sueldo y tienen que pagar el pasaje para llegar hasta la ciudad— el proceso de selección es largo y arduo: cuando se abren las inscripciones para ser voluntario de los Juegos Olímpicos, se presentan profesionales que tengan la certificación de la FEI de todo el mundo y, currículum, experiencia y entrevista mediante, solo son elegidos los mejores para tratar a los caballos que participan en los deportes ecuestres: salto, adiestramiento y prueba completa (que incluye a las anteriores y cross country). Van, incluso, referentes de las diferentes áreas de la veterinaria.

Una certificación internacional

“Para que te acepten como veterinario de los Juegos Olímpicos, uno de los requisitos es tener la certificación Permitted Treating Veterinarian (veterinario tratante) de la Federación Ecuestre Internacional (FEI)”. Esa acreditación la consiguen los veterinarios que se dedican a equinos a través de la Federación Uruguaya de Deportes Ecuestres. Ellos elevan la solicitud más una recomendación de otro veterinario del país. Ahí se quedan habilitados para hacer un examen online sobre conocimientos veterinarios y reglas de competencias FEI.

“Como estos Juegos Olímpicos son tan particulares por la pandemia, a mí me terminaron de confirmar la participación al cien por ciento hace un mes, mediante una carta oficial de invitación”, dice.

Cuando tuvo la confirmación buscó a un agente de viajes, sacó los pasajes y empezó a prepararlo todo. En menos de una semana estará del otro lado del mundo, encerrado en la habitación de un hotel japonés y saliendo solo para trabajar con los caballos en los turnos que le indiquen. No le importa. Estar ahí para él ya es una satisfacción y un orgullo.

Todo, sin embargo, empezó mucho antes de Japón. Fue cuando Javier era un estudiante de veterinaria de la Universidad de la República, comenzó a trabajar con caballos y se encontró con que eran irresistibles: “Son animales muy atractivos”.

El camino 

Javier Mirazo, veterinario
Javier Mirazo, veterinario

No es casualidad que Javier haya llegado a ser veterinario oficial de los Juegos Olímpicos. Desde siempre ha querido más: aprender más, conocer más, llegar al mundo. Y desde siempre ha trabajado para que esas cosas pasen.

Cuando era niño tenía un sueño: ser veterinario para trabajar con animales exóticos, salvajes. Terminó el liceo, empezó a estudiar en la Facultad de Veterinaria de la Universidad de la República y se contactó con el Zoológico de Villa Dolores para ofrecerse como honorario y trabajar allí. Lo aceptaron.

Después, cuando estaba en el último año de facultad, empezó a trabajar de cerca con caballos: con los que llegaban para que ellos los atendieran pero también, dice, como se había armado un grupo muy lindo entre estudiantes y profesores, iban a ayudarlos en diferentes trabajos que tuviesen que ver con equinos.

Ese año conoció a una organización internacional que ofrecía pasantías e intercambios en distintas partes del mundo para trabajar en el área de veterinaria. Él siempre había querido conocer cómo era todo afuera de Uruguay así que se anotó. Lo llamaron para irse tres meses a un hospital en Kentucky, Estados Unidos.

Se fue y terminó siendo un año. “El puesto era para ayudante de veterinario del jefe del hospital, que a su vez era medio dueño del lugar. Era un veterano que necesitaba a alguien que estuviera en esto y con mis antecedentes en la facultad alcanzaba. Necesitaba, además, alguien que hablara español porque todo el personal que trabaja con los caballos en esa zona eran mexicanos, o la enorme mayoría —cuenta—. Fue una experiencia fabulosa, porque estuve en un hospital que era de excelente calidad, pero pequeño. Como ahí había relativamente poca gente, yo tenía acceso a todo. Si bien era la mano derecha del jefe, además ayudaba en las cirugías, hacía un montón de cosas y me ayudó mucho en mi formación”.

Después de un año volvió. Dio los exámenes que le faltaban, hizo la tesis, la defendió y se recibió.

Desde entonces trabajó de forma particular, dio clases en la facultad hasta 2017 y se siguió formando en distintos países y universidades. Todo eso — los viajes, el intercambio, el conocimiento, el mundo— sumado a que es un apasionado del deporte y un atleta federado en la Confederación Atlética del Uruguay, hizo que se postulara como veterinario para ir a los Juegos de 2016.

La formación en el exterior 

Desde que empezó a estudiar y hasta ahora Javier ha buscado la manera de formarse en el exterior. Congresos, pasantías, intercambios en países de todos los continentes: Estados Unidos, Argentina, Brasil, Emiratos Árabes, Inglaterra, Australia, entre otros.
Dentro de eso, una de las experiencias más importantes que tuvo fue en la Universidad de Pretoria, en Sudáfrica.
En 2011, tras postularse, quedó seleccionado para ir a hacer un intercambio y una maestría allí, durante todo el año 2012.

La experiencia en Brasil 

En Río de Janeiro todos los colaboradores tenían un uniforme: remeras amarillas o verdes, chaleco marrón claro, una gorra, la acreditación, championes. Los veterinarios se quedaban en un complejo de apartamentos cercano al centro ecuestre y tenían un ómnibus disponible para transportarse hasta ahí. La mitad del grupo eran brasileños y la otra mitad venían de todas partes, pero sobre todo de Estados Unidos, Canadá, Australia, Inglaterra, Suiza, Alemania, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Italia y Francia. No había otro sudamericano.

Así, un supervisor los dividía en turnos por la mañana, la tarde y a veces también para guardias en las madrugadas.

Hacían muchas tareas pero en todas tenían una función: supervisar que todos los caballos estuviesen bien, física y estéticamente, durante los entrenamientos, en las competencias y en el resto del tiempo que estuviesen en Río.

En el medio, días libres, entradas para ver otros eventos —vio a Emiliano Lasa y el partido de básquetbol entre Estados Unidos y Australia—, el intercambio con colegas de todas partes, el acercamiento a una cultura que, aunque parecida es diferente, y estar representando indirectamente a Uruguay en el máximo evento deportivo del mundo.

El orgullo de ser uruguayo
Javier Mirazo en los Juegos de Río

En los Juegos Olímpicos sus dos pasiones se juntan: la veterinaria y los deportes. Para Javier, ser un veterinario oficial de este evento significa muchas cosas: primero un orgullo y satisfacción personal. Pero también, “si bien uno no va como veterinario de un equipo uruguayo ni con la camiseta celeste, internamente tú estás representando a tu país, porque sos uruguayo y amás Uruguay, entonces en todo lo que hagas como profesional fuera de tu país, en cierta medida, lo representás. Yo siento que realmente estoy representando a la celeste en lo que hago y me hace muy feliz eso. Estoy representando a la profesión veterinaria dedicada a caballos en el máximo evento ecuestre mundial (...) Uno va a un equipo internacional de gente que es multibanderas. Yo llevo mi bandera uruguaya en la mochila y me voy a sacar fotos con ella a donde vaya”.

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