El Mundial también se juega bajo los pies: la carrera científica por la cancha perfecta

La velocidad de la pelota, la estabilidad de los jugadores y hasta el riesgo de lesiones dependen de su diseño y mantenimiento.

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Cancha híbrida
FIFA

Cuando una pelota pica mal o un jugador resbala, las críticas no tardan en llegar. Durante la Copa América 2024, por ejemplo, Marcelo Bielsa cuestionó duramente el estado de algunos campos de juego: “Acá te dan una cancha terminada hace tres días, con las uniones no cerradas”, denunció el DT uruguayo. Pero cuando todo funciona a la perfección, casi nadie piensa en el césped.

Detrás de cada cancha profesional hay años de investigación científica. De cara al Mundial 2026, equipos de investigadores trabajaron para crear superficies capaces de soportar miles de minutos de juego, resistir condiciones climáticas extremas y ofrecer condiciones similares en estadios distribuidos entre Canadá, EE.UU. y México. La pregunta parece sencilla: ¿qué hace buena a una cancha? La respuesta involucra genética vegetal, ingeniería, biomecánica, horticultura, manejo de plagas, cambio climático y salud deportiva.

En Uruguay, investigadores buscan responderla estudiando un protagonista inesperado: la gramilla que cubre la mayoría de las canchas del país. Este pasto introducido hace más de un siglo podría haber desarrollado características propias tras décadas de adaptación local. Comprender ese patrimonio biológico forma parte de una ciencia tan compleja como invisible para quienes están en la tribuna.

“Cuando trabajaba en Danubio, me sentía juzgado muchísimo más que en cualquier otro caso de mi profesión. Y, en general, no se entiende mucho todo el trabajo que hay detrás ni la inversión”, comenta el magíster en Ciencias Agropecuarias Fernando Sganga. Después de todo, en Uruguay no solo hay tres millones de directores técnicos: también hay tres millones de especialistas en césped deportivo.

Elegir el pasto.

Por primera vez, el Mundial se disputa en ciudades con climas tan distintos como el frío de Vancouver o el calor húmedo de Miami. Para la FIFA, uno de los objetivos era que la pelota y los futbolistas encontraran condiciones de juego lo más parecidas posible sin importar el estadio.

Para lograrlo, equipos de investigadores trabajaron durante años en la selección del césped, sistemas de drenaje, métodos de instalación y protocolos de mantenimiento. El desafío consistía en garantizar superficies seguras, resistentes y predecibles. “Si tenés una mata y la pelota pica ahí, te cambia la velocidad”, ejemplifica Sganga.

Como no existe un césped ideal para todos los climas, las sedes más cálidas utilizan variedades de Cynodon -conocidas como pasto Bermuda-, mientras que las más frías recurrirán a mezclas de Poa pratensis (Kentucky bluegrass) y Lolium perenne (ryegrass perenne). Cada especie responde de forma distinta al desgaste y al ambiente, por lo que también se ajustan prácticas como el corte y el riego para lograr superficies lo más uniformes posible.

Para Sganga, docente de la Facultad de Agronomía de la Udelar, el ejemplo ilustra hasta qué punto una buena cancha depende de la genética y del mejoramiento vegetal. “La mayoría de la investigación mundial está aplicada a los lugares fríos, porque es donde se concentra la mayor parte del desarrollo”, explica. Y agrega: “La mayoría de los casos son céspedes de mejoramiento genético y de hibridaciones”.

La elección de las especies no sorprende al experto. En Uruguay, donde conviven veranos cálidos e inviernos con heladas, las canchas suelen combinar gramilla (Cynodon dactylon) y especies del género Lolium. La primera, introducida hace más de un siglo, se adaptó tan bien a las condiciones locales que podría haber desarrollado características genéticas propias. Sganga planea estudiarlo junto a universidades estadounidenses para determinar si Uruguay alberga un reservorio genético único de esta especie.

Pero la gramilla tiene una limitación: cuando llegan las bajas temperaturas entra en reposo y pierde su característico color verde. Por eso, las canchas uruguayas recurren a la resiembra con Lolium perenne o Lolium multiflorum. El resultado es una trama vegetal en la que la gramilla aporta resistencia, capacidad de recuperación y un sistema radicular profundo, mientras que el Lolium mantiene la cobertura durante el invierno.

Precisamente porque gran parte de la investigación internacional se concentra en especies de clima frío, Sganga considera que existe una oportunidad para desarrollar conocimiento sobre los pastos cálidos. “Tenemos una gramilla de muy buena calidad y un patrimonio que todavía permanece silencioso”, sostiene.

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Cuidados en una cancha de fútbol mundialista
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Mediciones.

Sin embargo, la genética es apenas una parte de la ecuación. La calidad de una cancha depende también de una serie de parámetros que se monitorean de forma permanente. Según explica Alejandra Acuña, especialista chilena en céspedes deportivos, la FIFA evalúa aspectos como la dureza de la superficie, la tracción, la humedad del suelo e incluso el vigor del césped (qué tan verde se encuentra). “Miden dureza, qué tan dura está la cancha; miden tracción, qué tan estable es frente al movimiento lateral de los jugadores; y miden humedad para determinar la relación que existe entre el agua, la dureza y la tracción”, señala quien participó en la puesta a punto de los estadios utilizados durante el Mundial Sub-20 disputado en Chile en 2025. A partir de esos datos se definen tareas tan diversas como el corte del césped, la aireación o el riego.

Detrás de esa rigurosidad existe una razón económica y deportiva. “Se cuida mucho la salud del futbolista. Son jugadores que valen mucho, entonces hay que darles una superficie segura. Nadie quiere tener una cancha siniestrable”, afirma Acuña.

Lo híbrido.

La búsqueda de superficies más seguras coincide con otro desafío: la enorme exigencia que enfrentarán los estadios del Mundial 2026. Algunos albergarán hasta nueve partidos en apenas seis semanas, además de entrenamientos, ceremonias y otras actividades asociadas al torneo.
Para soportar semejante nivel de uso, la FIFA apostó por sistemas híbridos que combinan césped natural con fibras sintéticas. Estas se insertan a unos 18 centímetros de profundidad y, a medida que las raíces crecen, se entrelazan con los filamentos plásticos, creando una estructura más estable y resistente al desgaste. El objetivo no es reemplazar el pasto, sino reforzarlo.

“El principal desafío era la transición de canchas sintéticas a canchas naturales reforzadas con fibra sintética”, explica Acuña. Buena parte de los estadios estadounidenses utilizados para el fútbol americano contaban con superficies artificiales, por lo que fue necesario transformarlos para cumplir con las exigencias de la FIFA.

El sistema híbrido permite aumentar la estabilidad del terreno, mejorar la capacidad de recuperación después de un partido y soportar una mayor cantidad de horas de uso sin que la superficie pierda sus propiedades. Además, al reforzar la estructura del suelo, puede ayudar a mantener parámetros como la tracción y la firmeza dentro de los rangos deseados.

Para Sganga, esta tecnología representa una evolución lógica del manejo de superficies deportivas. “Es una tecnología que tiene todas las virtudes de una cancha natural, pero tiene algunas virtudes de la cancha sintética”, explica. La tendencia mundial, señala, apunta justamente hacia las canchas híbridas.

Una de las tecnologías utilizadas consiste en “coser” fibras sintéticas sobre una cancha natural ya instalada. Otra alternativa es producir verdaderas alfombras híbridas: el césped se cultiva sobre una base sintética y luego se traslada como un tapiz listo para instalar en el estadio. Este tipo de soluciones requiere años de investigación para determinar desde el momento exacto de cosecha hasta las condiciones ideales de crecimiento y adaptación.

Pero detrás de esas alfombras existe otra industria: la producción del césped. Para Sganga, no solo importa cómo se instala una cancha, sino también de dónde proviene ese material vegetal. En Uruguay, la extracción tradicional de panes de césped implica remover capas de suelo fértil, lo que puede generar problemas asociados a la erosión y la pérdida de materia orgánica. Por eso, el investigador trabaja en alternativas de producción de césped sin suelo, utilizando sistemas basados en economía circular y materiales como compost.

Sin embargo, la incorporación de fibras sintéticas no está exenta de controversias. “Se ha hablado mucho en Sudamérica de que, como tenemos las condiciones para producir campos de gramilla, probablemente no es necesario reforzarlos con estas fibras”, comenta Acuña. La razón es que la gramilla desarrolla naturalmente una extensa red de rizomas y estolones que aporta firmeza y estabilidad al terreno.

De hecho, algunas experiencias recientes han mostrado que combinar gramilla y fibras sintéticas puede generar nuevos desafíos agronómicos. “Se acumula mucho material vegetal arriba de las fibras sintéticas. Entonces hace que la cancha se ponga un poco más resbalosa”, apunta Acuña.

Pero incluso las tecnologías más avanzadas tienen un límite: el tiempo de preparación. Según Sganga, algunas de las superficies del Mundial se instalaron con plazos muy ajustados, de alrededor de 30 días antes de los partidos, cuando un proceso de preparación con más margen —del orden de seis meses— permite que el césped se asiente y desarrolle mejor su sistema radicular. “¿Se puede hacer? Sí, se puede hacer”, aclara. Pero el problema es que el césped no solo debe colocarse: necesita echar raíces y consolidarse.

“Puede pasar lo que pasó en la Copa América: que las uniones no estén cerradas”, advierte. El pasto necesita tiempo para echar raíces, integrarse al suelo y consolidar una superficie estable. Una condición fundamental cuando la cancha se convierte en el escenario de un torneo que concentrará la atención de millones de espectadores.

DEBATE POR EL PASTO DEL ESTADIO CENTENARIO

La discusión sobre el césped deportivo no termina en elegir una especie resistente: también importa si está adaptada al ambiente. El Centenario es caso de debate. La variedad elegida es un híbrido que se desarrolló en Brasil y que llegó al país porque era la alternativa disponible en ese momento. “¿Funciona? Sí. Pero la pregunta es si funciona para Uruguay”, plantea Sganga. Según el investigador, algunos especialistas vinculados al mantenimiento sostienen que no logra crecer con la velocidad necesaria para generar el “vértigo” que exige el fútbol de alto rendimiento. El problema, explica, es que no todos los ambientes son iguales: “No es lo mismo Lima, donde no llueve, que Montevideo”. También influye la altura y el suelo.

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