El lago perdido de Lagomar y la pelea por preservar el barrio diseñado por Román Fresnedo Siri

El barrio jardín diseñado por el arquitecto uruguayo quedó en el centro de una disputa inédita sobre patrimonio y urbanismo.

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Lagomar en 1995

El nombre de Román Fresnedo Siri aparece detrás de algunos de los edificios y monumentos más emblemáticos de Montevideo: desde el Palacio de la Luz hasta la Facultad de Arquitectura o el Monumento a Luis Batlle Berres, conocido popularmente como “los cuernos de Batlle”. Pero una de sus obras más singulares no es un edificio: es un barrio entero.

Calles curvas, pequeñas plazas, árboles añosos y un lago concebido como centro urbano forman parte del diseño original de Lagomar, proyectado por el arquitecto en los años 50 como una pieza integral de arquitectura, paisaje y espacio público. Décadas después, ese trazado urbano, declarado Monumento Histórico Nacional en 2023, derivó en una disputa inédita: la medida es cuestionada por la Intendencia de Canelones ante el Tribunal de lo Contencioso Administrativo.

Para la arquitecta Rosana Sommaruga, profesora agregada del Departamento Paisaje y Espacio Público de la Facultad de Arquitectura de la Udelar, el valor de Lagomar no está solamente en sus construcciones, sino en la concepción integral del conjunto. “Es una pieza urbano-paisajística”, resume, realizada por “uno de los más destacados arquitectos uruguayos”, destacada por su “trazado pintoresquista y por sus profusos espacios verdes”.

A diferencia de otros balnearios desarrollados sobre una cuadrícula tradicional, Fresnedo Siri diseñó Lagomar a partir de calles sinuosas, plazuelas y amplios espacios verdes articulados alrededor del lago, de unas tres hectáreas de superficie, que funcionaba como núcleo social y paisajístico del barrio. Los vecinos más veteranos recuerdan que hasta existía una “isla” donde se hacían espectáculos que podían ser vistos desde las orillas o mientras se bañaban en un día de calor. A su alrededor se instalaron el club social, espacios recreativos y una escuela pública, en una lógica que buscaba integrar naturaleza, vida comunitaria y urbanismo. Incluso la ubicación del Club Lagomar respondía a esa concepción urbana. Según Leticia Cannella, exdirectora del Departamento de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Comisión de Patrimonio Cultural de la Nación, el edificio fue instalado junto al lago -y no sobre la costa- para crear un espacio de encuentro más protegido del viento y del frío y conectado con la naturaleza durante buena parte del año. “El lago era la centralidad del diseño”, resume.

“Vine hace 13 años por la misma motivación que tienen casi todos los habitantes de Ciudad de la Costa: la búsqueda de un lugar verde, con espacios retirados, calles arboladas y próximo al mar”, cuenta Arturo Toscano, arqueólogo e integrante del colectivo Rescate del Lago Lagomar. “Pero hoy está en juego la calidad de vida”, sostiene.

El proyecto comenzó a gestarse a comienzos de los años 50, cuando se impulsó la urbanización de la zona sureste de Lagomar con la idea de crear un “parque residencial” inspirado en los grandes balnearios jardín de la época. La apuesta buscaba diferenciarse de otros desarrollos costeros mediante una fuerte presencia de espacios verdes, un trazado irregular y un lago artificial pensado como centro recreativo y paisajístico.

Para eso, Fresnedo Siri aprovechó la topografía natural del terreno -médanos, desniveles y zonas de bañados- y diseñó un entramado de calles curvas, canteros, pequeñas plazas y perspectivas cambiantes que todavía hoy distinguen al barrio del resto de Ciudad de la Costa. El propio recorrido formaba parte de la experiencia pensada por el arquitecto. “Para ir del casco histórico de Lagomar hasta el Río de la Plata hay que dar bastantes vueltas. Eso es lo maravilloso. Fresnedo Siri quería que disfrutáramos de ese recorrido”, apunta Cannella.

La propia documentación histórica del proyecto destacaba que “la suave curvatura de sus arterias y la espontánea irregularidad del trazado” buscaban asegurar “un paisaje constantemente renovado, lejos de todo lo que sea regularidad ciudadana”. El objetivo, señalaban sus impulsores, era crear un entorno residencial donde “la prevalencia y directa relación con la naturaleza” fueran el principal atributo del barrio.

Ese vínculo entre urbanismo y paisaje todavía aparece en los relatos de quienes viven en la zona desde hace décadas. Daniel, vecino de Lagomar desde 1972 y ajeno a los colectivos que impulsan la protección patrimonial, recuerda un barrio muy distinto al actual. “Esto era un paraíso”, dice.

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Lagomar
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Estado actual del lago
D. Borrelli

Esa dimensión paisajística fue uno de los argumentos centrales utilizados por la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación para impulsar la declaratoria como Monumento Histórico Nacional. Según Cannela, se trata además de uno de los pocos conjuntos urbanísticos protegidos en Uruguay y del primero con esa categoría en Ciudad de la Costa. “Es el único plano firmado por Fresnedo Siri que se ejecutó íntegramente como proyecto urbanístico”, afirma.

Entre quienes hoy reclaman preservar el entorno, la preocupación no pasa solamente por el valor arquitectónico del barrio, sino también por la pérdida progresiva de sus espacios verdes y del lago que le dio identidad al balneario.

Hoy, el lago es casi invisible: perdió cerca de tres cuartas partes de su superficie debido a sucesivos rellenos y gran parte del espejo de agua permanece cubierto por vegetación. No hay carteles ni señalización que indiquen su existencia. Incluso el antiguo letrero de bienvenida, ubicado sobre la calle Río Pó, luce despintado y deteriorado.

“Lagomar se llama así por el lago, y el lago se está destruyendo”, cuestiona una vecina del barrio que participa en las movilizaciones por la preservación del espacio público. “Es una paradoja”.

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Estado actual del lago
D. Borrelli

El deterioro no es solamente visual. Informes técnicos elaborados por equipos de la Universidad de la República -coordinados por Sommaruga- advierten que el lago sufrió durante décadas un proceso progresivo de relleno, pérdida de conectividad hídrica y deterioro ambiental asociado al crecimiento urbano de la zona. La calidad del agua, señalan, se vio afectada por años de infiltración de aguas residuales en un territorio que durante mucho tiempo careció de saneamiento, además de la acumulación de vegetación y materia orgánica.

Pese a ese escenario, los informes descartan que la única alternativa sea eliminar el cuerpo de agua. Por el contrario, plantean distintas posibilidades de recuperación ambiental y mencionan experiencias similares, entre ellas la restauración del lago de Shangrilá, también en Ciudad de la Costa, donde la Intendencia de Canelones trabajó junto a vecinos y equipos de la Udelar en tareas de limpieza y recuperación del ecosistema.

Algunos vecinos cuestionan además la diferencia de criterios en torno a la conservación de estos espacios. “En otros puntos de Ciudad de la Costa los lagos son valorizados como parte de proyectos inmobiliarios; acá, en cambio, se dejó deteriorar el que le dio nombre al barrio”, plantea una residente.

Otro vecino, que pidió no ser identificado, entiende que el crecimiento urbano no debería darse a costa del paisaje original. “No somos ajenos a que esto se transformó en una ciudad satélite. Mucha gente vive acá y trabaja en Montevideo. Pero justamente por eso hay que tratar de preservar la naturaleza y la armonía del lugar”, señala.

El informe de la Udelar también advierte que, con el paso del tiempo, parte de esos sectores fueron perdiendo su carácter público. Algunas áreas quedaron progresivamente ocupadas por infraestructuras y usos particulares, mientras otras terminaron degradadas o invisibilizadas.

Vecinos señalan, por ejemplo, el cercamiento de una cancha de fútbol dentro del entorno del lago y el avance de distintas construcciones sobre terrenos originalmente concebidos como espacios abiertos y públicos.

De sus primeras recorridas por la zona, Sommaruga recuerda que muchos jóvenes “ni siquiera sabían que el lago existía”. “Había quedado como un lugar escondido, prácticamente cerrado”, añade. De las varias entradas originales al predio, hoy apenas queda una de acceso público.

Para la arquitecta, el deterioro actual no implica que el lugar haya perdido valor ni que su recuperación sea inviable. “No es necesario pensar en grandes obras ni en inversiones millonarias”, sostiene. “Muchas de las plazas, plazuelas y el propio trazado original todavía existen y podrían ponerse en valor con intervenciones básicas de mantenimiento, equipamiento y recuperación gradual del espacio público”. Y sigue: “Las declaratorias funcionan como una herramienta de protección. No para que quede intacto, sino justamente para evitar que esos valores terminen desapareciendo”.

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Estado actual del lago
D. Borrelli
EL LEGADO DE ROMÁN FRESNEDO SIRI

Román Fresnedo Siri es autor de algunos de los edificios y monumentos más emblemáticos del país, y para la arquitecta Rosana Sommaruga ocupa además un lugar central en la historia de la arquitectura uruguaya. “Es un referente de la arquitectura nacional y del período de la arquitectura moderna”, resume. Dueño de una obra diversa, Fresnedo Siri dejó su marca tanto en Uruguay como en el exterior, con edificios públicos, hospitales, urbanizaciones y monumentos que todavía hoy forman parte del paisaje cotidiano de miles de personas. Es el autor de obras emblemáticas como el Palacio de la Luz (edificio central de UTE), el Sanatorio Americano, el Monumento a Luis Batlle Berres (popularmente conocido como “los Cuernos de Batlle”), la sede de la Facultad de Arquitectura de la Udelar y el edificio de la Organización Panamericana de la Salud, en Washington.

Nacido en 1903, Fresnedo Siri desarrolló buena parte de su carrera durante el auge de la arquitectura moderna en América Latina. Su estilo combinó líneas racionalistas con una fuerte preocupación por el entorno, los espacios públicos y la integración entre arquitectura y paisaje. Además de arquitecto, fue artista plástico, músico, fotógrafo y diseñadorde interiores, muebles, afiches e incluso barcos y yates.

La relevancia de Fresnedo Siri no se limita a sus edificios más conocidos: también incluye su visión urbana y paisajística, visible en proyectos como la urbanización de Lagomar, en Ciudad de la Costa.

Su mirada iba mucho más allá del edificio aislado. En proyectos urbanísticos como las Unidades de Habitación del Cerro, impulsadas a mediados del siglo XX en Montevideo, abordó la arquitectura y el urbanismo como un problema indivisible. El plan incluía avenidas, caminos peatonales, bloques de viviendas, casas individuales, parques, espacios recreativos y centros barriales concebidos como parte de una única obra arquitectónica. Fresnedo Siri trabajó allí sobre soluciones de vivienda social adaptadas a la topografía del lugar, incorporando bloques colectivos, viviendas unifamiliares y equipamientos comunitarios.

El proyecto también contemplaba un gran parque público -el actual Parque Carlos Vaz Ferreira- cuya forestación estuvo a cargo del propio arquitecto. Muchas de las obras previstas nunca llegaron a concretarse, pero el plan refleja una de las facetas menos conocidas de Fresnedo Siri: la de un arquitecto profundamente involucrado con los problemas urbanos y sociales de su tiempo.

Esa misma visión integral aparece en otros proyectos, como la urbanización de Lagomar, donde concibió plazas, espacios verdes y un lago central como núcleo de la vida comunitaria.

Entre 1938 y 1945 también dejó otra obra emblemática en Montevideo: las tribunas y el Paddock del Hipódromo de Maroñas. Ganó los concursos organizados por el Jockey Club para diseñar esos espacios, que integraban no solo tribunas deportivas sino también cafeterías, oficinas administrativas, restaurantes y áreas de circulación cubiertas.

Su obra más internacional probablemente sea la sede de la Organización Panamericana de la Salud, inaugurada en 1965. El edificio, de líneas modernas y gran escala, consolidó su prestigio internacional y lo posicionó entre los nombres más relevantes de la arquitectura regional de la época.

Su último gran proyecto en Uruguay fue el Hospital Militar. La construcción quedó inconclusa tras su muerte, ocurrida en 1975.

Más de medio siglo después, el legado de Fresnedo Siri sigue despertando interés académico y debates sobre patrimonio, conservación y espacio público. Recuperar esa mirada integral es también una forma de repensar cómo se construyen hoy las ciudades.

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Vecinos movilizados
D. Borrelli

Impugnaciones.

La disputa por el futuro de Lagomar ya trascendió el plano vecinal y técnico. Antes de llegar al Tribunal de lo Contencioso Administrativo (TCA), el conflicto incluso motivó actuaciones ante la Institución Nacional de Derechos Humanos, donde vecinos plantearon preocupaciones vinculadas al acceso al espacio público, la preservación ambiental y el deterioro progresivo del lago y su entorno.

Para especialistas en patrimonio, el conflicto entre las partes resulta inusual por otro motivo: a diferencia de la mayoría de las controversias vinculadas a declaratorias patrimoniales -en torno a edificios privados muchas veces deteriorados o costosos de mantener-, en este caso no hay propietarios privados reclamando por restricciones sobre inmuebles particulares.

“Lo único que se está haciendo es proteger un diseño urbanístico y terrenos públicos. Eso es lo inédito”, sostiene Cannella.

La Intendencia de Canelones demandó la nulidad de la resolución que declaró Monumento Histórico Nacional al trazado urbano y los espacios públicos del balneario. Entre otros argumentos, sostuvo que el proceso avanzó sin darle participación previa al gobierno departamental, que la declaratoria carece de una fundamentación suficientemente precisa y que interfiere con competencias propias de ordenamiento territorial y planificación urbana.

En la demanda presentada ante el tribunal, la comuna argumentó que el Lagomar actual ya no responde íntegramente al proyecto original concebido por Fresnedo Siri y que la zona fue modificada durante décadas por distintos instrumentos departamentales de ordenamiento territorial. También cuestionó que la resolución no establezca con claridad cuáles serían las restricciones concretas derivadas de la protección patrimonial.

La Intendencia de Canelones no respondió la solicitud de entrevista realizada para esta nota.

La discusión no es solamente jurídica. Detrás del expediente aparece una tensión más amplia sobre cómo debe crecer Ciudad de la Costa y qué lugar ocupa el patrimonio en ese proceso. Para vecinos y especialistas que impulsaron la protección, la declaratoria funciona como una herramienta para evitar la pérdida definitiva de un conjunto urbano considerado excepcional dentro de la arquitectura moderna uruguaya.

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Entorno del lago
D. Borrelli

“Estamos hablando de derechos culturales, de acceso al espacio público y de preservar un diseño urbano que todavía hoy puede ser disfrutado por la comunidad”, sostiene Cannella.

Para Sommaruga, la discusión trasciende el estado actual del lago o de algunos sectores deteriorados del barrio. “Sería un error muy grande no tener una perspectiva más amplia de lo que puede significar recuperar y poner en valor un lugar así”, plantea. La arquitecta entiende que la preservación patrimonial no implica “congelar” el barrio ni impedir su desarrollo, sino compatibilizar crecimiento urbano, uso público y conservación ambiental. “En otros países se intenta recuperar y valorizar este tipo de espacios por su importancia cultural, paisajística e incluso turística. Acá parecería que vamos para atrás”, sostiene.

Entre los vecinos que impulsan la preservación también aparece la idea de que la declaratoria puede representar una oportunidad para pensar otro modelo de desarrollo para Ciudad de la Costa. “No se trata de detener el crecimiento”, señala Toscano. “Al contrario: puede ser una oportunidad para fortalecer la identidad cultural del lugar, recuperar espacios verdes y generar proyectos culturales, turísticos y comunitarios vinculados a ese patrimonio”.

Mientras el Tribunal de lo Contencioso Administrativo continúa analizando el caso, el futuro de Lagomar permanece abierto. Pero detrás de la discusión legal, la pregunta de fondo parece ser otra: qué lugar ocupan hoy el espacio público, el paisaje y la memoria urbana en una ciudad atravesada por el crecimiento inmobiliario.

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