A Eduardo Mangarelli todavía le suena en la cabeza el ruido del módem. Ese chirrido metálico de los años 90, cuando conectarse a internet implicaba ocupar la línea telefónica y esperar. Ahí, en ese Uruguay que empezaba a descubrir la red, no solo veía una novedad tecnológica: veía una forma de construir, de resolver problemas, de crear algo que podía ser usado por mucha gente.
Tres décadas después, en plena era de la inteligencia artificial, hay algo que no cambió: la curiosidad sigue siendo su motor.
Ingeniero en sistemas y decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad ORT Uruguay, lleva años pensando en el vínculo entre personas y tecnología. Y si algo lo obsesiona es cómo usarla para generar valor real, no atajos.
“No debe ser tecnología por tecnología. Tiene que tener un fin. Y ese fin debe ser generar algo positivo para alguien. La curiosidad está en cómo conectamos y vinculamos la tecnología con ese impacto positivo”, reflexiona con Domingo.
Contra la pereza cognitiva.
Las PCs, internet, los smartphones, la nube… hitos que todos hemos vivido. El más reciente es la inteligencia artificial generativa. Para Mangarelli, el verdadero punto de quiebre no fue tanto el desarrollo tecnológico -que llevaba años gestándose- como su apertura al público. Cuando herramientas como ChatGPT se volvieron accesibles -a partir de noviembre de 2022- y fáciles de usar, sin necesidad de conocimientos técnicos, algo cambió de escala. “Ahí empieza el fenómeno significativo y transformacional que estamos viviendo”, plantea.
Pero esa accesibilidad, advierte, trae una paradoja: “Nunca fue tan fácil usar la IA y, al mismo tiempo, eso es un problema porque es muy fácil usarla mal”.
Un ejemplo alcanza para ilustrarlo. Un estudiante puede pedirle a un sistema que resuma tres capítulos de un libro y convencerse de que aprendió. O puede usar esa misma herramienta para generar preguntas, ejercicios, poner a prueba su comprensión y llevar el conocimiento a situaciones reales. La diferencia no está en la inteligencia artificial, sino en la decisión de quien la usa.
Ahí aparece una de las preocupaciones centrales de Mangarelli: la “pereza cognitiva”. La tentación del atajo. La idea de delegar el pensamiento en lugar de potenciarlo. La posible pérdida de la chispa de la curiosidad.
“La herramienta está ahí. Igual que el sofá. Si salís a correr o te quedás en el sillón es una decisión tuya. Solo voy a saltear la pereza cognitiva si mi curiosidad me lleva a hacerlo o si estoy convencido de que quedarme en esa pereza no me va a hacer bien, no me va a hacer productivo o no voy a aprender. Esto implica una decisión y un proceso humano”, explica.
Esa tensión abre otra pregunta recurrente: si estas herramientas son -o no- creativas. Para el ingeniero, no es lo central. La discusión, dice, está mal planteada. “La pregunta importante es si nos hacen a nosotros más creativos”.
En ese sentido, el valor no está en la respuesta automática, sino en lo que habilita. Un ejercicio sugerido, una idea inicial, una estructura posible pueden funcionar como disparadores: no para copiar, sino para pensar mejor.
“Hay habilidades inherentemente humanas que los sistemas de inteligencia artificial nos fuerzan a desarrollar”, apunta.
Pero ese potencial también exige algo a cambio. Para que herramientas como ChatGPT, Gemini o similares sean realmente útiles, no alcanza con pedir: hay que saber qué pedir. Ser claro, dar contexto, explicitar lo que muchas veces entre humanos queda implícito. Esa capacidad -ordenar ideas, precisar objetivos, comunicar con claridad- no es técnica: es profundamente humana (aunque conozcamos muchos ejemplos que desafían esta lógica). Y, en muchos casos, está en la base del liderazgo.
Esa preocupación por el uso crítico de la tecnología lo llevó, incluso, a desarrollar una herramienta propia. Un protocolo que usa sistemas de inteligencia artificial para evaluar si la evidencia de un texto realmente sostiene sus conclusiones. La lógica es simple: frente a un contenido, chequea si lo que se afirma está efectivamente respaldado. Confirma cuando hay evidencia. Cuestiona cuando no. El ejercicio, dice, tiene un valor extra: leer un contenido y, además, su crítica. Aunque demande más esfuerzo, eleva la calidad del pensamiento.
Ser el ejemplo.
No es casual que, cuando habla del futuro, Mangarelli piense en su hija adolescente. Cree que el desafío como padres (pero también del sistema educativo) está en formar: en enseñar a usar estas herramientas de manera “efectiva y responsable”, dos palabras que repite durante la entrevista con Domingo, y en lo que define como una nueva o tercera alfabetización: no solo saber leer y escribir, no solo saber buscar información en internet o crear un documento o una planilla, sino saber interactuar con sistemas de inteligencia artificial sin resignar pensamiento propio.
Esa formación, dice, no se construye solo con discursos, sino con hábitos. En su casa hay reglas simples: durante las comidas no hay celulares. Ni el de su hija ni el de él. El momento de la mesa es para conversar. “Para conectar entre humanos”, dice. También hay espacios deliberados de desconexión: mirar una película juntos, armar un LEGO, compartir sin pantallas de por medio. Incluso silencia su smartwatch para evitar la tentación de leer una notificación.
Porque, en definitiva, el vínculo con la tecnología también se enseña con el ejemplo. No alcanza con decirles a los hijos que se desconecten si los adultos viven pendientes del teléfono. Hay algo de coherencia -y de decisión- en juego.
Y ahí, otra vez, aparece la misma idea que atraviesa toda su mirada: la tecnología está disponible, como ese sillón del que hablaba antes. La diferencia no está en la herramienta, sino en el uso. En elegir cuándo apoyarse en ella y cuándo correrse para hacer lugar a algo más humano: una conversación, una pregunta, un momento compartido.
En su vida cotidiana, esa convivencia con la tecnología es constante, pero no automática. Usa ChatGPT para redactar correos más rápido -le dicta el contenido- y analizar datos; y usa Poe para transformar archivos en audios que escucha mientras se mueve de un lugar a otro. El tiempo que ahorra, dice, lo reinvierte en tareas de mayor valor, ya sea intelectual o simplemente humano. “Puedo liberar mi cabeza para dedicar más tiempo de calidad a una conversación. Ese tiempo ganado hay que aprovecharlo de la mejor forma”, agrega.
En el fondo, su mirada no es ni apocalíptica ni ingenua. La inteligencia artificial no viene a reemplazar lo humano, sino a tensionarlo. A exigir más claridad, más criterio, más capacidad de pensar. Y, sobre todo, más intención.
Porque, como en aquellos años del módem, la tecnología sigue siendo -antes que nada- una herramienta. La diferencia, insiste Mangarelli, está en lo que decidimos hacer con ella.