Por Redacción de El País
Su camino hacia la actuación fue poco convencional. Tras trabajar durante seis años en una fábrica de acero como soldador, John Corbett, nacido el 9 de mayo de 1961 en Wheeling, Virginia Occidental, sufrió una lesión en la espalda que lo llevó a buscar un nuevo rumbo. Entonces, se inscribió en Cerritos College, en California, para estudiar peluquería y, por las noches, tomaba clases de actuación. Fue allí donde descubrió su verdadera vocación. Aquella primera sensación de libertad escénica fue, dijo a The New York Times, irrepetible. “Es como una droga”, comparó.
Su carrera actoral comenzó con una aparición en Los años maravillosos en 1988, pero estuvo a punto de rendirse antes de que eso ocurriera. “Estaba a punto de dejar la actuación porque era, y sigue siendo, una forma difícil de ganarse la vida. No es fácil. Uno pasa la mayor parte del tiempo desempleado. Pasé un año entero sin trabajo. Hice un solo proyecto que duró tres semanas en rodarse”, contó una vez a Smashing Interviews Magazine. “No volví a trabajar durante dos años más”, bromeó.
Pero siguió y, finalmente, su gran oportunidad llegó con el papel de Chris Stevens en La última frontera (Northern Exposure), el exconvicto convertido en filósofo y locutor de radio en un pequeño pueblo de Alaska, un personaje excéntrico pero entrañable que le valió nominaciones a los Emmy, los Globos de Oro y los SAG Awards.
Aunque, la verdad sea dicha, Corbett es ampliamente conocido por los papeles en los que encarna a un “buen novio”. Ese que todas merecen tener. A lo largo de su carrera, se ha ganado el cariño del público interpretando a hombres sensibles, pacientes y emocionalmente disponibles.
Su papel más emblemático en ese registro es el de Aidan Shaw en Sex and the City, el ebanista de espíritu libre y cariñoso que se convierte en el novio -y luego prometido- de Carrie Bradshaw, interpretada por Sarah Jessica Parker. Aidan reaparece en la tercera temporada de And Just Like That…, que se estrenó el 29 de mayo en HBO Max y, según adelantaron los creadores, su historia con Carrie aún no ha llegado a su fin. Por este rol, Corbett también recibió una nominación al Globo de Oro al Mejor Actor Secundario.
También dio vida al encantador Ian Miller en Mi gran casamiento griego (y sus secuelas), el novio comprensivo que se adapta con humor y ternura a las excentricidades de la familia de su prometida, Toula.
En ambas historias, Corbett encarna a figuras románticas que contrastan con protagonistas más neuróticas o impulsivas, ganándose el aprecio de generaciones de espectadores por su calidez y estabilidad emocional.
Y si no hace de buen novio, hace de buen padre, como en A todos los chicos de los que me enamoré, donde interpreta al (también) comprensivo y (también) encantador papá de la protagonista. En definitiva, un tipazo en la pantalla.
“Durante la mayor parte de mi carrera he interpretado al chico bueno, al interés romántico con un corazón de oro. Me siento muy cómodo en esos papeles secundarios”, confesó a Guideposts.
El que volvió para quedarse.
Aidan Shaw fue pensado, en un principio, como un personaje de paso. Solo tres episodios le habían asignado en la tercera temporada de Sex and the City, como contrapeso emocional al tóxico (porque siempre lo fue) Mr. Big. Corbett casi lo rechaza. Pero el personaje se quedó. Era la clase de hombre que parecía estar diseñado para corregir los errores del pasado: cálido, disponible, romántico. Sin embargo, como el propio actor admitió en una entrevista con The New York Times, no todos los fanáticos (otros tóxicos) lo querían tanto.
Pero para el creador de la serie, Corbett tenía lo que pocos actores logran: una masculinidad relajada que lo hacía irresistible sin esforzarse. Justamente por eso, se ganó, con el tiempo, la fama de ser el bueno de la historia y hoy su papel no solo satisface la nostalgia de los seguidores, sino que también plantea interrogantes sobre segundas oportunidades y la evolución de las relaciones con el paso del tiempo.
“Profesión equivocada”.
A pesar del éxito laboral y después de más de tres décadas frente a las cámaras, Corbett confesó que se arrepiente de haber elegido la actuación como carrera. Durante una entrevista en el pódcast Fly on the Wall, conducido por los comediantes Dana Carvey y David Spade, se mostró sorprendentemente franco: “Estoy en el último cuarto del partido, en la vida y en el mundo del espectáculo. Y puedo admitirlo: elegí la maldita profesión equivocada”.
A sus 64 años, explicó que su desencanto con el mundo de la actuación viene de lejos. “Desde chico odio que me digan qué hacer”, aseguró. “Y elegí una profesión en la que me pasan la vida diciéndome ‘parate acá, decí esto, ponete esto otro, cortate el pelo así’. Uno se siente como una marioneta”.
Lo que más lamenta, dijo, es la falta de participación creativa: “No escribí ni una sola línea, ni un solo chiste. Así que en ese sentido, ha sido una vida laboral poco gratificante”.
Aunque goza de popularidad -“la gente me saluda en todos los restaurantes”- y vive con comodidad, Corbett señaló con cierta envidia la capacidad de otros actores, como Emma Stone, de involucrarse creativamente en sus proyectos. Él, en cambio, siente que su trayectoria estuvo marcada más por el cumplimiento que por la creación.
“Nunca quise ser una celebridad”, declaró una vez en una entrevista. Su bajo perfil no solo lo mantuvo alejado de los escándalos, sino que también reforzó su imagen pública como el hombre amable y sencillo que interpreta en la pantalla.
Más allá de la actuación, Corbett también encontró en la música una forma de expresión más libre. Con dos discos de country -el primero homónimo y el segundo titulado Leaving Nothin’ Behind- mostró un costado más personal, alejado de los guiones ajenos. Allí, como cantante y guitarrista, pudo escribir sus propias letras y elegir su propio ritmo. Tal vez esa experiencia explique por qué, pese a todo, nunca terminó de irse del espectáculo: porque, de una manera u otra, sigue buscando un espacio donde hacer oír su propia voz.