El casquillo del proyectil con el que se mató el expresidente Baltasar Brum llegó al Museo de la Presidencia

Junto a los proyectiles, también fue donada al Palacio Estévez la blusa que vestía su hermana Lira Brum cuando corrió a asistirlo, todavía manchada con la sangre de quien acababa de inmolarse en defensa de la democracia.

Suicidio de Baltasar Brum
El expresidente Baltasar Brum (sin sombrero) con dos armas en sus manos, poco antes del desenlace fatal.
Coleccion Caruso/Archivo El Pais

La historia había permanecido durante décadas bajo custodia de una familia. En una pequeña caja descansaban las balas que llevaba Baltasar Brum el 31 de marzo de 1933 y el casquillo del disparo con el que el expresidente decidió quitarse la vida frente al golpe de Estado de Gabriel Terra. Junto a ellas, cuidadosamente conservada, también sobrevivía la blusa que vestía su hermana Lira Brum cuando corrió a asistirlo, todavía marcada con la sangre de quien acababa de inmolarse en defensa de la democracia. Ahora, esos objetos dejaron el ámbito privado para incorporarse al patrimonio de todos los uruguayos.

El Museo de la Casa de Gobierno recibió en días pasados esa donación de manos de Joaquín Brum Requena, familiar directo del expresidente, a través de Laura Brum. Se trata de un conjunto de piezas de enorme carga simbólica e histórica que permitirá completar uno de los relatos más conmovedores que conserva el museo dedicado a la Presidencia de la República.

“Lo trajo para donar por voluntad propia. Tengo por allí la esquelita escrita a mano por Joaquín Brum Requena, diciendo: ‘quiero que esto lo lleven al Museo de la Casa de Gobierno del Palacio Estévez’”, relata a Domingo el director de la institución, Fernando Rodríguez Sanguinetti.

Hasta ahora, una parte de esa historia ya podía verse en la histórica casona ubicada junto a la Torre Ejecutiva: el proyectil extraído del cuerpo del expresidente, donado años atrás al Museo Histórico Nacional por la propia familia y trasladado luego al Palacio Estévez. La incorporación del casquillo y del resto de los proyectiles permite, en cierto modo, reunir nuevamente las piezas de aquel episodio.

“El plomo de esa bala ya está exhibido en el Museo de la Casa de Gobierno; ahora unimos las partes”, explica Rodríguez Sanguinetti.

Fernando Rodriguez
El director del Museo de la Casa de Gobierno, Fernando Rodríguez Sanguinetti, junto a los objetos recientemente donados.
Darwin Borrelli/Archivo El Pais

Habituado a las armas

La mañana del 31 de marzo de 1933, mientras el golpe de Estado encabezado por Gabriel Terra comenzaba a derrumbar el orden constitucional, Baltasar Brum tomó una decisión que cambiaría para siempre la historia política del Uruguay. Durante varias horas esperó, armado, frente a su casa de Río Branco 1394, entre 18 de Julio y Colonia. Confiaba en que la ciudadanía, los dirigentes de su partido y un grupo de militares leales acudieran a defender la democracia. Nadie llegó.

Cuando comprendió que estaba solo, caminó hasta el centro de la calle y se disparó en el pecho. Antes había dejado una frase que resumía el sentido político de su sacrificio: “Si vivo, la dictadura durará 20 años; si muero cinco”. Al respecto, Rodríguez Sanguinetti dice: “Fueron palabras proféticas, tenía razón”.

A casi un siglo de aquel episodio, el escritor Hugo Burel volvió sobre esas horas finales en La calle del sacrificio, la novela publicada a mediados de 2025 en la que reconstruye, a partir de una importante investigación histórica, el clima íntimo y político que precedió al suicidio del expresidente.

Para Burel, el arma con la que Brum terminó con su vida no fue un elemento circunstancial. Formaba parte de una relación construida durante años.

“El vínculo de Brum con las armas es importante”, afirma el escritor. “Se decía que era muy buen tirador, incluso cazando o montando a caballo. Antes de su muerte se había batido cinco veces a duelo con militares y políticos. Y alguna vez había disparado al suelo para no matar a su oponente. Sabía perfectamente lo que significaban las armas y el poder que tenían”, comenta a Domingo.

Aquella experiencia fue determinante en el desenlace. Según explica Burel, Brum conocía con precisión la forma de efectuar un disparo mortal.

“Él tenía claro cómo tenía que poner el arma y la manera de hacerlo para no errar”, señala. Y agrega: “Incluso le había comentado a alguien cómo debía colocarse un revólver para dispararse. Con la mano izquierda armaba una especie de apoyo con el pulgar y el índice, y sobre esa base apoyaba el caño sostenido con la mano derecha. Sabía perfectamente cómo hacerlo para no fallar”.

Lo de Brum no fue un impulso improvisado. Durante toda la jornada había permanecido armado, junto con algunos amigos y seguidores. A primera hora incluso había rechazado a tiros el intento de dos comisarios de detenerlo. Las fotografías tomadas ese día lo muestran sosteniendo uno o más revólveres frente a la puerta de su casa, convertido en el último defensor visible de un gobierno que ya había sido desplazado por la fuerza.

“Esos revólveres que él tiene en la mano en las fotos ya se habían usado”, recuerda Burel. “Se sabía que era un hombre capaz de usar un arma y que sabía hacerlo. La hipótesis del suicidio y del uso de un arma contra sí mismo están presentes desde el momento en que pasa toda esa situación con las armas en la mano”, añade.

Paradójicamente, pese a la gran cantidad de fotógrafos y camarógrafos presentes, nadie registró el instante exacto del disparo. “Hay una cantidad enorme de testimonios fotográficos e incluso fílmicos de ese día, pero no existe una sola imagen del momento del disparo”, explica el autor, quien cree que la casa de Brum, que todavía existe, debería destinarse a la creación de un Museo de la Democracia.

Articulos de Baltasar Brum en el Museo de la Casa de Gobierno
La parte que faltaba. El Museo ya tenía el plomo que se quitó del cuerpo de Brum.
Darwin Borrelli/Archivo El Pais

Memoria presidencial

Rodríguez Sanguinetti adelanta que el Museo de la Presidencia de la República proyecta dedicar una vitrina específica a Baltasar Brum para reunir todos los objetos vinculados a su figura y contextualizar su inmolación como un acto de defensa de la libertad y la democracia.

La llegada de estas piezas no constituye un hecho aislado. En los últimos años, distintas familias de expresidentes y protagonistas de la vida política nacional han decidido confiar al museo objetos personales que ayudan a reconstruir la historia desde una perspectiva más humana.

Entre las incorporaciones más recientes figuran donaciones del expresidente Julio María Sanguinetti; de la familia de Jorge Batlle, que entregó, entre otras piezas, un importante óleo, ropa y los floretes y la careta que utilizó en la práctica de la esgrima; de los descendientes de Venancio Flores, quienes cedieron armas y efectos personales; y de la familia de Claudio Williman.

Para Rodríguez Sanguinetti, ese gesto responde a la confianza que las familias depositan en un museo que recibe más de 30.000 visitantes al año, en su mayoría escolares. Una institución cuya creación él mismo impulsó y que, de una manera u otra, ha tutelado desde 1999 sin importar el color político del gobierno.

“La gente con mucha generosidad nos da los objetos y quedan exhibidos al público. En vez de estar en un placard o en un ropero, quedan protegidos por el Estado y puestos en valor. A diferencia de otros museos, prácticamente no tenemos nada en depósito”, sostiene quien espera que familiares de expresidentes como José Mujica o Tabaré Vázquez, entre otros, acerquen al Palacio Estévez objetos que pertenecieron a los mandatarios.

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