Deisy Binagui (40 años) era una docente de literatura que por una necesidad de hacer algo con sus manos comenzó a experimentar con el cuero de una forma muy amateur. “Y un día alguien me compró mi primera cartera”, recuerda del momento en el que el hobby se convirtió en algo más. “Alguien más iba a tener lo que yo estoy haciendo”, pensó y se llenó de preguntas. Fue el punto de partida para construir un camino que cambió por completo su perspectiva laboral y que en pocos días la tendrá por primera vez dictando un taller fuera de fronteras.
Pero para entender un poco más por qué esta historia es especial, hay que decir que su protagonista nació en Melo (Cerro Largo). Se sabe que en el interior del país hay algunas cosas que cuestan un poco más y eso lo tuvo claro Deisy desde el momento en que eligió qué iba a estudiar.
Su primera opción fue transformarse en docente, primero por temas económicos. “Vengo de una familia de bajos recursos y en ese momento no se hablaba mucho de becas o posibilidades para que la gente del interior se fuera a estudiar a Montevideo, que era mi intención. Lo que podía hacer era conseguirme una beca para estudiar en Rivera y eso hice”, recuerda sobre el primer desarraigo que tuvo que enfrentar.
Lo segundo que la llevó a elegir la docencia fue que amaba el arte. “No sabía que me gustaba enseñar, pero sí que me gustaba leer, entonces pensé en literatura como una buena opción”, explica en charla con Domingo.
Ya recibida trabajó en el sector público y en el privado, en liceos y en UTU, tanto en Melo como en Montevideo. Pero paralelamente comenzó a probar con algo que le daba mucha curiosidad: la artesanía en cuero.
“Sentía que mi creatividad pedía expresarse desde otro lugar, más tangible tal vez. Pensé en el cuero como una opción por su nobleza, su durabilidad, la belleza que observaba en lo que es el material. Entonces, al mismo tiempo que daba clases, empecé a crear mis primeras piezas en cuero”, relata.
Fue ahí que apareció esa primera clienta. Eso hizo que se propusiese seguir preparándose y una vez a la semana se iba de Melo a Montevideo a realizar un curso en un instituto privado. “Aprendí a hacer determinados modelos de carteras y mochilas. Eso fue como el comienzo”, señala quien previo a eso había intentado cursar arte textil en UTU, pero le surgieron trabajos y no pudo continuar. “Fui solo una semana, pero me sirvió para saber con qué herramientas básicas se trabajaba”, apunta.
Con sus primeros conocimientos creó la marca Arte en Cuero Day, que con el tiempo se transformaría en Day Leather Design. El nombre derivó de un error que cometió el diseñador gráfico al que le encargó un logo para su emprendimiento. Pensó que su nombre se escribía con “a” y cuando Deisy vio su propuesta le encantó, así que no lo corrigió. “Me gustó cómo quedó visualmente y me gustó que la palabra en inglés, día, tiene que ver con la luz. Tenía muchas vetas, así que lo dejé así”, comenta.
Entonces llegaron más ventas y la artesana comenzó a sentir que esa tarea la revalorizaba. “Ver un producto hecho con mis manos, que tuviera vida en otras personas, me llenaba de orgullo. Entendí que eso me hacía bien”, destaca de lo que considera fue el punto de inflexión.
Aunque faltaba una sorpresa más, que se daría unos años después. “Una persona me preguntó si me animaba a enseñarle a hacer lo que yo sabía hacer. Entonces me dije ‘si soy docente, sé de didáctica, sé enseñar, ¿por qué no? Ahí fue que nació Day Taller de Arte”, cuenta.
Las clases comenzaron siendo en la cocina de su casa en Melo, con apenas un martillito, un pedacito de madera y un par de sacabocados. Con el tiempo su madre falleció y un vacío se apoderó de Deisy que la hizo decidir su mudanza a la capital del país, cuando tenía 33 años.
“En Montevideo me empezó a pasar que la gente de Melo que había visto mi trabajo como docente de cuero, me pedía que volviera. Además se sumaron personas de Tacuarembó, Treinta y Tres, Rivera, Salto… para pedir talleres puntuales”, recuerda sobre lo que fue el disparador de los talleres intensivos de un día en los que enseñaba a hacer una cartera sin conocimientos previos.
Se armaba su valija con las herramientas, se tomaba el ómnibus y recorría distintos puntos del país, a veces caminando largas distancias a pie. Así estuvo un par de años, viviendo un montón de peripecias hermosas, pero en una rutina que se volvió insostenible por el sacrificio que implicaba.
Eso la decidió a afincarse en Montevideo y que fueran las interesadas las que acudieran a su encuentro. Y le volvió a ir bien.
En esa época la convocaron para dar clases en una escuela de diseño, lo cual le permitió no solo mejorar su posicionamiento y ganar visibilidad, sino conocer Punta del Este porque la enviaban a dar clases allí. “Me enamoré del lugar por su entorno natural, su tranquilidad y la energía. Eso hizo que decidiera mudarme”, relata sobre lo que terminó siendo su destino final y desde el cual hoy desarrolla todo su emprendimiento.
El taller
“El trabajo es totalmente artesanal, no utilizamos máquinas de coser”, explica Deisy sobre las características tanto de los talleres intensivos de un día como de las clases anuales que dicta en Punta del Este, a los que el año pasado sumó la modalidad online para llegar a interesados de todo el país.
Sus alumnos son, en su mayoría, mujeres, de 20 años en adelante. “Mi alumna más longeva tiene 85 años”, dice y agrupa a su público en tres tipos: las más jóvenes, que quieren crear su propia cartera por moda o tendencia; las que están entre los 40 y los 60 años, que buscan un espacio que salga de una rutina que no las tiene muy felices, y las jubiladas, que necesitan reencontrarse con algo creativo y seguir haciendo cosas en su vida.
Muchas incluso se han vuelto emprendedoras luego de los talleres, llegando a colocar productos en el exterior. “Me animaría a decir que el 70% de mis alumnas emprende”, destaca orgullosa.
Todo eso lo refleja en sus redes —@daytallerdearte en Instagram—, que son clave para su comunicación. “Hace poco me escribió una persona de Colombia, lo que quiere decir que el taller se está expandiendo como deseo”, apunta ilusionada.
Deisy sigue confeccionando carteras, billeteras, cintos y materas, pero lo hace más como un hobby porque su principal objetivo hoy es enseñar a otros.
En esa línea tiene dos sueños que van un poco de la mano: el primero es poder contar con un local para dictar sus talleres —hoy son en el living de su apartamento en Punta del Este— y el segundo es crear una escuela que reúna a otros docentes que enseñen a trabajar otras facetas del cuero (a máquina, pintado, guasquería).
Por el momento, se queda con que quienes concurren a sus clases no hacen solo una cartera, sino que se reencuentran consigo mismas y con la pasión, una palabra que le gusta mucho. Incluso le confiesan que por ese rato se llegan a olvidar de los problemas que atraviesan y son felices.
“Mi mayor satisfacción es recibir esos mensajitos en los que me dicen que el taller les sirvió porque en ese momento de sus vidas encontraron una expansión positiva. Porque no es un escape, es un reencuentro con uno mismo. Eso me parece muy valioso… es lo más valioso en realidad”, concluye.
La extraña propuesta brasileña
En unos días, Deisy estará dictando por primera vez un taller fuera de fronteras. Será en Tapes, una localidad cercana a Porto Alegre.
“Todo empezó porque una asesora de imagen brasileña estaba buscando una cartera roja. Buscó en Google, le saltó mi Instagram y empezó a seguirme”, cuenta la artesana.
Un día le escribió para proponerle organizar un evento juntas. “En ese momento no le vi mucha credibilidad, me pareció un poco volado todo. Entonces le dije que sí, pero no le di mucha más importancia”, recuerda.
Todo cambió cuando la asesora viajó especialmente a Montevideo para hacer un taller con Deisy y ajustar detalles. “La propuesta era demasiado ambiciosa y la verdad que me dio miedo porque era un plan para recorrer diferentes puntos de Brasil haciendo talleres”, dice sobre lo que implicaba un gasto importante de dinero y una logística que escapaba a su imaginación. “Mi cerebro como que colapsó porque no estaba preparada para algo tan grande y le dije que no”, confiesa.
La asesora no se dio por vencida y meses después le planteó una propuesta más adaptada a lo que Deisy podía afrontar. Le dijo: “Te ofrezco el lugar para dar el taller, no lo tenés que pagar, y te voy a buscar a la frontera con Yaguarón para que no llegues sola. O sea, te doy todas las facilidades para que pruebes cómo te sentís y veas si podemos seguir con propuestas más grandes”.
Ya no hubo forma de negarse y es así que el jueves estará emprendiendo viaje a Brasil para dar su taller el 2 de agosto.
“Aparte de la experiencia de estar en otro país, es el desafío de enseñar en otro idioma”, destaca quien viaja con el plan de enseñar a hacer una mini bandolera.
“La idea es en realidad mostrarme, mostrar mi trabajo y así irme posicionando de a poco”, señala con una mezcla de entusiasmo y temor que la tiene muy movilizada.