Detrás del perfil de Instagram de Sol Korra, donde aparece un sinfín de ilustraciones de personajes de animación y videojuegos, hay una dibujante y animadora uruguaya llamada Sol Ferrari. Es una de esas profesionales que ha logrado abrirse camino en la industria fuera del país, pero sin llamar la atención. En sus redes sociales publica relativamente poco, porque prefiere enfocarse en su trabajo y evitar la autopromoción.
A sus 28 años, su actitud, sumada a un discurso muy decidido acerca del trabajo, parece ser una demostración más de que la generación sub-30 tiene mucho para ofrecer. En su caso, además, muestra humildad. “No considero que por ser de Uruguay y trabajar para la industria japonesa la gente deba pensar que soy una súper ilustradora”, dice desde Lima, donde vive temporalmente y trabaja con su propio estudio de animación, Ninakami. “Soy una gurisa que labura, que ha tenido suerte y que ha dedicado mucho tiempo a seguir adelante”, agrega.
Tal vez haya más que suerte en este recorrido vital y profesional que ha atravesado: una ruta que conecta Santa Lucía, en Canelones, con estudios de animación de Kioto y la fundación de un estudio que se proyecta hacia el continente. Por algo, más allá de los servicios que ofrecen a otros estudios, su proyecto insignia es la serie animada Apukunapa Kutimuynin, el regreso de los dioses: un anime puro y duro, pero con historia latinoamericana. Poco a poco, esta producción va tomando forma y generando expectativa.
Generación pandemia.
Si bien hoy su rol es el de directora de animación y está al frente de un equipo repartido entre varios países, la vocación de Ferrari surgió en un ámbito mucho menos tecnológico de lo que cabría imaginar. “Yo soy una gurisa de campo, básicamente”, explica.
Sin computadora y con el dibujo como única herramienta, sus primeros pasos en la animación fueron completamente artesanales. Las ceibalitas no le tocaron en la escuela, por cuestión de edad. Cuando el Plan Ceibal llegó a su liceo, Internet se convirtió en su ventana al mundo, y la serie Avatar: la leyenda de Aang en su obsesión técnica.
“Empecé a bajarme clips de esa serie y a estudiar cómo resolvían todo. Hacía mucha animación en papel. No tenía mesa de animación, pero calcaba con la ventana. Le sacaba fotos con la ceibalita y hacía mi edición ahí”, cuenta.
Esa etapa de formación autodidacta fue respaldada por su madre, quien, a pesar de las limitaciones económicas, respetó su elección por las artes y la ayudó a la hora de proyectarse. “Mi mamá me decía: 'Si estudiás ingeniería no vas a poder dibujar más, vas a estar metida en eso nomás'. Es una mujer con visión”.
Así que consiguió una beca por vocación en la Fundación Chamangá, gracias a la cual pudo estudiar en el instituto Animation Campus, bajo la tutoría de referentes como Sanopi. Después, Ferrari comenzó a trabajar en el mercado local en proyectos como la premiada serie Dos Pajaritos, de Alfredo Soderguit.
Sin embargo, el verdadero salto profesional ocurrió en 2020. “Yo me considero de la generación de la pandemia, porque fue una etapa en la que se me abrieron caminos que no esperaba. Pude brillar y tener oportunidades sin salir de mi país. Las empresas cerraron sus puertas físicamente y ya no importaba dónde estuvieras”, explica a Domingo.
Aquel contexto, perjudicial para muchos, generó condiciones que le permitieron conseguir contratos como freelance para productoras estadounidenses, trabajando en franquicias animadas como Tomb Raider y King Kong. De ahí a trabajar en un anime como Mushoku Tensei transcurrió relativamente poco tiempo, entre viajes inesperados.
Estadía en Japón.
El compañero de Sol es peruano, así que su primer salto desde Uruguay fue hacia ese país, en viajes de ida y vuelta en más de una ocasión. Él consiguió la oportunidad de estudiar una maestría en producción en Kioto, muy cerca de la industria del anime. Estando allí, Sol recibió una propuesta de Studio Bind que le permitió dar sus primeros pasos laborales en el anime y conocer los códigos, procesos y normativas que regulan esa maquinaria.
Con ese estudio pudo ser parte de los equipos de trabajo de animes como el nuevo Samurai X (Ruroni Kenshin). “Nos metimos en la médula del asunto para estudiar cómo podíamos adaptar esa forma eficiente a Latinoamérica”, cuenta ahora, como conclusión sobre esa etapa de vida en Japón, que duró dos años.
Vivir en Kioto le permitió experimentar la disciplina de una industria que ha conquistado al mundo. Por otra parte, tuvieron que aprender a convivir con códigos sociales ajenos a los latinos. “Es muy difícil llevar una amistad japonesa tal como la entendemos acá. No hay espontaneidad: si querés encontrarte a charlar con alguien, tenés que acordar la salida con un mes de antelación”, señala.
Pese a la distancia afectiva, la experiencia profesional fue muy valiosa. Pudo observar que, a diferencia del modelo estadounidense, en el que se “emparchan errores con dinero”, el sistema japonés se caracteriza por una detallada previsión financiera. “La planificación y la distribución de recursos es mucho más efectiva, y eso hace que sea más fácil mirar al futuro. Desde que tenés el guion, podés calcular cuánto va a salir la producción y cuánto va a demorar. Es muy difícil que tus errores sean graves en términos de dinero”, señala.
Ninakami.
Ninakami, su estudio, busca construir una industria comercial estable. El equipo es totalmente remoto y cuenta con animadores de Chile, Argentina, Uruguay y Colombia. “Si hay un montón de gurises que tienen capacidades fuertes para laburar de esto, ¿por qué no buscar la forma de que la industria sea real?”.
En su proyecto Apukunapa Kutimunyin trabajan mucho en los códigos visuales del anime y, al mismo tiempo, en reflejar una idiosincrasia latinoamericana compartida. “Un gringo o un europeo no termina de entenderlo, pero un latino puede comprender la sensación de estar en un callejón oscuro en Ciudadela de noche. Esa sensación se esparce por toda la región”, dice.
Ninakami se financia mediante el trabajo para estudios japoneses y la venta de merchandising propio. “Cuando salió el primer video de nuestra serie, la gente preguntaba dónde donar, y nosotros no aceptábamos donaciones. Si me demoro, la gente empieza a hablar mal. En cambio, si te vendo una remera o un sticker, al menos te llevaste algo, y yo gané un poco para reinvertir en seguir desarrollando mi serie”, cuenta.
Migrante, pero siempre con un pie en su país, Sol se esfuerza por afirmar que el talento regional no tiene por qué fugarse. Si su plan sigue creciendo a mediano plazo, con más y más trabajos para sus equipos de Ninakami, su experiencia podría convertirse en la base de una pequeña industria que alimente a otros países sin dejar de hablar español.