Hace 17 años vive en Polonia. Pero la historia de Victor Portugal empieza lejos de ahí, en una Paysandú de los años 90, cuando el tatuaje todavía era un territorio extraño. Tenía 16 años cuando vio este arte por primera vez, durante una Semana de la Cerveza. En un contexto ajeno a esa práctica, la experiencia fue reveladora. “Quedé fascinado, fue como ‘wow’”, recuerda en charla con Domingo desde Cracovia.
Esa misma tarde, en la que se tatuó por primera vez un pequeño dragón, volvió a su casa y armó una máquina casera. “Me hice ese tatuaje y pénsé: ‘esto no parece tan complicado’. Empecé a tatuar a mis amigos y ahí arrancó todo; aunque claro, después cuando uno se pone a investigar, se da cuenta que es un universo”.
Lo que empezó como un experimento adolescente se convirtió en una práctica constante. Con materiales improvisados y poco acceso a información, aprender implicaba inventar. En ese proceso, casi sin proponérselo, fue construyendo un lenguaje propio que, décadas después, lo llevaría a convertirse en uno de los tatuadores uruguayos más reconocidos a nivel internacional.
De idea a certeza
Un año después de ese primer contacto con el tatuaje, Victor dejó Paysandú y se instaló en Montevideo. Durante tres años trabajó en la Galería Jardín, un espacio clave de la escena rockera de la década de 1990. Allí fue consolidando su práctica.
El salto siguiente fue geográfico, pero también simbólico. En 1999 viajó a Europa. Su primera parada fue Londres. “Imaginate, para alguien que viene de Paysandú irse a Londres en los 90. Me voló la cabeza, fue increíble”, recuerda. Esa experiencia, aunque breve, abrió un horizonte. Luego se instaló en Barcelona, donde permaneció por más de una década.
La diferencia con Uruguay no era solo cultural, sino también técnica. Antes de encontrarse con una escena más desarrollada en Europa, Victor ya se había formado en la práctica. De ahí nace su estilo, hoy tan reconocible. “En Paysandú no había materiales; solo tinta china y agua. Tenías que crear con eso. Empecé en gris y negro de forma forzada”, relata, sobre el black and grey, un estilo que en su caso estuvo atravesado por influencias del metal, el surrealismo y artistas como H.R.Giger, el suizo que diseñó la icónica criatura para la película Alien, de Ridley Scott.
“No lo llamo realismo porque no hago retratos, ni horror. Lo que hago no es desagradable, si bien sabemos que hay gustos para todo y, si le preguntás a mi abuela, te va a decir: ‘No, qué horrible eso, m’hijo’”, comenta el tatuador entre risas. “Pero, bueno, es lo que me gusta hacer y hay público. Admiro a la gente que trabaja con color, pero me siento más cómodo con este otro estilo. Es un universo propio, más oscuro”.
Con la perspectiva que le da el tiempo, observa cómo cambió la escena en los últimos años. El pasaje de una práctica marginal a un fenómeno masivo es, para él, uno de los giros más evidentes.
“El tatuaje pasó de ser algo de nicho a algo mainstream. El mercado se saturó y ahora está bajando; por eso, muchos estudios están cerrando. No es un oficio fácil; hay que dedicarle tiempo completo, dibujar y crear para perdurar”, afirma quién identifica también una bifurcación dentro del rubro. “Veo dos ramas: tatuadores muy buenos que se vuelven más underground y otros que van más hacia producir contenidos en redes como TikTok”.
Por otro lado, estos cambios se notan también en el vínculo con el cliente, donde se suman hoy nuevos elementos como, por ejemplo, la inteligencia artificial.
“Algunos creen que todo lo que aparece con la IA es posible. Pero no es así. Hay ideas que se ven bien en una pantalla, pero cuando las pasás al cuerpo cambia todo: hay anatomía, músculos, tendones, huesos. Cada cuerpo es diferente”, detalla. Y suma: “Me gusta cuando traen la idea, porque uno nunca sabe; a veces pueden ser ideas muy buenas, a veces no. Y ahí es cuando uno, como profesional, tiene que aconsejar. A veces hay que decir: ‘No, mejor no te hagas esto’”.
En paralelo, advierte sobre nuevas prácticas que encienden algunas alertas. Una de ellas es el uso de anestesia general para realizar tatuajes de gran escala en una sola sesión, una tendencia que ganó visibilidad en los últimos años, sobre todo en circuitos ligados a la exposición mediática y las redes. Casos recientes reportados en Estados Unidos y Europa —incluyendo complicaciones graves y al menos una muerte asociada al uso de anestésicos en sesiones prolongadas— encendieron alarmas en la comunidad médica y entre tatuadores.
“Es una moda reciente y peligrosa. No la comparto. El proceso requiere tiempo y control. Las sesiones pueden durar de seis a ocho horas y hay tatuajes que exigen más de 10 sesiones. Hacer todo en un único día con anestesia puede generar desastres”, alerta.
Más allá del riesgo médico, su crítica apunta también a la lógica que subyace a esa práctica: la aceleración de un proceso que, históricamente, estuvo ligado al tiempo, al cuerpo y a la experiencia.
Dejar una huella
El trabajo de Víctor no solo se consolida en la piel de sus clientes, sino también en herramientas. En sus comienzos, ante la falta de máquinas adecuadas, diseñó las suyas. “No existía una máquina de sombras, entonces desarrollé una que se adaptara a mi forma de tatuar. Después empecé a hacer máquinas para vender”, cuenta quien hoy tiene su propia línea de productos que incluyen máquinas y agujas.
A ese desarrollo se sumó también una línea de tintas basada en su propia investigación sobre escalas de grises. “Cuando empecé, inventaba todas las disoluciones, las distintas graduaciones de grises, y eso no existía”.
El resultado fue inesperado. “En 2015, una marca de Estados Unidos quiso lanzarlo al mercado. Estuvimos trabajando dos años hasta llegar a lo que queríamos. Lo hicieron y la verdad fue un éxito. Fue el set de tinta más vendido en todo el mundo”, cuenta.
El tatuaje pasó de ser algo de nicho a algo mainstream. El mercado se saturó y ahora está bajando; por eso, muchos estudios están cerrando. No es un oficio fácil; hay que dedicarle tiempo completo, dibujar y crear para perdurar.
Echar raíces
A Cracovia llegó por motivos personales. Allí construyó su familia y encontró su lugar en el mundo. “Tiene casi un millón de habitantes y, de alguna manera, me recuerda a Montevideo. Es una cultura distinta, pero muy acogedora”, dice.
A eso se suma una dimensión más íntima: aunque está situado en un polo cultural, vive a 20 minutos del centro, rodeado de naturaleza. “Vivo donde empiezan las montañas, en el bosque. No tengo vecinos. Me encanta el lugar”.
Desde allí, su trabajo circula por el mundo. Participa en convenciones, viaja constantemente para tatuar, sobre todo a Estados Unidos, y mantiene un vínculo activo con Uruguay.
“Es siempre un honor volver. Cuando regreso a Sudamérica me doy cuenta del alcance que tuvo mi obra, de cómo influencié a generaciones. En su momento no era tan consciente, pero después, con las redes sociales, la gente empezó a escribirme, a agradecer, a hacer artículos. Ahí entendí todo lo que había construido a lo largo de los años”, comparte.
Pero, lejos de pensar su camino como un punto de llegada, se posiciona en movimiento. “Me enamoré del tatuaje y fui creciendo paso a paso. Hoy miro para atrás, veo todo el recorrido, y sigo con ganas de aprender, crear, evolucionar”, dice quien, frente a un campo cada vez más masivo, marcado por tendencias y por las redes, sostiene una mirada colaborativa del oficio.
“A mí me gusta compartir el conocimiento. Para que todo siga creciendo y evolucionando hay que aportar también”, cierra.