De Océano FM a ser la voz de grandes plataformas y guiar a veteranos de guerra en momentos críticos de su vida

Simone Fojgiel fue parte de la época dorada de Océano FM, grabó para grandes marcas de todo el mundo, se mudó a los Estados Unidos por amor y fue pionera en trabajar con la inteligencia artificial.

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Simone Fojgiel.

Fue el momento en el que le estaba dando una segunda oportunidad a la carrera de Comunicación Social tras una crisis vocacional. Su profesor de radio, Gustavo Rey, planteó un ejercicio en clase sin que Simone Fojgiel (58 años) imaginara que, en realidad, estaba haciendo un casting de voces para una FM que se estaba armando. Terminó siendo una de las principales figuras de Océano FM, la universidad —según ella misma la define— que le dio las herramientas para que saliera a conquistar el mundo de la locución.

Simone ya había tenido un coqueteo con la radio, pero desde su faceta de melómana y niña prodigio que tocaba el piano de oído con tan solo 4 años. Su abuelo tocaba el violín de oído, sus dos hermanas mayores, el piano, y con ellas Simone iba a clases de este instrumento. Pero se aburría mucho, ella quería componer. Su padre confiaba ciegamente en su talento y la llevaba a tocar el órgano a Guitarreada, el programa de Julio Frade en Canal 4. Luego le compró un órgano Hammond y, más adelante, un Yamaha de dos pisos. “Era mi sueño; tocaba cuatro horas por día”, recuerda de la niña que vivía en Brazo Oriental.

“Tuve la suerte de tener dos padres muy metedores, hijos de inmigrantes polacos. Mi madre fue pediatra recibida con honores, y mi padre, sin tener un título de contador, terminó dirigiendo el Departamento Contable de Alpargatas. Llevo en la sangre esa condición judía de la que cada día me siento más orgullosa”, subraya.

La radio

El afán por componer hizo que Simone se animara a crearle una canción a Ana Rosa para La mañana de Del Sol, programa del que era oyente. “Conocer a Ana Rosa fue como conocer a mi estrella de rock. Yo tenía 22 años y fue en el período que había dejado la carrera”, cuenta. Ese tema musical, al que le hizo todos los instrumentos en un sintetizador, fascinó a los dueños de Del Sol y terminó por convertirse en la cortina del espacio.

Fue su primera experiencia componiendo; con los años llegarían jingles y hasta la música para un documental.

Pero volvamos a la radio porque Simone soñaba con trabajar en este medio. Océano le estaba dando la oportunidad y no la desaprovechó. “Era de madera, me tuvieron que entrenar mucho”, confiesa, y menciona a Daniel Echegorri como su gran maestro. “Gustavo Rey ayudó a que me vieran, pero el que me formó como locutora de verdad fue Daniel. Somos grandes amigos hasta el día de hoy”, señala de quien la alentó a inscribirse en la Sociedad Uruguaya de Actores (SUA) y con el que luego fundó la Asociación de Locutores Profesionales del Uruguay (APU).

De Océano se fue y volvió (a radio Sarandí). En Océano trabajó con Petinatti, a quien conocía de niña por ir ambos al colegio Yavne y ser parte de una organización juvenil que le dio muchos de los amigos que mantiene hasta la actualidad. Y en Océano se topó con Pablo Lecueder, el hombre que como jefe le brindó toda la libertad que quería para trabajar. “Le gustaba mucho cómo yo programaba”, dice recordando que lo enfrentó para demostrarle que no estaban pasando la música que la gente quería escuchar.

Así nació Rumbo a las estrellas, el programa que condujo durante 13 años y que terminó por transformarse en el buque insignia de la radio cuando Petinatti se fue. Ahí se volvió experta en “pisar temas”. “Me había comprado un walkman made in Japan, me grababa y me escuchaba en el ómnibus rumbo a Facultad. Quería aprender a escabullirme entre los instrumentos para darle relevancia a la presentación sin abandonar la pasión por el tema musical”, explica.

Vivió la época dorada de Océano FM, esa en la que los oyentes sintonizaban desde Alejandro Weinstein hasta Caras y más caras y en que La Noche de la Nostalgia era la gran fiesta del 24 de agosto. Simone incluso condujo la previa. Pero pasa que todo lo bueno se termina o se va desgastando, y en 2004 la comunicadora supo que era tiempo de partir porque la radio había cambiado mucho.

En ese entonces ya estaba de novia con Alejandro, un uruguayo que se había ido a vivir a los Estados Unidos y que la escuchaba como válvula de escape en un país en el que se sentía muy solo y con un matrimonio a la deriva. Ya separado, vino a verla al Uruguay justo en el momento en que Simone perdía a su madre. “Fue un regalo que mamá me mandó”, dice y se le quiebra la voz. Esa noche salieron y comenzaron su relación.

Durante tres años fue un noviazgo a la distancia. Hasta que en una de las visitas que le fue a hacer a Milwaukee, la frenaron en el aeropuerto de Dallas donde un oficial cubano comenzó a cuestionarle sus viajes constantes. “Decile a tu novio que se deje de jorobar y que te pida matrimonio porque así no podés seguir”, le espetó el otro funcionario que la interrogaba y eso aceleró un casamiento que ya se venía hablando. “Nada de arrodillarse estilo yankee con el anillo preparado”, apunta entre risas. Gracias a esta unión obtuvo la Green card y años más tarde se hizo ciudadana estadounidense. Se separó en 2017 en buenos términos.

El despegue

Otra oyente de Océano sería la que marcaría un antes y un después en su carrera profesional. “Una amiga visionaria totalmente, una ingeniera en telecomunicaciones que un día me mandó un mail con un link de un banco de voces y me puso ‘este es tu futuro’”, recuerda Simone.

Se puso a investigar sobre el tema y se quedaba hasta las 5 de la mañana estudiando el mercado estadounidense. Echegorri le armó un estudio en la casa de sus padres y comenzó a ofrecer servicios de locución, traducción —el inglés es su segunda lengua y tuvo mucho que ver un año de intercambio en Estados Unidos que marcó su adolescencia— y redacción creativa.

“Sentía que los locutores que grababan en español lo hacían en un español americanizado, mal conjugado, totalmente tergiversado”, comenta.

Con apenas tres clases de español neutro se armó su website, colgó sus audios y, “de pura careta”, según dice, comenzó a enviar mails a todos lados.

Por su primer trabajo cobró US$ 50; tiempo después estaba ganando US$ 35.000 por grabar una suerte de Google Maps oficial para el estado de Florida. Fue en esa época que decidió mudarse a los Estados Unidos y empezó a ir a congresos de locución. Le llamó mucho la atención que era de las pocas latinas, así que le propuso a uno de los organizadores crear un capítulo hispano y hacerlo internacional. A los dos años la convocó y juntos lo hicieron realidad con mucho éxito.

“A mí me abrió mucho la cabeza ver cómo el locutor estadounidense nunca considera al otro como un enemigo o rival. Siempre ve al otro como una oportunidad de aprender y de ayudarse”, destaca.

En el currículum de Simone figuran trabajos para Amazon, Google, Meta; campañas gubernamentales como la de Florida; locuciones para Cartier, Saks Fifth Avenue, American Airlines y L’Oreal, por solo nombrar algunos. También ha grabado audiolibros.

El trabajo más grande que hizo hasta el momento fue una suerte de inteligencia artificial para la Asociación de Veteranos de Guerra de los Estados Unidos. “Traducía, grababa, editaba, procesaba los audios con todas las especificidades técnicas, subía todo…”, describe sobre el proyecto en el que su voz va guiando a los veteranos en los pasos a seguir ya sea padezcan problemas de salud mental, adicciones o un cáncer terminal. “Mi voz debía acompañarlos de la forma más humana y eficiente posible”, acota.

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Simone Fojgiel.

El regreso

¿Por qué a alguien que le iba tan bien en los Estados Unidos, llegando a ganar cuatro Voice Arts Awards —considerados los Oscar de la locución—, decidió retornar al Uruguay? La pandemia tuvo que ver. “En esa época estaba en el sur de Florida y el único ser al que me abracé durante un año fue mi perra”, rememora. Extrañaba mucho a sus afectos, necesitaba recuperar esa contención.

“Para mí volver al Uruguay en lo afectivo fue increíble; en lo laboral fue una decepción”, lamenta quien estuvo en conversaciones para una posible vuelta a Océano, además de mantener charlas con otras radios y ofrecerles también un producto de branding sonoro. “Nunca pasó nada. Me dolió y me duele mucho”, confiesa.

Tampoco prosperaron sus propuestas en los 10 meses que ejerció la presidencia de APU, por eso renunció tanto al cargo como a la asociación.

Hoy sigue trabajando con éxito para el exterior, además de dar clases y desarrollarse como empresaria de la locución. En este último rol arma demos comerciales, políticos y narrativos, y maneja la carrera de locutores de todas partes del mundo.

“Yo me quedo en Uruguay y es una decisión inamovible, no me pienso ir”, asegura a pesar de su desilusión. “Lo que me une al país son mis afectos, mi familia, mis amigos y estar viviendo así de tranquila. Amo lo que hago y siento que tengo mucho para ofrecer”, remarca como haciendo un último intento para lograr acá ese respeto y reconocimiento que fuera de fronteras nadie discute.

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Simone Fojgiel con sus cuatro Voice Arts Awards.

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