Hay nombres que sobreviven en las calles de Rivera, en placas, rincones y monumentos. Está el busto de Agustín Ramón Bisio tallado en piedra, un bronce de Olyntho María Simões y un Rincón de los Poetas. Pero un día, después de más de dos décadas trabajando como arquitecto en planificación urbana, Leonidas Bayo, actual director de Cultura de la Intendencia de Rivera, reparó en una paradoja: los homenajes seguían ahí, pero comenzaba a borrarse aquello que pretendían recordar.
“Si me paraba a preguntarle a la gente quién era el señor de determinado busto, ese conocimiento se estaba empezando a olvidar”, cuenta.
De esa preocupación nació Rivera escribe y su primer gran proyecto: una colección que recupera 15 obras de escritores riverenses del siglo XX, autores cuyos libros hoy son prácticamente imposibles de comprar y, en algunos casos, difíciles de encontrar incluso en bibliotecas.
La selección quedó en manos de la docente de literatura Alejandra Rivero y buscó reconstruir distintas generaciones y vertientes de una tradición literaria que, a lo largo del siglo pasado, fue encontrando una voz propia. En sus comienzos, explica Rivero a Domingo, convivieron al menos dos grandes líneas. Por un lado, escritores como Lino Aranda Correa, Luis María Techera y María Luisa Larena desarrollaron una literatura más intimista, reflexiva y existencial. Por otro, autores como Agustín Ramón Bisio y Olyntho María Simões dirigieron la mirada hacia el entorno social y cultural de la frontera.
Así, los libros recuperados no solamente permiten reconstruir una historia de la literatura local: también muestran las distintas maneras en que Rivera fue narrándose a sí misma. Por ejemplo, Brindis agreste, publicado por Bisio en 1947 y considerado por Rivero una obra fundacional de la poesía fronteriza uruguaya, convirtió la vida cotidiana, las costumbres y los paisajes del norte en materia poética y dio lugar en sus versos al portuñol. La sombra de los plátanos, de Simões, hizo algo parecido desde otro registro: construyó una suerte de biografía poética de la ciudad, atravesada por sus paisajes, sus costumbres y el paso del tiempo.
La colección también permite revisar el lugar que ocuparon las mujeres en esa historia. Lejos de haber sido figuras secundarias, sostiene Rivero, fueron fundamentales para la construcción del imaginario literario del norte. Una de las primeras fue María Luisa Larena, única mujer entre el núcleo de escritores fundacionales y, según las investigaciones realizadas hasta ahora, la primera en publicar un libro en Rivera, con Fervor, en 1940. Fue además una de las principales figuras del Ateneo riverense, en una época en que el ambiente intelectual estaba dominado ampliamente por hombres.
Las voces femeninas de la colección permiten seguir también las transformaciones de esa literatura durante las décadas siguientes. En 1971, María Elcira Berrutti publicó bajo seudónimo Cerro Pelado (solo para chicos), una novela breve que se apartaba de la tradición predominantemente lírica, gauchesca y fronteriza para contar, a través de una maestra rural y de la mirada infantil, la vida de una comunidad. Ese mismo año, Mercedes Irigoyen recuperaba en Pretérito Pluscuamperfecto personajes, recuerdos y transformaciones de una Rivera todavía situada entre lo rural y lo urbano, incorporando además el portuñol y los giros lingüísticos locales.
Más adelante aparecerían otras formas de mirar aquella misma frontera. Soledad López publicó en 1986 Estupor de rosas desveladas, con poemas escritos en castellano y portugués que abordan el erotismo y la emancipación femenina; Iris Urquhart incorporó la saudade a su universo poético y convirtió las cuchillas, las taperas y los patios de Rivera en territorios de la memoria. Distintas épocas y sensibilidades, pero un mismo espacio geográfico y cultural reapareciendo una y otra vez.
Una literatura fuera de circulación
Recuperar estos libros, sin embargo, no significaba solamente volver a imprimirlos. Primero hubo que encontrarlos. El trabajo no fue sencillo: muchos llevaban décadas fuera de circulación y algunos eran difíciles de localizar incluso en bibliotecas. Parte del material apareció en colecciones particulares y otra parte provenía de la propia biblioteca familiar de Bayo. Después hubo que escanear los ejemplares, trabajar sobre los textos y tramitar los ISBN.
Llegó entonces otro desafío: convertir 15 publicaciones originalmente independientes en una colección reconocible sin borrar la identidad de cada una. El diseño quedó en manos de Gustavo “Maca” Wojciechowski, que definió tipografías, márgenes, papel y un sistema de tapas que recupera referencias de las portadas originales y las combina con letras deformadas y una estética común.
En total, los volúmenes suman unas 1.600 páginas. De cada título se imprimieron 300 ejemplares: 4.500 libros que serán distribuidos gratuitamente entre las aproximadamente 140 escuelas del departamento, sus ocho liceos, bibliotecas públicas y centros universitarios. También llegarán ejemplares a la Biblioteca Nacional y a la Biblioteca del Palacio Legislativo.
La circulación es una parte central del proyecto. Porque detrás de la recuperación editorial existe una pregunta más amplia: qué ocurre con una tradición literaria cuando sus libros dejan de estar al alcance de quienes habitan el mismo territorio que los produjo. Volver a ponerlos en manos de estudiantes y lectores implica también devolverles la posibilidad de reconocer en esas páginas palabras, paisajes y experiencias propias.
Allí aparece la frontera no solamente como un límite geográfico, sino como un espacio cultural. El castellano y el portugués se mezclan; la ciudad y el campo conviven; la saudade brasileña entra en la poesía escrita del lado uruguayo y el portuñol, durante mucho tiempo atravesado por diferencias y prejuicios sociales, se transforma en material literario. Lo que hoy puede leerse como una marca identitaria fue registrado por aquellos autores décadas atrás.
La presentación de la colección se realizó este mes en presencia de autoridades y de la comunidad, y contó con una exposición de las tapas de cada libro. En una ciudad que, según Bayo, suele verse narrada desde afuera a través del contrabando, los incendios o los homicidios, aquella noche apareció otra imagen posible.
“Lo que más me gustó fue darme cuenta de que todo aquel público se fue orgulloso”, dice.
Y esos 15 libros podrían ser apenas el comienzo. Además de posibles nuevas reediciones, la intención es desarrollar otras colecciones y abrir espacio, en una próxima etapa, para autores emergentes del departamento.
Los bustos de aquellos escritores siguen en su lugar. Pero ahora sus nombres vuelven a circular por la ciudad y, sobre todo, vuelven a hacerlo sus palabras. Escritas hace décadas desde una frontera que aprendió a convertir su mezcla de lenguas, paisajes y memorias en literatura, permiten que Rivera deje de recordar solamente los nombres de quienes escribieron su historia y vuelva, finalmente, a leerlos.