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Daniel Viega: El hombre que hace más de 40 años vende café en el Estadio Centenario tiene un oficio que muy pocos conocen

Le dicen "El Mago" por lo bien que juega al fútbol, pero para lo que realmente se preparó fue para ser tallador en madera. Cuando se jubile de mozo quiere darle más tiempo a su oficio sin dejar de vender café en el fútbol y el carnaval.

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Daniel Viega.
Foto: Darwin Borrelli.

En la época del quinquenio de Peñarol, Julio María Sanguinetti tenía una cábala con el grupo de amigos y dirigentes con los que iba al Estadio Centenario. La primera vuelta de café la pagaba Gervasio Gedanke; la segunda, Sanguinetti; la tercera, Ricardo Scaglia; la cuarta, Daniel Soloducho, y por último Ernesto Rodríguez Altez. A partir de allí, cualquiera. Un día Juan Carlos Scelza quiso mandar una vuelta desde la cabina y el ex presidente de la República puso el grito en el cielo.

Quien cuenta esta anécdota es Daniel Viega (62 años), también conocido como “El Mago” por sus dotes futbolísticas, pero más conocido aún por ser quien desde hace más de 40 años vende café en el Estadio Centenario.

“Vendía 30 vasos solo con ese grupo, hacía $ 800 solo con ellos”, recuerda de aquellas épocas en las que se jugaba en el Centenario sábado y domingo. Además, había preliminar, entonces se sumaba el entretiempo de ese partido y el intervalo entre el final de ese encuentro y el comienzo del partido de fondo. “Ya arrancábamos con 100 cafés vendidos; ahora arrancamos de cero”, cuenta quien pasó de los casi 300 vasos de esos años a los apenas 60 u 80 vasos de hoy. Comenta que en sus inicios bromeaba con que en una hora ganaba como un diputado.

Daniel empezó vendiendo chocolate en la tribuna América en el Mundialito del 80 hasta que en 1987 entró en Sorocabana y nunca más abandonó el café. “Solo con el uniforme vendía”, apunta. Trabajaba en las tribunas Ámsterdam y Colombes y también hacía algunas canchas chicas. Por ejemplo, con la campaña del Danubio del 87 fue a todos los escenarios porque se llenaba de hinchas y no hinchas que tan solo querían disfrutar del buen fútbol que desplegaba el equipo de la Curva de Maroñas.

Con el tiempo llegó al Palco Alto del Centanario y ahí se quedó. “Me aburguesé”, bromea. Hoy difícilmente no haya nadie que no lo conozca. Él dice con orgullo que se ha ganado el respeto de la gente y hasta la confianza de los periodistas que muchas veces le abren los micrófonos para que haga algún aporte. “No creo que pase con otros, no es de agrandado que lo digo”, aclara.

En el Palco Alto ha conocido a dirigentes, periodistas y distintos protagonistas del principal deporte uruguayo. Eso está bueno por un lado, porque le encanta el fútbol, pero también lo ha llevado a desencantarse un poco porque conoce la “cara oculta” de este negocio. Por eso afirma que pasó de ser hincha de Peñarol a solo un simpatizante.

“Hincha y socio soy de Villa Española porque es el cuadro de mi barrio. Lo iba a ver a la C, a la B… nunca pensamos que íbamos a estar en la A. Me fueron a buscar para jugar cantidad de veces, pero como trabajaba desde los 15 años no tenía tiempo para entrenar. Llegué a jugar en la tercera de Cerro y en Huracán Buceo con Mario Patrón en una época en la que yo era bastante rebelde”, confiesa.

Fue gracias a esa rebeldía que terminó consiguiendo el título del que se siente orgulloso: oficial tallista en madera. “Es lo que aprendí y es lo que me gusta hacer”, destaca quien desde siempre se siente un escultor en madera. Todo se dio porque cuando tenía 15 años se vivía peleando con todo el mundo, terminaba los partidos de fútbol a las piñas. Él lo atribuye a la incomodidad que le provocaba vivir sin luz y sin agua. “Tenía que descargar por algún lado”, interpreta.

A su madre se le ocurrió hacerle un test vocacional que le dio que tenía inclinación por la madera, algo que con los años relacionó con una niñez sentado en el fondo de su casa jugando con un destornillador y un martillo. Ella lo llevó a estudiar a Bellas Artes y le encantó. “Me di cuenta de que era lo mío”, acota. Un profesor lo recomendó y trabajó 15 años tallando muebles de estilo en una mueblería hasta que esa actividad desapareció.

Lo que siempre le gustó fue realizar esculturas artísticas, pero como del arte por lo general no se vive y encima se casó joven y tuvo hijos muy pronto (es padre de tres), tuvo que rebuscarse trabajando de mozo, su otra actividad hasta el día de hoy. Fue así que ha pasado por lugares como Il Mondo de la Pizza, El palacio de la papa frita, Chez Piñeiro y ahora El Milongón.

“De todos lados me fui bien y quedaron las puertas abiertas”, afirma quien ya piensa en jubilarse para dedicarse a su verdadera pasión, que es tallar creaciones propias y venderlas. Para eso sueña con poder vender la casa de Parque Guaraní en la que hasta hace poco vivía con su familia —se separó— y comprarse un terreno en la Costa de Oro para instalarse y tener su taller.

Al fútbol sigue jugando entre amigos, todos los miércoles en las canchas de Diego Forlán; también va al gimnasio. “Juego de 10 y como jugador tengo cosas diferentes, antes me daba vergüenza decirlo. Durante muchos años jugué con los periodistas deportivos”, comenta y menciona entre otros a Martín Kesman, con quien hoy se hacen muchas bromas.

Épocas difíciles

Golpeado por la pandemia

Se casó cuando tenía 19 años y se separó 38 años después. Tiene tres hijos y cuatro nietos. Su hijo mayor fue futbolista profesional y hoy es director técnico. Su segunda hija es moza y con ella sale a pasear todos los lunes. La tercera estudió Administración de Empresas y trabaja en Redpagos.

Daniel cuenta que la pasó muy mal durante la pandemia. “Estaba en el Seguro de Paro, pasé a pagar 10 mil pesos de alquiler y cobraba 12 mil del seguro. No había nadie en la calle, los estadios no tenían público y los bares estaban vacíos”, recuerda.

Confiesa que llegó a dormir en su auto en la rambla.

El único que le ofreció una solución en aquel momento fue Evaristo González, aunque destaca que Julio María Sanguinetti lo llamó dos veces.

“Por suerte lo superé y ahora tengo proyectos”, dice sonriente.

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Daniel Viega.

Café, café

Perseguir el sueño de la madera no significa para Daniel dejar de vender café porque es algo que le gusta hacer, entre otras cosas porque le permite ir al fútbol y al Carnaval, dos cosas que ama. Eso porque también trabaja en el Teatro de Verano; lo hace desde 1982 con intermitencias. Este año piensa sumarse en la segunda rueda del concurso oficial.

Estar en el templo de Momo también lo ha hecho desencantarse de esa fiesta porque tener tantos clientes abonados le ha permitido conocer entretelones y eso hace que la magia se pierda. Por ejemplo, cuenta que le ha recriminado a “Catusa” Silva no denunciar los errores del Frente Amplio teniendo presente lo mucho que siempre lo admiró por enfrentar a la dictadura militar desde la murga Araca la Cana.

Daniel también ha sido cafetero en la Expo Prado, lugar donde aprendió que tomar café “es un vicio”. “Es como el mate, no depende del calor ni del frío. En el Prado había un sol tremendo y me decían: ‘Estás loco vendiendo café, Daniel’. Pero yo vendía 300-400 vasos y los heladeros vendían 50 helados cada uno. La gente terminaba de comer y se tomaba un café”, recuerda quien también es un gran tomador de esta bebida. “Todo el año”, apunta.

Además, reconoce una y otra vez que el café le ha dado mucho más que dinero. Le ha dado la confianza de mucha gente que, según dice, sabe que si le dan la mano “yo no agarro el brazo”. Fue cuestión de tiempo y hoy disfruta lo sembrado. “Me encanta vender café, estar en el Palco con la gente. Como me conoce todo el mundo, me siento cómodo”, cierra.

Recuerdos imborrables

Los goles de Morena y el café entre hinchas

De sus más de 40 años de cafetero en el Estadio Centenario, tiene como momentos imborrables el gol de Jorge “El Bomba” Villar en la Copa Libertadores de 1987 que ganó Peñarol o el día en que Fernando Morena le hizo 6 goles a Huracán Buceo. “Me acuerdo más que nada de un gol que hizo en la Ámsterdam, que dejó la pelota correr y correr y cuando vio el lugar, definió”, relata. También añora aquellas épocas en que hinchas de Nacional y Peñarol compartían tribunas y se compraban café unos a los otros como pago de apuestas. “Tengo una hija de Peñarol y otra de Nacional y hoy no pueden ir juntas”, se lamenta.

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Daniel Viega.

Su arte

Hace piezas en madera y muchas las vende

Se recibió de oficial tallista en Bellas Artes. Trabajó 15 años en una mueblería, pero siempre le gustó elaborar esculturas artísticas. Es a lo que quiere dedicarse por completo cuando se jubile (le falta poco), para lo cual quiere comprar un terreno en la Costa de Oro e instalarse allí con su taller. Ya ha vendido piezas, por ejemplo una a Inglatera por US$ 600. La primera que hizo, a los 15 años —una pareja—, no la vende por nada. “Me la quisieron comprar cantidad de veces”, afirma. Su amigo el ex diputado Enrique Pintado le encargó una para que fuera un premio que entregaba la Cámara de Diputados.

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Escultura en madera de Daniel Viega.

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