Cómo es el pueblo de Tai O, el Hong Kong que flota en el tiempo

Un pueblo de casas sobre pilotes en la isla de Lantau donde persiste la vida pesquera tradicional, a metros de una de las ciudades más modernas del mundo.

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Pueblo de Tai O

En el reverso del Hong Kong hiperurbano, donde los rascacielos parecen multiplicarse sin pausa y la tecnología marca el pulso cotidiano, existe un enclave que conserva otra temporalidad. A muy poca distancia de esa metrópolis considerada el “Manhattan asiático”, el pueblo de Tai O resiste como una anomalía viva: un asentamiento de pescadores que parece suspendido en el tiempo. Así lo describe una crónica publicada por El País de España, que retrata este rincón de la isla de Lantau como una pausa frente a la vorágine urbana.

Lantau es la mayor de las más de 200 islas que integran Hong Kong, junto a la península de Kowloon. En ella se encuentra también el aeropuerto internacional Chek Lap Kok, uno de los principales hubs de Asia, conectado con ciudades europeas como Madrid y Barcelona mediante vuelos directos operados por Cathay Pacific. Sin embargo, más allá de esa infraestructura global, la isla es percibida como un “patio trasero natural” de la ciudad: un espacio de montañas, costa y vegetación que contrasta con el hormigón del centro financiero.

En la costa occidental de Lantau aparece Tai O, una aldea construida literalmente sobre el agua. Sus casas de madera y chapa, levantadas sobre pilotes, forman un entramado frágil que se extiende sobre los canales. Desde lejos, el conjunto parece flotar. El acceso se realiza combinando metro y ómnibus, y la llegada al pueblo suele hacerse atravesando un pequeño puente peatonal levadizo, uno de los puntos más característicos del recorrido.

La “Venecia” de Hong Kong.

La historia de Tai O está profundamente ligada al mar. Sus primeros habitantes fueron los tankas, una comunidad procedente del sur de China que comenzó a asentarse allí hace más de tres siglos. Tradicionalmente conocidos como “los habitantes de los botes”, vivían en embarcaciones y ocupaban los escalones más bajos de la jerarquía social. Con el tiempo, fueron construyendo viviendas sobre el agua, dando forma a este singular entramado de pasarelas y casas elevadas que aún hoy define la identidad del lugar.

La vida cotidiana sigue marcada por la pesca artesanal y la relación directa con el entorno marítimo. En sus estrechas calles -demasiado angostas para el tránsito de automóviles- la bicicleta es el principal medio de transporte. En el mercado local, el aire se impregna del olor intenso del pescado seco, una de las prácticas tradicionales del pueblo: calamares, pulpos, mariscos y otras especies se exponen al sol sobre bandejas y redes. También se venden productos típicos como pasta de camarón fermentado o preparaciones locales utilizadas en la gastronomía festiva.

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Pueblo de Tai O

Más allá de su dimensión productiva, Tai O conserva un ritmo vital pausado. Las fachadas coloridas, los farolillos de papel y las construcciones de madera configuran una estética que ha llevado a algunos a compararlo con una “Venecia de Hong Kong”, aunque sin la densidad turística de otros destinos asiáticos. En este entorno, incluso un antiguo edificio colonial reconvertido en hotel -una antigua comisaría de policía- se integra en la narrativa del lugar, ofreciendo alojamiento en antiguas celdas restauradas.

Uno de los mayores atractivos naturales de la zona es la posibilidad de avistar al delfín blanco chino, también conocido como delfín rosado. Esta especie, en peligro debido a la contaminación y al tráfico marítimo, tiene una pequeña población en las aguas cercanas, estimada en apenas unas decenas de ejemplares, según la misma fuente. Aunque su observación no está garantizada, el recorrido en barco por la costa permite apreciar otro de los grandes hitos de la ingeniería regional: el puente Hong Kong-Zhuhai-Macao, una estructura de más de 50 kilómetros que combina viaductos, islas artificiales y un túnel submarino.

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Gran Buda de Tian Tan

Hacia la iluminación.

Pero Tai O no es solo un destino en sí mismo, sino también una puerta de entrada a otro de los grandes símbolos espirituales de Hong Kong. A poca distancia se encuentra Ngong Ping, donde se alza el Gran Buda de Tian Tan. Esta estatua de bronce, de más de 30 metros de altura, domina la cima de una colina y representa la armonía entre el hombre y la naturaleza. Para llegar hasta él es necesario subir más de 200 escalones, un recorrido que suele interpretarse como una metáfora del esfuerzo hacia la iluminación.

En el mismo complejo se encuentra el monasterio Po Lin, fundado a comienzos del siglo XX, rodeado de vegetación exuberante y templos ornamentados. Allí, una campana suena regularmente como parte de un ritual que, según la tradición budista local, busca aliviar distintos tipos de sufrimiento humano.

Mientras Hong Kong se proyecta hacia el futuro con una velocidad vertiginosa, este pequeño pueblo parece aferrarse a su memoria colectiva. Entre pilotes de madera, redes de pesca y canales tranquilos, Tai O funciona como un recordatorio de otra forma de habitar el mundo: más lenta, más cercana al agua y menos dominada por la urgencia del progreso.

(Con información de El País de España)

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