Buenos Aires cambia cuando se la mira desde el agua. Los edificios que desde la calle se imponen sobre el paisaje pasan a formar parte de una costa que se despliega a lo largo del Río de la Plata. Los parques, las construcciones y las instalaciones portuarias aparecen desde otro ángulo, mientras el barco avanza hacia el sur sin perder de vista la ciudad.
La navegación comienza en Dársena Norte, en Puerto Madero, y termina en La Boca, a metros de la famosa Caminito, después de unos 40 minutos de recorrido.
En el camino, la postal urbana va cambiando hasta que aparece uno de los símbolos más reconocibles del antiguo paisaje industrial porteño: el puente transbordador Nicolás Avellaneda, cuya estructura metálica se levanta sobre el Riachuelo.
El trayecto une dos sectores muy distintos de la capital argentina, pero también dos momentos de su historia portuaria. De un lado, Puerto Madero, con sus antiguos docks reconvertidos y sus edificios contemporáneos; del otro, La Boca, un barrio cuya identidad se forjó alrededor del río, los barcos y el trabajo portuario.
El viaje es breve, pero alcanza para descubrir una Buenos Aires que desde las calles no siempre se ve: la ciudad que creció junto al río y que todavía conserva, en sus orillas, las huellas de aquella historia.
Salida de Puerto Madero.
El punto de partida es Dársena Norte. Allí comienza un recorrido que invita a cambiar la perspectiva y a descubrir otra cara de la ciudad. A bordo, el pasajero puede elegir un asiento junto a las ventanas o salir a cubierta para observar el paisaje sin cristales de por medio.
A medida que el barco avanza por el Río de la Plata, se suceden los espacios verdes de la Reserva Ecológica Costanera Sur, algunos de los edificios más altos de la ciudad y las instalaciones portuarias. La combinación resulta llamativa: por un lado, los rascacielos; por otro, una extensa franja verde que contrasta con el perfil urbano. Desde el agua, la costa adquiere otra escala y permite apreciar la convivencia entre naturaleza, infraestructura y ciudad.
El paseo que ofrece Sturla Viajes cuenta con audioguía, una ayuda para conocer algunos de los lugares que aparecen durante la navegación. La experiencia también tiene algo de pausa en medio del ritmo porteño: mientras dura la travesía, las calles, el tránsito y el movimiento de la ciudad quedan del otro lado de la borda.
La navegación permite, además, entender por qué construir un puerto eficiente fue durante tanto tiempo un desafío para Buenos Aires. Los bancos de arena y barro del Río de la Plata dificultaban el acceso de las embarcaciones y obligaban a buscar zonas de resguardo y formas de acercar los barcos a tierra.
Durante buena parte del siglo XIX, las embarcaciones que llegaban a Buenos Aires debían fondear lejos de la costa y trasladar pasajeros y mercancías mediante botes y otros sistemas de transbordo. El Riachuelo, por sus condiciones naturales, fue uno de los lugares utilizados para resguardar embarcaciones y desarrollar actividades portuarias.
La historia de Puerto Madero está ligada a los intentos de resolver aquellas dificultades. A fines del siglo XIX, cuando el comercio exterior argentino crecía al ritmo de las exportaciones agropecuarias, la ciudad necesitaba una infraestructura portuaria capaz de acompañar ese movimiento.
El proyecto aprobado fue el del comerciante Eduardo Madero, que proponía construir una serie de diques cerrados conectados entre sí. Las obras comenzaron en 1887 y concluyeron en 1898. Los depósitos de ladrillo rojo, conocidos como docks, almacenaban las mercancías que circulaban por el puerto.
El sistema, sin embargo, quedó obsoleto en poco tiempo. El crecimiento del comercio y el aumento del tamaño de los buques hicieron necesaria otra infraestructura, por lo que a comienzos del siglo XX comenzó a desarrollarse Puerto Nuevo, más al norte. La actividad se desplazó y los antiguos diques perdieron protagonismo.
Décadas después, Puerto Madero volvió a transformarse. Desde 1989 se impulsó la recuperación del área portuaria, que pasó de ser un sector en desuso a uno de los barrios más reconocibles de Buenos Aires, con viviendas, oficinas, restaurantes y espacios públicos.
Mirar esa zona desde el barco permite apreciar juntos los distintos tiempos de la ciudad: las huellas de su pasado comercial, las instalaciones que sobrevivieron a la transformación y el perfil contemporáneo que se levantó junto al río.
Entre el puerto y el barrio.
El paisaje cambia a medida que la navegación se acerca a la desembocadura del Riachuelo.
La Boca aparece desde el agua, en un entorno donde la historia del barrio está estrechamente ligada al río. Llegar por esta vía permite observar el frente ribereño desde una perspectiva distinta de la que ofrecen sus calles más visitadas por los turistas.
Uno de los grandes protagonistas del tramo final es el puente transbordador Nicolás Avellaneda. Inaugurado en 1914, fue construido para facilitar el cruce de personas y vehículos entre La Boca y la Isla Maciel, en la margen de Avellaneda. Su estructura metálica, fabricada en Inglaterra y montada en Buenos Aires, respondía a una necesidad concreta: conectar ambas orillas sin obstaculizar el tránsito de embarcaciones por el Riachuelo.
El puente funcionó durante décadas, hasta que dejó de operar en 1960. Tras años de abandono y un proyecto que amenazó con hacerlo desaparecer, fue preservado como patrimonio histórico. Hoy es uno de los símbolos más singulares del antiguo paisaje industrial porteño.
La llegada a La Boca abre una segunda parte de la excursión.
El muelle está a pocos pasos de Caminito, la calle museo que concentra buena parte de las postales más conocidas del barrio, con sus conventillos de chapa y madera pintados de colores, murales y artistas callejeros. Es un lugar para recorrer sin apuro, detenerse a sacar fotografías y curiosear en los puestos de artesanías, alfajores y recuerdos.
Pero La Boca no se agota en Caminito. Quienes quieran prolongar la visita pueden acercarse a La Bombonera, el estadio de Boca Juniors, cuya historia está profundamente ligada a la identidad del barrio, o visitar el Museo Benito Quinquela Martín, dedicado al artista que convirtió el puerto, sus barcos y sus trabajadores en protagonistas de su obra. También están la Fundación Proa, con sus exposiciones de arte contemporáneo, y la Usina del Arte, un centro cultural instalado en un antiguo edificio eléctrico.
Así, el paseo en barco puede funcionar como una excursión en sí misma o como el comienzo de una jornada para explorar el sur porteño. La diferencia está en llegar a La Boca desde una perspectiva poco habitual y continuar a pie por un barrio cuya identidad se entiende mejor cuando se conoce su relación con el agua.
Cómo hacer el paseo.
El recorrido en barco entre Puerto Madero y La Boca se puede reservar a través de Civitatis. Al reservar, se puede elegir entre un billete de solo ida (US$ 20 para los adultos) o uno de ida y vuelta (US$ 30 para los adultos), sujeto a los horarios disponibles.
El servicio incluye audioguía en español y permite desembarcar en La Boca, a pocos pasos de Caminito. También se puede hacer el trayecto en sentido inverso, desde el barrio hacia Puerto Madero. Conviene consultar los horarios y las condiciones vigentes antes de organizar el día.
Más que un simple traslado, la navegación ofrece una forma diferente de recorrer Buenos Aires: seguir la costa desde el río, observar cómo cambia el paisaje y descubrir, entre los edificios modernos y las viejas estructuras portuarias, las marcas de una ciudad que creció mirando al agua.