¿Un mate con forma de ñandú? Las piezas más curiosas de un museo dedicado a la historia de esta infusión popular

Mates de oro y plata, recipientes de porcelana y objetos insólitos revelan la historia y las transformaciones de una tradición que atraviesa generaciones y fronteras.

museo del mate buenos aires
Ejemplares de plata y oro de los siglos XVIII y XIV
M. Orfila

Un mate con detalles de oro, otro con forma de ñandú, uno con un pájaro silbador en el asa. En la colección del Museo del Mate, en Buenos Aires, hay recipientes que parecen tener poco que ver con el objeto cotidiano que millones de argentinos y uruguayos -y de habitantes de países tan lejanos como Turquía o Siria- usan a diario.

Algunos de esos mates cuentan una historia de lujo y distinción. Otros hablan de inmigración, de pueblos originarios, de la relación con la naturaleza y de los vínculos que se construyen alrededor de una infusión que, a lo largo de los siglos, ha cambiado de formas y costumbres sin perder su lugar en la vida cotidiana.

Del pasado al presente.

Detrás de la colección hay una historia personal. Alberto Plaza empezó a reunir mates en 1979: el primero se lo regaló su madre. Con los años, sumó bombillas, calderas, yerberas, azucareras y termos, además de otros objetos vinculados al ritual. Hoy su colección ronda las 10.000 piezas, de las cuales unas 3.000 se exhiben en el Museo del Mate, ubicado a pocos metros del célebre Café Tortoni, en Avenida de Mayo y Rivadavia.

La historia de Plaza con los museos comenzó mucho antes de que este espacio abriera sus puertas, en setiembre de 2025. En 2008 inauguró un primer museo dedicado a su colección en Sierra de la Ventana, un pueblo del sur de la provincia de Buenos Aires, que todavía funciona. Hace unos dos años, junto con su nieto mayor, comenzó a proyectar una nueva sede en el centro de la capital argentina, en un contexto de creciente popularidad internacional del mate.

Pero mucho antes de convertirse en un objeto cotidiano en millones de hogares, el mate ya formaba parte de las costumbres de los pueblos originarios de América del Sur. Los guaraníes fueron los primeros en utilizar una calabaza como recipiente para infusionar las hojas de yerba mate. La bebida que preparaban, sin embargo, era diferente de la que hoy predomina en Uruguay y Argentina: se consumía fría, en una preparación más cercana al tereré actual.

museo del mate
Museo del Mate
M. Orfila

Con el tiempo, la forma de preparar y tomar la infusión fue cambiando. Según explica una de las guías del museo, los jesuitas introdujeron el agua caliente, más acorde con su costumbre de consumir bebidas como el té. “Cuando eso pasa, los sabores aparecen mucho más rápidamente que con la infusión en frío”, señala.

A medida que el consumo de mate se extendió hacia el sur del continente, donde los inviernos son más fríos, la preparación caliente encontró condiciones favorables. En Paraguay, en cambio, se mantuvo con fuerza la tradición de beberlo frío.

El cambio de temperatura trajo otra transformación. Con el agua caliente, separar las hojas de la bebida usando los dientes se volvía poco práctico y podía resultar incómodo. La solución fue recurrir a otro elemento natural: una caña de tacuara, perforada en uno de sus extremos para permitir el paso del líquido y retener las hojas. Así apareció un objeto que terminaría siendo inseparable del ritual del mate: la bombilla.

Las primeras bombillas de tacuara, sin embargo, tenían una desventaja: se deterioraban rápidamente con la humedad. La búsqueda de materiales más resistentes y fáciles de limpiar dio paso a las bombillas de metal.

La calabaza tampoco fue el único material utilizado para fabricar los recipientes. Con el tiempo aparecieron los mates de madera, elaborados con variedades resistentes a la humedad, como algarrobo, lapacho, quebracho y caldén. Más adelante se sumaron los de cerámica y vidrio, materiales fáciles de limpiar. A diferencia de la calabaza y la madera, no necesitan un curado previo al primer uso ni requieren los mismos cuidados para evitar que se deterioren.

Entre los objetos que se exhiben en el museo hay también mates de metal, algunos de los cuales se distinguen por el lujo de su factura. Es el caso de los ejemplares de platería criolla, que tuvieron su auge entre las clases acomodadas durante la primera mitad del siglo XIX. Uno de los más llamativos tiene forma de ñandú, con detalles en las plumas del cuerpo y alas articuladas; hay otro que parece una mulita. Son piezas que hablan de una época en la que el mate también podía ser un símbolo de distinción social.

Sus características no respondían únicamente a razones ornamentales. Muchos de estos recipientes tenían una boca pequeña, que ayudaba a conservar el calor cuando el agua se transportaba en una caldera. El ritual transcurría en un lugar fijo: quien cebaba se sentaba a preparar el mate. Todavía no existía el termo como compañero portátil. Con su llegada, el consumo se volvió más móvil y la abertura de los recipientes pudo ganar tamaño.

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Museo del Mate
M. Orfila

Otros gustos y costumbres quedaron plasmados en los llamados mates isabelinos. Elaborados en cerámica y porcelana, muchos presentan decoraciones recargadas con flores, pájaros, ángeles o cupidos. Estas piezas reflejan la influencia de las costumbres europeas y de una vajilla asociada al consumo del té.

Entre las formas más llamativas aparecen también los mates silbadores, que tienen un pequeño pájaro incorporado al asa. Según una tradición recogida en el museo, el silbido se utilizaba para llamar al servicio doméstico. Más allá de la anécdota, estas piezas muestran hasta qué punto el recipiente podía ir más allá de su función original y sumar elementos vinculados a la vida cotidiana de sus propietarios.

La variedad de la colección va mucho más allá de estos ejemplares. También hay mates revestidos de cuero y otros con forma de pezuña, modelos infantiles y patrióticos; entre estos últimos, uno asociado a las celebraciones del centenario de la Revolución de Mayo y regalado como recuerdo a personalidades que participaron de ellas. Una de las vitrinas del museo reúne fotografías de Lionel Messi, Diego Maradona, Guillermo Vilas, Juan Manuel Fangio y Carlos Monzón, junto con réplicas u objetos vinculados a estas figuras. También hay bombillas de plata y oro con filtros desmontables, cuyo diseño buscaba mejorar el filtrado de la infusión.

El mate también cruzó las fronteras de América del Sur. En países de Medio Oriente, como Siria y Líbano, su consumo tiene una larga historia, vinculada en parte a los movimientos migratorios. Allí suele tomarse de otra manera: en vasos pequeños de vidrio y con azúcar. Tampoco hay una única forma de prepararlo en América del Sur: mientras en Uruguay predomina el mate amargo, en Argentina es más habitual encontrar variantes endulzadas, ya sea con azúcar o stevia, o combinadas con hierbas que aportan otros aromas y sabores.
Después de casi cinco décadas reuniendo estas piezas, Plaza convirtió una afición personal en un recorrido por una historia que sigue en movimiento. El mate puede cambiar de recipiente, de temperatura o de compañía, pero conserva algo esencial: alrededor de él se construyen hábitos, encuentros y formas de compartir que sobreviven al paso del tiempo.

El Museo del Mate abre todos los días, de 9 a 19 horas. La entrada general cuesta 10.000 pesos argentinos.

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Museo del Mate
M. Orfila
CÓMO PREPARAR EL MATE

Tomar mate parece sencillo: alcanza con un recipiente, una bombilla, yerba y agua caliente. Sin embargo, detrás de esa combinación hay diferencias en la molienda, los ingredientes y la preparación que pueden cambiar el resultado.

En el Museo del Mate, una degustación guiada invita a descubrir esos matices y a prestar atención a sabores y aromas que muchas veces pasan inadvertidos en el consumo cotidiano.
La experiencia permite comparar distintos tipos de yerba, desde la molienda tradicional argentina hasta la versión ahumada, pasando por la brasileña y otras mezclas. Aunque todas se utilizan para preparar mate, no son iguales. La brasileña se distingue por sus notas frescas, que pueden recordar al matcha, mientras que la molienda fina, característica de la yerba de estilo uruguayo, produce una infusión de sabor más intenso y amargo.

La preparación también tiene sus secretos. Para obtener alrededor de un litro de mate pueden alcanzar entre 40 y 50 gramos de yerba. Primero se coloca la yerba en el recipiente y se lo inclina para formar la llamada montañita, una pequeña pendiente que permite mantener una parte seca mientras se va cebando. Antes de agregar el agua caliente, se humedece una zona de la yerba durante unos tres o cuatro segundos. Después se incorpora agua a una temperatura de entre 75 y 80°C y se espera alrededor de un minuto antes de colocar la bombilla. A partir de ahí comienza el cebado. Los primeros mates suelen tener un sabor más suave, que se intensifica a medida que el agua extrae los componentes de la yerba.

Esa evolución permite reconocer cómo cambian la intensidad y los matices de la infusión. La degustación propone, en definitiva, detenerse en un ritual que para muchos forma parte de la rutina diaria.

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