Bajo Torre Ejecutiva apareció una fuente de casi 300 años que todavía mana agua y acaba de ser restaurada

Excavada en el siglo XVIII, fue parte del sistema que abasteció de agua a Montevideo. Hoy está restaurada.

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Fuente del siglo XVIII en Anexo de Torre Ejecutiva
Gentileza Francisco Collet

El 9 de mayo de 2014, mientras avanzaban las excavaciones para construir el Anexo de Torre Ejecutiva, en Plaza Independencia, apareció algo que no estaba en los planos de la ciudad moderna: una bóveda de ladrillo enterrada. Debajo había mucho más. A medida que avanzaron los trabajos, apareció una fuente de agua del siglo XVIII, excavada directamente en la roca. Había sido cubierta con rellenos y residuos, utilizada como sótano y parcialmente destruida, pero seguía cumpliendo su función original: manar agua.

“Fue la primera fuente encontrada en Montevideo. Es única. Es el testimonio de lo que fue el abastecimiento y gestión del agua en la época colonial”, explica la arqueóloga Verónica De León, coordinadora del equipo técnico en restauración y conservación.

El hallazgo obligó a cambiar los planes. La fuente no podía romperse ni trasladarse. Había que conservarla e integrarla al nuevo edificio.

Más de una década después, fue sometida a un minucioso proceso de restauración que incluyó modelado tridimensional, análisis de materiales, ensayos de limpieza, reconstrucción de ladrillos y un registro detallado de cada intervención.

Una ciudad en busca de agua.

Para entender la importancia de la fuente hay que retroceder casi tres siglos, hasta una Montevideo que todavía no tenía agua corriente. El agua dulce era entonces una cuestión de supervivencia. La península no tenía grandes cursos de agua y el Río de la Plata, por su salinidad, no podía abastecerla. Los manantiales fueron, por eso, fundamentales para que la ciudad pudiera establecerse y crecer.

Las fuentes eran públicas, pero pertenecían al rey, que las ponía a disposición de los habitantes. Durante aproximadamente 150 años, formaron parte del sistema de abastecimiento de Montevideo, incluso después de la llegada del agua corriente, en 1871.

La fuente encontrada bajo Torre Ejecutiva aparece en planos históricos de mediados del siglo XVIII, aunque no ha sido posible determinar con certeza cuál de las fuentes mencionadas en los documentos de la época era esta. “Las fuentes se contaminaban mucho; entonces se abrían y cerraban fuentes a cada rato”, explica De León.

Y aquí aparece una diferencia. Un aljibe recoge y almacena agua de lluvia en una cisterna impermeabilizada. Una fuente de manantial, en cambio, necesita exactamente lo contrario: que el agua pueda ingresar. La que apareció bajo Torre Ejecutiva fue excavada directamente en la formación rocosa. Por las fracturas de la roca circula el agua de la napa, que todavía hoy llega hasta su base.

Cuando fue descubierta, sin embargo, estaba lejos de encontrarse en buenas condiciones. Había sido reutilizada como sótano hacia fines del siglo XIX o comienzos del XX. Para hacerla habitable, habían intentado sellar las fracturas por donde ingresaba el agua y construido un piso sobre la roca. Más tarde, el lugar terminó colmatado con rellenos y residuos. Incluso parte de la bóveda sufrió el impacto de una retroexcavadora.

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Fuente del siglo XVIII en Anexo Torre Ejecutiva
Gentileza Francisco Collet

Restauración al milímetro.

La restauración empezó, en realidad, mucho antes de tocar un ladrillo. Primero había que entender qué quedaba, qué se había perdido y qué había sido agregado durante los siglos. Se estudió el estado de la piedra, los morteros, los revoques y las variaciones de humedad. Francisco Collet, arquitecto responsable de la parte técnica, lo compara con el seguimiento de un paciente: hay que diagnosticarlo y después controlarlo.

Uno de los primeros pasos fue hacer un modelo tridimensional de toda la estructura. El registro debía servir no solo para medirla, sino también para conservar una imagen precisa de su textura y sus colores antes de cualquier intervención. Después vinieron los ensayos. La limpieza, que podría parecer la tarea más sencilla, era en realidad uno de los mayores desafíos. Había que retirar los agregados posteriores sin borrar las huellas del paso del tiempo. “No podés dejar una cosa de 300 años como nueva. Tiene que mantener esa pátina del tiempo”, dice De León.

Allí apareció otro problema: algunos ladrillos necesarios para recuperar la estructura ya no existían. No bastaba con fabricar piezas parecidas. Había que conseguir que tuvieran la misma composición y las mismas dimensiones. Como el ladrillo se contrae durante la cocción, hubo que hacer pruebas hasta conseguir el tamaño necesario para que las nuevas piezas pudieran ocupar los faltantes.

La intervención fue registrada con el nivel de detalle exigido por la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación. Se hicieron unas 2.700 fotografías. Cada tarea tenía un código y era fotografiada antes, durante y después de su ejecución.

La estructura también necesitaba atención. Parte de la bóveda había sido golpeada por maquinaria y había quedado dañada. Por eso hubo que consolidar lo que quedaba y reconstruir los sectores que habían perdido piezas.

También se colocaron pequeños vidrios sobre algunas fisuras para detectar si seguían moviéndose: si el vidrio se rompe, es señal de que la grieta avanzó. Los huecos que habían estado apuntalados con madera fueron asegurados con estructuras metálicas.

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Fuente del siglo XVIII en Anexo de Torre Ejecutiva
Gentileza de Francisco Collet

A la vista de todos.

La fuente no es pequeña. Tiene unos nueve metros de largo por cuatro de ancho y una profundidad cercana a los ocho metros. Desde el hall de entrada del Anexo de Torre Ejecutiva se puede mirar hacia abajo, detrás de una baranda. En determinadas ocasiones, además, es posible descender por una escalera hasta quedar junto a la estructura.

Ese acceso todavía no forma parte de un circuito de visitas establecido. La fuente está a la vista de quienes entran al edificio, pero no hay visitas guiadas regulares que la incorporen a los recorridos por el patrimonio de la Ciudad Vieja.

“La gente tiene acceso, es algo notable, pero no lo sabe”, dice Collet.

Y quizá ahí esté una de las paradojas de este hallazgo: una estructura que durante siglos fue parte de la vida cotidiana de Montevideo quedó enterrada, fue descubierta durante la construcción de un edificio contemporáneo y, después de ser restaurada, sigue a la vista, aunque todavía casi en secreto.

Conservarla, coinciden De León y Collet, significa preservar mucho más que una bóveda de ladrillos y una cavidad excavada en la roca. Significa mantener visible una pieza de la historia de cómo la ciudad consiguió agua durante sus primeros siglos. “El patrimonio debe conservarse para las generaciones futuras”, dice el arquitecto. Y hay algo que hace que esta historia sea distinta de la de muchas otras estructuras arqueológicas: después de casi tres siglos, no hace falta imaginar cómo funcionaba.

Basta con asomarse.

Abajo, entre la roca y los ladrillos restaurados, el agua todavía mana.

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