Artesanos del Carnaval

| Autodidactas, tradicionalistas o transgresores, todos aman lo que hacen. Con sus manos le dan brillo, color y sonido a una fiesta que, sin ellos, no sería igual.

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Leonel García / Tomer Urwicz

Lo más satisfactorio para Federico Gauthier, maquillador, es plasmar en un rostro lo dibujado en un boceto: "Pasar del 2D al 3D", resume apelando a sus manos para explicar esa metamorfosis del papel a la forma en el aire. La vestuarista Mariela Gotuzzo, autodidacta y transgresora ella, se jacta de no ponerse límites a la hora de crear: "Una vez, con La Gran Siete, recreamos un traje sadomasoquista que tenía agujeros en la cola y los murguistas salían con el trasero al aire". Para Jorge Irigoyen, multipremiado escenógrafo, la clave de sus creaciones es que estén al servicio del espectáculo: "Me cansa que en mi rubro parezca que todo tiene que ser espectacular". Fernando "Lobo" Núñez, renombrado luthier, es todo un fundamentalista del instrumento que ama y fabrica; "En una comparsa, la vedette, el rey y todo lo que quieras es el tambor".

Para la enorme mayoría de las 120 mil personas que asisten al Teatro de Verano cada Concurso Oficial, los artesanos del Carnaval, verdaderos apasionados de lo que hacen, son seres desconocidos. Pero sin ellos tras bambalinas o en sus talleres, esta fiesta (tanto sea en la competencia como en los desfiles y tablados) perdería brillantez, sonido y creatividad. Definitivamente, no sería la misma.

Que aporte. Jorge Irigoyen tiene 60 años, tres hijos, tres nietos y, desde agosto, una angioplastia. Por ello, su zafra carnavalera de este año bajará de 20 a "apenas" 13 horas de trabajo diarias, haciendo la escenografía de humoristas Cyranos, parodistas Momosapiens y comparsa Yambo Kenia. Entre los técnicos al servicio de Momo, el multiempleo es muy frecuente. "Acá no se paga lo suficiente para una exclusividad", explica. Supo estar en seis conjuntos al mismo tiempo. Cuando está en dos grupos que compiten en la misma categoría establece un silenzio stampa entre él y los directores respectivos.

La casualidad tuvo mucho que ver en su llegada al Carnaval, fiesta de la cual solo era un espectador poco entusiasta. "Yo pintaba publicidad en carteles. Era el boom de la construcción en Punta del Este y yo estaba trabajando en un cartel para Pintos Risso. Era tan grande que lo tenía que hacer en la calle, en La Comercial. Un día me vieron `Buby` Benítez y Carlitos Viana, de los (parodistas) Klaper`s. Les gustó lo que hacía y me llamaron. En aquel momento las escenografías eran cosas planas". Eso fue en 1979. Para el año siguiente diseñó relieves, árboles, molinos y tarimas. "Era una parodia sobre Don Quijote. La gente decía que era una revolución. Ahí gané mi primera mención a Mejor Escenografía". Hasta hoy, sus creaciones han sido premiadas 13 o 14 veces. "No recuerdo bien", se excusa.

Hoy el hierro le ha ganado a la madera a la hora de construir las estructuras. Para las figuras se utiliza tela, mdf, polifón o espuma plast. El "requeche" -mangueras, botellas, ruedas de bicicletas o hardware informático- siempre es bienvenido. Un trabajo cuesta de mil a cuatro mil dólares solo de mano de obra. Es que el conjunto que lo contrata también paga los materiales que hagan falta. "Eso es un riesgo que nosotros no podemos correr".

El reciclaje también corre. La casita de hadas que Cyranos utiliza este año supo haber sido un molino para Momosapiens. "Hay que reconvertir cosas, sino los gastos se van al cuerno. Por suerte, los conjuntos con los que trabajo son amigos".

Enemigo de los excesos, para Irigoyen menos a veces es más. "Una vez hice una escenografía para los Bubys (humoristas) con solo 20 cuerdas gruesas, blancas, de cáñamo. Las colgamos espaciadas y según las atáramos formaban una Iglesia o una prisión. Y gané la mención. Otra vez, con Yambo Kenia, dije que la mejor escenografía para el espectáculo de ese año -que tocaba el tema de las esclavas- era la que no se pudiera ver. Tenía que valorizarse la presencia de otras figuras. Entonces, yo construí grandes ventanales negros por donde salían grandes muñecas. Y el espectáculo ganó". En resumen, "la buena escenografía es la que aporta al espectáculo. Si resalta mucho, es porque los otros rubros no están fuertes. Es como en el fútbol: si el juez sobresale mucho es porque algo anduvo mal".

A diferencia de otros rubros, el suyo es difícil de ser expuesto en un tablado. Él reconoce que eso es injusto para quienes no pueden ir al Teatro de Verano. "Ahora, ¿cómo hacés? Para el Teatro va una `chata` de 18 metros, cargamos una hora, descargamos otra hora, y hay otra hora más para armar todo. Una escenografía tiene doce metros de fondo, cinco de alto, más calles laterales. No hay tablado que aguante".

Transgredir. Locuaz, alocada, creativa, revolucionaria. Así es conocida Mariela Gotuzzo en el ambiente, en el cual comenzó como maquilladora en 1993, pasó a colaborar con los vestuarios dos años después, se animó con sus propios diseños en 1998 y ya en 1999 ganó su primer premio. Así también parece en persona. "La murga evolucionó muchísimo y sigue innovando. No tenés techo", afirma esta vestuarista y lleva sus dichos a la práctica.

El traje sadomasoquista de La Gran Siete solo fue una muestra. En ese mismo grupo, donde trabajó nueve años, hizo un body painting completo. "Saqué los sombreros e incorporé el volumen con pelos parados. Les pedí que no se corten el cabello por un año y así salió el espectáculo", cuenta. Al final de esa actuación, los murguistas se colocaban unos chalecos hechos con preservativos. "En definitiva, era una forma de resignificar los elementos y generar nuevos lenguajes estéticos".

La historiadora del carnaval Milita Alfaro señala que La Gran Siete fue, junto con la Antimurga BCG, una murga que dio paso "a lo transgresor, al teatro callejero". Mucho tuvo que ver Gotuzzo. Ella no era carnavalera, pero de un exmarido le quedó una hija y la pasión por esta fiesta. "No tengo limitaciones", repite sobre su trabajo, como si fuera un dogma. Este año viste a la murga La Clave, de San Carlos, y a La Cotorra de Rosario, Argentina. También está con la comparsa Mi Morena. "El vestuario para esta categoría es muy específico y es difícil innovar", señala la artesana. Es por ellos que, reconoce, recién este año leyó el reglamento del Concurso Oficial. Pero con las murgas sigue despuntando el vicio de romper con lo establecido. A los argentinos les depiló los pies y las manos "para poder pintárselas y que combinen con el traje". Al vestuario de los carolinos -que costó unos 20 mil dólares, una cifra muy alta- les puso unos zapatos con plataformas de entre 12 y 16 centímetros. "Al principio los componentes se quejaban de que se iban a lastimar. Ahora están saltando por todos lados. Quizás los usen en el invierno para matar el frío y aislar los pies del piso", ríe.

En su pequeño taller en el Reducto hay todo tipo de telas y colores, capas, morrales, maniquíes y la inconfundible retaguardia de un pitufo. "Logré encontrar un canal para expresarme en un país con pocas posibilidades para la creación. Hago lo que amo". Lo dice y una expresión mezcla de placer y orgullo, junto con una sonrisa enorme, le queda pintada en el rostro.

Psicólogo. Federico Gauthier comenzó en su Dolores natal en 2001, pintando las caras de los locatarios Siete y Tres (murga). Él también fue autodidacta; recién años después haría cursos especializados en Buenos Aires. En 2009 trabajó con La Gran Muñeca y en 2010 ya fue ternado en la mención como Mejor Maquillaje. Hoy pone su arte al servicio de las murgas La Soñada y La del Estribo, y de los parodistas Caballeros. "Muchos me han ido a buscar por mi manejo del aerógrafo, un lápiz con aire comprimido que te permite mayor precisión en el esfumado y rapidez para pintar. Esa es una innovación que incorporé al Carnaval", dice sin que suene arrogante, en una pausa de su tarea en el Club Rentistas. Aún tiene un indisimulable acento y modos del interior.

Látex, tintas y bases siliconadas para colorear con el aerógrafo (acercándolo y alejándolo de la cara, cambiándole velocidades, regulándole el aire) son sus principales herramientas de trabajo. Este año adelantó todo lo que pudo en Dolores -el famoso 2D y la pintura sobre capas de látex- "para estar cerca de los hijos", pero desde hace un mes está full time en Montevideo.

"El buen maquillaje tiene que ser coherente con el espectáculo. Podés gastar kilos de brillantina (cosa que odio), y tener el mejor material del mundo, que si no pega con la propuesta no tiene sentido". Gauthier cuenta que, por etapa del Concurso y según el nombre y la trayectoria del técnico, un maquillador cobra entre tres mil y quince mil pesos. "No da la plata para hacerlo en los tablados", afirma, aunque agrega que Agarrate Catalina es una excepción en ese aspecto. Los materiales no son caros, dice, pero el trabajo es muy arduo. "Lo que cobré este año está lejísimos de lo que debería haber sido".

Esto último es una queja o temor habitual entre los técnicos. Gotuzzo e Irigoyen también han sufrido pagas escasas, inferiores a lo pactado o, incluso, no han visto un peso por un trabajo realizado. La vestuarista prefiere no mencionar a nadie, pero el escenógrafo nombra a la revista Rebelión y a la comparsa Tronar de Tambores entre sus deudores.

Para Gauthier, así como hay caras más fáciles de maquillar (esas de piel menos grasosa), también hay murguistas más difíciles a la hora de trabajar: hay desconfiados, hay quien quiere "una boca" más grande o más chica, más o menos negro, hay quienes no gustan de hidratarse dos horas antes de pintarse, aunque eso les evite la resaca de las tinturas. Es que las murgas habrán evolucionado, pero aún hay integrantes que parecen tenerle fobia a las cremas humectantes. Así como cada maquillaje parece ser particular, cada individuo es un mundo, también en Carnaval. "Con el tiempo te acomodás a las situaciones; acá te volvés un poco psicólogo".

El power. "Tengo que ser equilibrista para estar en el taller". La habitación que el Lobo Núñez utiliza en su casa del Barrio Sur para trabajar está repleta de herramientas, mesas, maderas, tambores a medio hacer y -taller al fin- un almanaque al tono, con una mujer tan exhuberante que intimida. Tampoco hay mucho lugar en su estudio, gracias a la sobrepoblación de chicos, pianos, repiques, un cajón peruano y un djembé africano. Hay trajes de tamborileros, un estandarte de La Calenda, la comparsa creada por sus hijos, y hasta una foto de Bob Marley como jugador de fútbol.

Núñez tiene 56 años y casi 30 como luthier. Está fuera del staff técnico de los conjuntos, pero también pone sus manos al servicio de la causa carnavalera. "Como todo aprendiz, la mejor herramienta que tenía era la escoba. Dejando limpio el taller y luego dando una mano". Aprendió viendo y tocando. Nombra sucesivamente a sus maestros, y a los maestros de sus maestros: José Luis "Cabeza" Montrazzi, Juan Velorio (ambos en la carpintería de Juan Piemonte, también en el Barrio Sur) y "Quico" Acosta.

"Hoy no pasa lo mismo, pero antes era muy común que quienes tocaban hicieran el mantenimiento de su instrumento, ajustarle el aro, cambiándole la lonja", relata. Es capaz de pasarse horas hablando del origen y evolución del candombe y los tambores; de cuando se utilizaban las barricas de vino a los tiempos actuales. Y es fácil que se entusiasme con el tema.

"Trabajo con maderas de todo tipo, pero preferentemente uso pino Brasil. Es noble, fuerte, liviano, se desperdicia poco. Utilizo hierro para los herrajes; aluminio no porque no es reparable. De lonja uso cuero de vaca o de potro; el parche de nylon es el que usan los que no saben nada... La clave de un buen tambor es que esté bien apretado con los aros, que no esté flojo, que no sea muy pesado para la persona, para que tenga una `voz` definida". Un chico, piano o repique, dice, ronda entre los 4.500 y 5.000 pesos, y su fabricación insume de dos a tres días. "Teniendo la duela (de la madera) curvada, puedo hacerlo de un día para otro".

A diferencia de los anteriores artesanos, y a pesar de que su nombre está muy ligado a las Llamadas (fue figura en conjuntos como Esclavos de Nyanza y Morenada), al candombe y a la fabricación de tambores, Núñez no considera que el Carnaval sea su zafra. Él, cuya vida gira en torno a lo que considera "el instrumento más autóctono del folclore más autóctono que hay en el país", trabaja todo el año. Hay meses que puede vender diez; en otros, ninguno. "Mis clientes son particulares. Aunque casi todos mis clientes salgan en comparsas, los conjuntos no compran más. Hoy la exigencia de un director de estos grupos es que cada integrante tenga su tambor. También le he vendido a turistas argentinos, japoneses, alemanes, italianos...". Percusionistas como Nicolás Arnicho o Ruben Rada (con quien toca regularmente), así como los hermanos Fattoruso, utilizan sus instrumentos, firmados como "El Power".

El Power fue un cuadro de barrio. "Fue el equipo más importante que hubo acá, jugaba en la Liga Palermo". Al Lobo le sale el hincha de adentro. "Uno de sus fundadores fue mi padre. Él siempre soñaba que llegara a Primera División. Nunca pasó, pero al menos ese nombre anda por todo el mundo, en los festivales de música, con mis tambores, a modo de homenaje". Algunos de ellos también siguen latiendo sobre Isla de Flores, los tablados, el Teatro de Verano y en varias esquinas donde se reúnan comparsas más o menos organizadas.

Los dos hijos de Núñez también siguen el oficio de luthier. El Lobo ya compartió escenario con uno de sus cuatro nietos. No es difícil pensar que la cadena continuará: Quico, Velorio, Cabeza, él... Mirando y aprendiendo, como hace todo artesano.

El impulso allá por 1950

La historiadora y escritora Milita Alfaro ha investigado mucho sobre el Carnaval. "En la década de 1950 empiezan a incorporarse técnicos específicos por rubros. En 1952, la murga La Milonga Nacional salió con un traje lujoso e impactante. Simularon ser árabes con un vestuario temático. Al año siguiente, el director de Curtidores de Hongos, Carlitos Céspedes, ganó la lotería y vistió a su conjunto en el London París. Desde ahí, hubo una puja en la que el vestuario cobró importancia", relata esta experta a Revista Domingo.PARRAFO>

NÉSTOR MORÁN

Vistiendo a 20.000 cabezas

Néstor Morán (62) es un nombre de referencia en el universo del backstage carnavalero y teatral. En sus 30 años de carrera, este vestuarista ha ideado y confeccionado más de 200 diseños y estima que lleva realizados unos 20.000 sombreros, en espec- táculos de todo tipo y hasta cotillón para fiestas. El Museo del Carnaval alberga algunos de sus diseños, que lucieron murgas como Falta y Resto, Saltimbanquis, El Gran Tuleque, Colombina Che, Curtidores de Hongos y A Contramano, entre otros. Este 2012, por primera vez en tres décadas, las tablas del Teatro de Verano no verán desfilar sus telas. "Me tomé un año sabático y me hizo bárbaro", cuenta entre risas. No obstante, reflexiona sobre los cambios que ha sufrido su labor a lo largo de los años: en 1982, cuando por primera vez lo llamaron para elaborar los accesorios y sombreros de Falta y Resto (luego de ver su trabajo en una obra para niños), y luego el vestuario de Saltimbanquis, recuerda Morán que se dio "el quebranto" de un estilo. "Se trabajaba el volumen, eran trajes maravillosos pero, ¡pobres murgueros!, pesaban kilos; había que darles una medalla solo por la contractura de 20 años que se ganaban", recuerda. Ahora, además de trabajar con materiales más livianos, otra gran diferencia es el armado integral del espectáculo: el vestuario debe representar plásticamente la idea que sigue el libreto. A su vez, hoy está la llamada "puesta en escena" y los trajes deben permitir los movimientos que requiera esa actuación.

Las cifras

68

Son los vestuaristas que trabajan en el Concurso Oficial 2012, según registros de la Intendencia de Montevideo.

56

Número de maquilladores. Hay grupos que tienen más de un técnico en un determinado rubro.

48

Cantidad de escenógrafos. Hay categorías en que este rubro no puntúa.

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