La noche del viernes 10 de abril, miles de personas se congregaron en la Plaza Fabini para homenajear los 90 años de Alfredo Zitarrosa. El centro de Montevideo, acostumbrado al tránsito y la prisa, adoptó otro pulso: uno más lento, más atento, atravesado por la memoria. En ese escenario cargado de emoción, Alfonsina ofreció una actuación perfecta. Junto al cantante AVR y los tambores de Cuareim 1080, la canción “Candombe del olvido” abrió un paréntesis. Su voz, sostenida por el latido de las lonjas, logró enlazar generaciones y hacer presente, otra vez, la figura del cantor popular más emblemático del Uruguay.
“Zitarrosa es una de las voces que, como a muchas y muchos, me marcaron”, dice Alfonsina a Domingo. Y se explaya: “Me marcó como poeta, como intérprete y como alguien que te muestra dónde se pone la vara de lo que se puede hacer con la música”. Para Alfonsina, la obra de Zitarrosa trasciende lo estético: “Hace aportes en la construcción de sociedad, en la construcción de comunidad. Eso es impresionante”.
La invitación a participar le llegó de forma inesperada. Ella ya pensaba asistir como público cuando, a pocos días del espectáculo, la convocaron para sumar su voz. “Fue todo bastante apresurado. Me lo dijeron un viernes, tuve el fin de semana para aprender el tema y el lunes ya estaba ensayando”, recuerda. Lejos de intimidarla, el desafío se transformó en privilegio: “Lo siento como una oportunidad enorme, de tocar con esa cuerda de tambores, de compartir con AVR, de cantar a Zitarrosa para la gente de mi ciudad”.
Alfonsina se reconoce como una artista exploradora, muchas veces asociada a sonoridades que no remiten directamente a lo uruguayo. “La raíz uruguaya soy yo”, afirma. “Pero en mi música a veces parece que fuera más foránea, porque me gustan las mezclas, lo experimental”, agrega. Sin embargo, aclara que su vínculo con la tradición está intacto: “Yo amo la música popular uruguaya. A veces digo que es un amor no correspondido, pero la amo profundamente”.
Primero fue la palabra
Ese amor convive con una historia personal marcada por la búsqueda. Antes de la música, estuvo la palabra. “Para mí todo empezó con la poesía”, cuenta. Y en ese origen aparece la figura de su abuelo materno, maestro rural en Paysandú, quien le escribía cartas cargadas de imágenes y musicalidad. “Su manera de dirigirse a mí era poética todo el tiempo. Creo que le debo mucho en cómo aprendí a expresarme”, sostiene.
La otra herencia familiar, la del abuelo paterno, psiquiatra y pintor, dejó una marca distinta: más geométrica, más teórica. “Uno es Oriente y el otro Occidente. Y yo estoy en el medio de esos dos mundos”, reflexiona. Esa tensión se traduce hoy en su obra, donde conviven sensibilidad, estructura y una permanente exploración de los límites expresivos.
La música llegó de forma progresiva. De niña, cantaba sola en su cuarto, grabando melodías a capella en una computadora. “No quería salir demasiado de la comodidad y protección de mi dormitorio”, admite. También consumía el pop global de su generación: Britney Spears, Christina Aguilera, Justin Timberlake. A los 7 años se subió a su primer escenario, interpretando a Bella de La bella y la bestia en una obra escolar. Más tarde, en el liceo, formó una banda donde cantaba Nirvana y Guns N’ Roses, aunque con timidez extrema. “Cantaba mirando la pared o pidiendo que no me miraran”, recuerda.
La maduración artística
La adolescencia trajo consigo para Alfonsina el descubrimiento de otras músicas y otros mundos. El blues, el jazz, el funk, y luego la escena electrónica under de Montevideo. El boliche Milenio fue, según sus propias palabras, una escuela. “Ahí conocí una cultura de libertad, de comunidad, de respeto”, asegura. En paralelo, los domingos de jazz en el bar Tartamudo -nombre heredado del apodo de Eduardo Mateo- la acercaron al canto en vivo. Fue en ese sótano cercano al túnel de 8 de Octubre donde se animó, una y otra vez, a interpretar “Summertime” y otras canciones.
En ese cruce de géneros, experiencias y sensibilidades se fue moldeando la artista ecléctica que es hoy. Un camino que también incluyó episodios inesperados, como su encuentro con el músico británico Tricky. “Vi en él a un poeta que no transaba con hacer música que no le gustara. Esa mirada me marcó”, recuerda sobre aquel proceso que, aunque no culminó en una gira, dejó una huella profunda.
Discos y colaboraciones
Su discografía refleja esa evolución: desde El bien traerá el bien y el mal traerá canciones, con el que obtuvo el Premio Graffiti a la Música Uruguaya como Mejor Artista Nuevo en 2015, pasando por Pactos (2017) y La terrible fe (2024), hasta llegar a Pausa y fogueo, su nuevo trabajo. Este último trabajo, que presentará el 14 de agosto en La Trastienda, reúne colaboraciones con artistas como Paulinho Moska, Laura Canoura, Gastón Pauls, Nicolás y Martín Ibarburu.
Antes de ese presente, hubo también un reconocimiento temprano que la proyectó más allá de fronteras: fue la única artista latina seleccionada para integrar el primer compilado mundial de la plataforma Sofar Sounds, con la canción “Por no saber decir”. Ese hito confirmó una intuición que ya venía tomando forma: su música, aunque profundamente personal, dialoga con una sensibilidad global.
A lo largo de su carrera, no solo ha tejido vínculos con artistas, sino también con distintas escenas. Fue elegida por Marisa Monte para abrir sus shows en Uruguay, y compartió proyectos y escenarios con nombres como Fito Páez y Samantha Navarro. Esos cruces no solo ampliaron su alcance, sino que consolidaron una identidad artística abierta, permeable y en constante transformación.
Reencontrarse con la guitarra
También su presente colectivo habla de esa expansión. Actualmente es guitarrista de Filo, un proyecto reciente integrado por músicos de Buenos Muchachos que ya ha girado por varios países de Sudamérica. “Llegó en un momento en que estaba desenamorada de la guitarra”, confiesa. “Y me ayudó a reencontrarme con ella”, agrega sobre una experiencia que volvió a encender su vínculo con el instrumento desde otro lugar.
“Viajamos a Chile, a Paraguay, a Argentina… y tocamos un montón por Uruguay. Sin embargo, es un grupo que todavía hay un montón de gente que no lo conoce”, aclara sobre el proyecto de Filo que tanto la entusiasma.
Mientras tanto, Pausa y fogueo sigue su andadura, como un álbum que, según describe, vuelve a lo acústico sin perder complejidad. “Es un refugio sonoro para estos tiempos acelerados”, sintetiza. Pero también es una declaración de principios: una obra donde la madurez artística convive con la honestidad poética.
Más allá de la música
Alfonsina no se define únicamente como música. “Hago muchas cosas, pero ¿qué es lo mío?”, se pregunta. Y responde: “Tal vez la investigación”. Habla de la meditación como eje, como una práctica que realiza y que atraviesa todo en su vida: la música, la fotografía, la escritura. “Va a transpirar hacia mis vínculos, hacia mis obras. Afecta todo”, destaca.
Pero de cara al futuro inmediato, el desafío es claro: llenar una sala grande como La Trastienda. Y hay una dimensión simbólica en esa decisión, como artista y como mujer. “No tomar esos espacios también es un mensaje. Quiero invitar a que apoyen, a que vengan, a que demostremos que estos proyectos merecen estar ahí”, sostiene.
Aquella noche en Plaza Fabini no fue un punto más en su recorrido vital: fue una confirmación. Todo lo que vino antes -la exploración, las dudas, las búsquedas- apareció ordenado en escena, con una voz y una identidad que hoy se sostienen por sí solas. Alfonsina ya no está buscando su lugar, lo está ocupando.