Días atrás, Montevideo fue escenario de la presentación de El misterio del último Stradivarius, la más reciente novela de Alejandro Roemmers. Empresario, escritor y filántropo argentino, heredero de uno de los imperios farmacéuticos más importantes de la región, su figura es conocida por múltiples facetas; sin embargo, él insiste en reconocerse, ante todo, como poeta.
La novela tiene un protagonista singular: el último instrumento construido por Antonio Stradivari (1644–1737). Ese violín legendario articula dos historias que avanzan en paralelo hasta fundirse en una sola: por un lado, una trama policial contemporánea —cercana a la serie negra— que se inicia con el asesinato de un padre y su hija en una pequeña ciudad de Paraguay; por otro, una novela histórica minuciosamente reconstruida que sigue el recorrido del violín a través de casi tres siglos y de las vidas de sus dueños ocasionales. “El Stradivarius me atrapó y ya no me soltó”, reconoce Roemmers a Domingo, consciente de que la música, aunque no sea el tema explícito del libro, atraviesa cada página como un pulso secreto.
No es casual. Su madre es pianista y él mismo toca el piano desde muy joven. Creció rodeado de conciertos, ópera y música de cámara. “De chico me llevaban a conciertos, a la ópera, a la sinfónica. Estuve muy expuesto a la música”, recuerda. Esa formación sensible, lejos de los estereotipos del empresario duro, explica en parte una obra literaria que dialoga más con la espiritualidad y la memoria que con el vértigo del mercado.
Nacido en Buenos Aires en 1958, Roemmers escribió su primer poema a los 8 años, precisamente en las sierras de Córdoba, el mismo paisaje donde décadas después terminaría de escribir buena parte de esta novela. Publicó por primera vez a los 19, aunque su padre —figura decisiva y exigente— no apoyó inicialmente su vocación literaria. “Mi familia tenía muchas expectativas de que yo me dedicara al negocio familiar”, cuenta. Y lo hizo: estudió Administración de Empresas y durante 20 años se dedicó de lleno a la compañía. “La poesía quedaba para las madrugadas, los viajes, los aeropuertos”, confiesa.
Alumno brillante, lector precoz y profundamente introspectivo, sufrió bullying en la infancia, cuando todavía no existía la palabra para nombrarlo. “Era diferente”, explica. En su casa no hubo televisor hasta que él tuvo 15 años (por decisión de su padre), no le interesaba el fútbol y leía mientras sus compañeros hablaban de programas o partidos que él ni siquiera veía. “Fui siempre seguro de mis convicciones”, afirma. Esa diferencia, lejos de quebrarlo, consolidó una personalidad tempranamente madura y espiritual.
Con los años, esa sensibilidad encontró una síntesis poco común con el mundo empresarial. Roemmers impulsó dentro de sus empresas políticas pioneras de bienestar, desarrollo personal y compromiso comunitario. “El corazón de la empresa es la gente”, sostiene. Y agrega: “Lo que nos diferencia no son los recursos, que los tienen todos, sino las personas y esa energía extra que ponen cuando sienten algo como propio”.
Su faceta filantrópica y cultural es amplia y reconocida internacionalmente. Recibió el Premio San Francisco de Asís —otorgado por primera vez en 800 años a un laico— y en 2025 fue nombrado Embajador por la Paz por la World Organization for Peace. Es autor de novelas como Vivir se escribe en presente y Morir lo necesario, de musicales como Franciscus, una razón para vivir, y de poemarios que lo consolidaron como una voz singular en la literatura contemporánea. Además, El regreso del joven príncipe, traducido a 30 idiomas, superó los tres millones de ejemplares vendidos.
El prólogo de El misterio del último Stradivarius fue escrito por Mario Vargas Llosa, en lo que sería uno de sus últimos textos públicos. “Es mucho más que un prólogo”, aclara Roemmers. “Escribió unas 15 páginas sobre mi obra. La editorial recortó una parte”, agrega. El Nobel peruano quedó atrapado por la novela —y por la música— gracias a la mediación de su hijo Álvaro. “A Mario le gustaba mucho la música, iban todos los años a Salzburgo. El Stradivarius lo atrapó”, cuenta.
El dinero y el poder.
Heredero de un grupo empresarial con miles de empleados y presencia internacional, Roemmers ha sido señalado en múltiples ocasiones como uno de los empresarios “más poderosos” del país. Sin embargo, su propio relato pone en cuestión esa etiqueta y propone una mirada alternativa sobre el rol de la empresa, el poder y la influencia en la sociedad.
Para él, una empresa no es solo una estructura productiva ni un instrumento de acumulación económica. “No olvidemos que, finalmente, una empresa es un grupo humano”, subraya. Y va más allá: “El corazón de la empresa es la gente. Los demás recursos los tienen todos; lo que nos diferencia son las personas”. Esta concepción explica por qué, desde hace más de tres décadas, el grupo impulsó prácticas poco habituales para el mundo corporativo argentino de entonces: espacios de descanso y silencio, seminarios de desarrollo personal, actividades culturales, gimnasios, políticas de bienestar laboral e integración con la comunidad.
Ese enfoque, sostiene, genera un clima laboral excepcional: “Las personas no se van nunca. Se jubilan en la compañía. Hay gente que me dice que se queda después del trabajo porque está más tranquila que en su casa”. Este enfoque también atraviesa su mirada sobre el poder económico y el famoso “círculo rojo” argentino, una expresión que suele aludir a un núcleo reducido de empresarios con influencia directa sobre la política y las decisiones públicas. Roemmers se distancia explícitamente de esa idea. “Nunca participé en esas cosas”, afirma, al referirse a cámaras empresarias o asociaciones de lobby. “A mí me interesa más el mundo de la cultura”, insiste.
Sin negar la existencia de ámbitos de diálogo entre empresarios y políticos —que considera necesarios—, rechaza la noción de un poder ejercido desde la manipulación o la presión. “No me siento poderoso en el sentido de que yo le pueda cambiar la decisión a nadie, porque tampoco intento hacer eso”, sostiene. Para él, el crecimiento del grupo farmacéutico en países como México o Brasil es la prueba de que el éxito no depende de influencias locales: “Ahí no hubo nada de poder ni de influencia, simplemente trabajar bien”.
Ser un personaje público.
La vida de Roemmers también estuvo marcada en los últimos años por episodios judiciales que tuvieron amplia difusión mediática. En mayo de este año fue sobreseído “total y definitivamente” de una denuncia por trata de personas, que la Justicia calificó como falsa y sin sustento. El propio Roemmers lo explica con serenidad: “Alguien creyó que podía extorsionarme inventando historias. Y la Justicia se dio cuenta de que era todo falso”.
Otro sinsabor lo tuvo en España, donde denunció haber sido estafado por más de 32 millones de euros en la producción de una serie sobre San Francisco de Asís. “Resultó que este hombre era un estafador”, dice sobre su exsocio José Luis Moreno. Aun así, evita el tono revanchista: “Todos podemos caer en manos de un estafador, sobre todo cuando lo recomienda alguien en quien confiamos”.
Su relación con el papa Francisco fue, en cambio, una de las experiencias más significativas de su vida. Mantuvieron durante años un intercambio epistolar; el pontífice le enviaba cartas escritas de puño y letra. “Hablábamos mucho de la paz, de la fraternidad”, recuerda. Compartían la devoción por San Francisco de Asís y una visión del cristianismo basada en la inclusión y el servicio.
Un violín, varias historias.
¿Por qué leer El misterio del último Stradivarius? Roemmers responde desde un lugar poco habitual: “Nos cuidamos de lo que comemos, pero no de lo que vemos o leemos. Eso es tan importante como los alimentos, porque a diferencia de lo que comemos, mucha veces se queda en nuestro interior”, reflexiona. La novela, admite, tiene pasajes duros, incluso ambientados en un campo de concentración. “A veces hay que atravesar el infierno para llegar a un lugar mejor”, dice.
En Montevideo, ciudad a la que lo une un vínculo afectivo y cultural profundo, Roemmers presentó una obra que condensa su recorrido vital: la música heredada, la poesía temprana, la disciplina del empresario y la búsqueda espiritual constante. El último Stradivarius, con su sonido atravesando siglos, es también una metáfora de esa vida: un instrumento frágil y poderoso, capaz de unir historias dispersas en una sola melodía.