A contramano de la inmediatez y la digitalidad contemporáneas, hay historias que se miden en décadas -y a veces en siglos-, escritas en papel, con tinta y paciencia. Este 2026 ofrece una de esas raras coincidencias: confluyen los 170 años de los primeros sellos postales uruguayos, las célebres “Diligencias”, y el centenario del Club Filatélico del Uruguay, una institución que ha sido refugio, archivo y punto de encuentro para generaciones de coleccionistas.
La historia comienza en 1856, en un país joven que buscaba ordenarse tras la independencia. El sistema postal, hasta entonces rudimentario, encontró en la figura del coronel Atanasio Lapido un impulsor decidido, aunque no exento de polémica. Empresario de diligencias y administrador de Correos, Lapido encarnaba una dualidad incómoda: gestionaba lo público mientras operaba intereses privados. Sin embargo, fue bajo su gestión que se concretó una reforma clave, inspirada en el modelo británico de Rowland Hill, creador del primer sello postal del mundo.
Las “Diligencias”, emitidas el 1° de octubre de 1856, marcaron un antes y un después. No solo introdujeron el concepto hoy básico del franqueo previo (pagar antes de enviar una carta), sino que también facilitaron una reducción de tarifas que democratizó el acceso al correo. Transportadas en carruajes particulares y sin obliteración oficial (el equivalente al matasellado de hoy) -lo que alimentó dudas sobre su legitimidad-, estas estampillas eran, en esencia, comprobantes de pago que buscaban transparentar la recaudación postal.
Su circulación fue breve, hasta diciembre de 1859, pero su impacto fue duradero. Las piezas más raras, como la segunda emisión de 60 centavos, son hoy tesoros codiciados por coleccionistas de todo el mundo. En ellas no solo se condensa el valor económico, sino también una narrativa: la de un país que comenzaba a tejer su red de comunicaciones.
A diferencia de lo que ocurrió en muchos países -donde los primeros sellos postales exaltaban la figura del monarca de turno, de un presidente o de héroes nacionales ya consagrados-, las “Diligencias” uruguayas optaron por una imagen más abstracta y simbólica: el sol de la patria. No es un detalle menor. En 1856, cuando estas estampillas comenzaron a circular, la iconografía nacional aún estaba en construcción y la figura de José Artigas -fallecido apenas seis años antes- no había adquirido el carácter casi fundacional que tiene hoy. Su consagración como principal héroe nacional fue un proceso posterior, que comenzó a delinearse con mayor fuerza recién hacia fines del siglo XIX. En ese contexto, el sol -heredero de tradiciones revolucionarias y emblema compartido en el Río de la Plata- ofrecía una representación más neutral, capaz de condensar identidad sin entrar en disputas aún abiertas sobre el pasado reciente.
Un siglo y medio después, el universo filatélico uruguayo volvió sobre las “Diligencias” con una mirada renovada. En ese contexto, Páez Vilaró fue convocado para ilustrar una serie de sellos en homenaje a aquellas piezas fundacionales. La elección no fue casual: además de su reconocimiento internacional, Páez mantenía un vínculo indirecto con la historia del Club Filatélico, por ser hijo de su primer presidente, el abogado, docente y político Miguel A. Páez Formoso. El encargo encontró al artista en un terreno particularmente afín. Su obra, atravesada por una iconografía persistente, había hecho del sol uno de sus motivos centrales.
Pioneros y figuras conspicuas
Setenta años después de la aparición de las “Diligencias”, en 1926, otro grupo de entusiastas daría forma a una institución destinada a preservar esa memoria. A su regreso de una exposición en Buenos Aires, un conjunto de filatelistas uruguayos -entre ellos Páez Formoso- decidió fundar el Club Filatélico del Uruguay. El 26 de setiembre de ese año firmaron el acta fundacional, con la ambición de promover el coleccionismo y organizar exposiciones en el país.
Desde entonces, el club ha atravesado distintas etapas, mudanzas y crisis, pero nunca dejó de funcionar. Hoy tiene su sede en Gaboto 1215, aunque antes ocupó locales en Juan Carlos Gómez, el Palacio Díaz sobre 18 de Julio, Germán Barbato y Mercedes. Por sus salones pasaron figuras destacadas de la política nacional, como Washington Beltrán -quien presidió el Consejo Nacional de Gobierno- y Wilson Ferreira Aldunate, ambos apasionados filatelistas.
Casal, sinónimo de filatelia
La historia reciente del club está marcada por la voz de Winston Casal, su actual tesorero y uno de sus pilares desde hace casi cuatro décadas. “Desde el 88 soy directivo del club”, cuenta, repasando una trayectoria que incluye su presidencia entre 1992 y 1994, y una década al frente de la Federación Uruguaya de Filatelia. Hijo de Elías Casal Gari -referente indiscutido del coleccionismo local-, Winston creció entre sellos, catálogos y remates.
“Mi viejo hizo el primer catálogo con numeración propia de Uruguay, junto a Juan Kobylanski”, recuerda. Ese trabajo permitió al país integrarse a circuitos internacionales y consolidar su identidad filatélica. Pero el camino no estuvo exento de tensiones. Las disputas internas, los cambios políticos y las dificultades económicas pusieron al club al borde del cierre en más de una ocasión.
Uno de los momentos más críticos ocurrió en la última década. “La empleada me preguntó: ‘¿Hasta cuándo dura el club?’”, relata Casal. “Le dije: si no vendemos la casa, en julio estamos cerrados”. La sede de Mercedes 1540, casi Tacuarembó, una casona antigua y hermosa, sufría filtraciones y era insostenible. La solución llegó casi por azar: un intercambio inmobiliario que permitió mudarse al actual local y obtener recursos para seguir adelante.
“Salvamos el club”, dice sin dramatismo, pero con la certeza de quien fue parte de una decisión crucial. A partir de allí, comenzó una etapa de renovación. Se modificó la dinámica de los remates, se incorporaron relatos históricos sobre cada pieza y se apostó a atraer nuevos socios. “Empecé a comentar los lotes, a contar por qué se hizo tal sello. La gente empezó a aprender”, explica.
Lejos de los años dorados
Hoy el club cuenta con unos 150 socios, lejos de los más de mil que tuvo en su apogeo, con una participación que, se podría decir, es relativamente activa. “A los remates van unos 25 socios, pero llegaron a ir cuatro”, dice Casal. Los jueves se reúnen para revisar los lotes, los viernes se suman otros, y los sábados se realizan las subastas. Hay jóvenes (en el mundo filatélico se considera que una persona es “joven” incluso con 50 años) -“tenemos uno de 19 años que viene todos los días”, dice Casal- y también nuevas socias que descubren en la filatelia una forma de conexión con el pasado.
El canje, práctica tradicional entre coleccionistas, prácticamente ha desaparecido. Pero el club sigue siendo un espacio de aprendizaje y encuentro. “La gente viene con una colección heredada y pregunta qué hacer. Algunos la venden, pero muchos se quedan”, dice Casal. En ese gesto -el de quedarse- se juega la continuidad de una tradición que, aunque minoritaria, sigue viva.
Con 170 años de historia postal y un siglo desde la fundación del Club Filatélico, ambos constituyen un archivo vivo del pasado nacional. Cada estampilla condensa una imagen, un símbolo, una decisión política o cultural. Y en quienes las coleccionan persiste una forma singular de mirar el tiempo: con paciencia, como quien aún sabe esperar una carta.