Un duro del western

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AMILCAR NOCHETTI

EN 1952 John Wayne recorrió las serranías de Lavalleja y Maldonado en busca de exteriores para un futuro film sobre Davy Crockett. Durante esa estadía en Uruguay el actor declaró, en buen castellano, que deseaba ser recordado con tres adjetivos: feo, fuerte y formal. La descripción era muy acertada: en la cúspide de su carrera, el rostro de Wayne había ganado rudeza, su corpulencia comenzaba a incrementarse y la integridad moral pasaba a formar parte insoslayable de sus personajes. La posesión de esa estampa, empero, no había sido cosa de un día.

LARGO ASCENSO. Wayne nació en Winterset, Iowa, el 26 de mayo de 1907 como Marion Michael Morrison. En 1911 su familia se mudó a Glendale, California, y allí los vecinos comenzaron a llamarle Big Duke, porque siempre andaba acompañado de su perro, que respondía al nombre de Little Duke. El apodo le quedó para el resto de la vida: al fin y al cabo era más adecuado que su nombre, demasiado femenino. En la adolescencia el Duke fue un jugador-estrella de fútbol americano, destacándose en el equipo de la Universidad de California del Sur, pero una lesión sufrida mientras nadaba cortó esa carrera deportiva. En 1926 comenzó a trabajar en los estudios Fox: el astro del western Tom Mix le ofreció un empleo durante el verano a cambio de entradas para los partidos de fútbol. El futuro actor no abandonaría jamás el mundo del cine, dando inicio como extra a una labor que llegaría a los 171 títulos entre 1926 y 1976. En esos oscuros comienzos el Duke hizo de todo: chico de los mandados, doble de riesgo, roles muy secundarios, encargado de vestuario en un par de films de época. También inició su amistad con el realizador John Ford, que además sería su maestro.

Sin embargo, quien lo "descubrió" fue Raoul Walsh. Con él, el ignoto caballista Marion Morrison pasó a ser acreditado como John Wayne, protagonista del western épico La gran jornada (1930), una extensa y espectacular historia que contaba las peripecias de una caravana de pioneros enfrentados a indios, desiertos, ríos salidos de cauce, tormentas de nieve y vertiginosos precipicios. La película había sido rodada en escenarios naturales en el novedoso sistema de 70 mm Grandeur, que fue rápidamente desechado por un problema de costos. El resultado fue un injusto fracaso de taquilla, y condenó al joven Wayne a una década de labores de clase Z en films de rutina y algunas seriales. A primera vista ese medio centenar de westerns de bajo presupuesto y mínimas pretensiones puede parecer un temprano fracaso artístico de Wayne. Si se analizan las cosas desde otra perspectiva, esa década "infame" sirvió al actor para absorber los tics y las constantes que caracterizarían al género en sus años de desarrollo y gloria (1940-60), y que lo conducirían al máximo sitial en la materia: Henry Fonda era mucho mejor actor, James Stewart exhibía una adecuada mezcla de socarronería y cinismo, Gary Cooper tenía una presencia insustituible con o sin caballo pero, vaya uno a saber por qué, John Wayne es sinónimo de western en el inconsciente colectivo de toda una nación. Los títulos que realizó en esos años olvidados deben contabilizarse, entonces, como un adecuado aprendizaje primario.

El ascenso llegaría en 1939 de la mano de su amigo John Ford, que en La diligencia lo ascendió de categoría al ofrecerle el rol del vengativo Ringo Kid. Pero ese film es una obra maestra coral, y el prodigio del resultado consiste en la noción de tiempo y el equilibrio con que Ford revela los caracteres individuales en medio de la tensión del grupo ante la inminencia de un ataque indio. Esas características no permitían el lucimiento de un intérprete por encima de los demás, y mucho menos en el caso de Wayne, un individuo de limitadas dotes dramáticas. La diligencia, entonces, brindó al actor el estatus de protagonista en films de condición superior, aunque casi siempre inscritos en el marco de la clase B, ya sea en el campo del western (El primer rebelde de William A. Seiter, 1939; Comando negro de Raoul Walsh, 1940; Indomable de Ray Enright, 1942) o fuera de él (Largo viaje de regreso de Ford, 1940; Piratas del Caribe de Cecil B. De Mille, 1942, su único papel de villano; Fuimos los sacrificados de Ford, 1945). Además, Wayne debió soportar una andanada de críticas hostiles por no haberse enrolado en el ejército durante la guerra. Las excusas esgrimidas (la lesión juvenil, fallas auditivas, su edad) no convencieron a nadie, y por un tiempo el actor pareció incapaz de conciliar su actitud renuente con la imagen de héroe impoluto que exhibía en la pantalla. Años más tarde reconocería que ésa había sido la experiencia más penosa de su vida.

ÍCONO. El verdadero salto de Wayne al estrellato tuvo lugar en Río Rojo (Howard Hawks, 1948) con su encarnación del despótico ranchero y conductor de ganado Thomas Dunson. El personaje era una encarnación del Destino Manifiesto caro a los estadounidenses, y su veta sombría generaba la rebelión de un hijo adoptivo, en un planteamiento de corte freudiano. Se dice que John Ford, al ver la película, exclamó: "El hijo de puta sabía actuar", y de inmediato exigió al máximo a Wayne en varios títulos recordables: la trilogía Sangre de héroes (1948), La legión invencible (1949) y Río Grande (1950), y la notable sátira de costumbres El hombre quieto (1952), filmada en Irlanda con visible espíritu de camaradería. En medio de esas labores el actor accedió a una nominación al Oscar por su papel en la producción bélica Arenas de Iwo Jima (Allan Dwan, 1949), que lo terminó transformando en un ícono nacional.

Esos eran los años del maccarthysmo, y Wayne manifestó públicamente su apoyo a la cruzada anticomunista: miembro del ala ultraderechista del Partido Republicano, el actor ya había tomado parte en 1943 en la creación de la Alianza Para la Preservación de los Ideales Americanos, organismo que presidió en 1947. En 1952 produjo Intriga en Honolulu, un indigno brulote en apoyo a la "caza de brujas". Pero, a diferencia de otros colegas, Wayne nunca delató a nadie ante la Comisión de Actividades Antiamericanas, aunque contribuyó a que el libretista Carl Foreman fuera puesto en la "lista negra" después de la filmación de A la hora señalada (Fred Zinnemann, 1952), que era un manifiesto político de rara valentía, además de una obra maestra del cine. Wayne no cambiaría con el paso de los años: en 1968 realizó el único film en apoyo de la intervención americana en Vietnam (Los boinas verdes), en 1971 defendió a la etnia blanca en el candente tema del tratamiento histórico a los indígenas, y en 1972 declaró que los negros no debían tener acceso a la misma educación que los anglosajones.

A esas alturas Wayne podía decir lo que se le antojaba, porque nada ni nadie podía derribarlo de su sitial de "héroe americano", consolidado en varios roles imborrables: Ethan Edwards, vengador neurótico y racista lanzado al rescate de su sobrina en Más corazón que odio (Ford, 1956); el coronel Marlowe, al frente de un regimiento en plena guerra civil, en Marcha de valientes (Ford, 1959); el sheriff John Chance en Río Bravo (Hawks, 1959); el heroico Davy Crockett en El Álamo, epopeya que dirigió personalmente en 1960; el pistolero Tom Doniphon en la iconoclasta Un tiro en la noche (Ford, 1962); el aventurero cazador de rinocerontes en Hatari! (Hawks, 1962); el general Sherman en La conquista del Oeste (Ford, 1962); el hermano mayor de Los hijos de Katie Elder (Henry Hathaway, 1965) y el célebre marshall tuerto y alcohólico Rooster Cogburn en Temple de acero (Hathaway, 1969), papel por el cual conquistó un muy discutible Oscar de la Academia.

A lo largo de esa trayectoria Wayne impuso un rostro y una figura que mediante una singular gama de expresiones revelaron una personalidad intensa y una presencia física impactante: inepto en el plano dramático, el actor pareció en cambio espléndido en el registro humorístico, y en el western derrochó credibilidad, como puede verse en su último film, El tirador (Donald Siegel, 1976), donde interpretó a un pistolero enfermo de cáncer. El actor padecía esa dolencia en la realidad, desde que había filmado El conquistador de Mongolia (Dick Powell, 1956) en un desierto de Utah en el cual el gobierno había realizado varias pruebas nucleares: 91 integrantes de la filmación morirían de cáncer durante las siguientes dos décadas y al actor le llegó su hora el 11 de junio de 1979. Para entonces el tiempo lo había alcanzado, quedando clausurada así toda una época de la historia de Hollywood.

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