por Gera Ferreira
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En la historia del cine —como en la de cualquier arte mayor— hay figuras que, más allá de su obra, encarnan una forma singular de mirar y pensar el mundo. La cineasta belga Agnès Varda (Bruselas, 1928-París, 2019) fue pionera, burguesa bohemia, avant la lettre del arte procesual (movimiento artístico donde el acto de crear, la experimentación y el viaje creativo son más importantes que el producto final), y en su práctica cinéfila dotó al séptimo arte de una libertad expresiva que sigue reverberando. Agnès Varda. Una pasión complicada fue escrita por la crítica estadounidense Carrie Rickey. Allí se propuso descifrar una trayectoria única, proyectada entre la vida, los documentales y la invención cinematográfica.
Rickey no escribe un relato elogioso, ni trabaja apegada al dato biográfico-cronológico. Su retrato, arriesgado y transversal, planea sobre una narrativa libre: rastrea a Varda desde su nacimiento y consigna sus peripecias juveniles, pero no se centra en el entorno familiar o en el contexto histórico, excepto cuando aborda el período de entreguerras y el fin de la Segunda Guerra Mundial. Más bien se apega al dato minucioso y humano de 65 años de carrera fílmica. Así, se adentra a sus orígenes como fotógrafa, su llegada al cine sin educación formal —lo que le otorgó una audacia visual poco convencional—, y la construcción de un cuerpo de trabajo que hasta hoy desafía las clasificaciones y jerarquías académicas.
Cinescritura. Si bien Varda llegó al cine sin ningún tipo de teoría unificada —cinematográfica, feminista o de cualquier otro carácter—, con el tiempo describió el papel del director con la palabra cinécriture. A su modo de ver, esta “cinescritura” abraza el encuadre, los movimientos de la cámara, el sonido, las imágenes fijas y en movimiento, la composición visual y los diálogos, fueran intencionados, accidentales o improvisados.
La biografía traza un arco que va desde su primer largometraje, La Pointe Courte (1954), obra fundacional de la nouvelle vague, hasta los últimos cortos e instalaciones de la artista, para luego desembocar en el autodocumental Varda por Agnès (2019), realizado junto a su hija Rosalie. Allí ofrece una especie de testamento cinéfilo, o mejor, la última palabra sobre sus principios artísticos: “las películas no se hacen para ser vistas a solas”; “filma de prisa con los medios que dispongas”; “si lo filmas con empatía y amor, nada es banal”; y por último, uno crucial: “para hacer una película se necesita un punto de vista”.
La filmografía de Varda revela una búsqueda constante por articular forma y experiencia. Luego del debut, exploró el tiempo real y la ansiedad existencial con Cléo de 5 a 7 (1962); en La felicidad (1965) desafió las nociones convencionales de felicidad y moralidad; en Sin techo ni ley (1985) narró la deriva de una mujer sin hogar con particular empatía; y con Los cosechadores y yo (2000) llevó al documental su propia filosofía de recolección visual y humana. Más tarde, en Las playas de Agnès (2008) reinventó la autobiografía fílmica, y en Rostros y lugares (2017), celebró la comunidad y el retrato callejero como acto creativo y político.
Rickey recupera anécdotas, críticas, correspondencias y testimonios de época que ayudan a comprender cómo Varda, sin los recursos de sus coetáneos varones y lejos de los circuitos de poder, supo hacer cine con pocos medios, pero con una visión profunda y una energía indeclinable. Muchos directores de su época basaban sus películas en material preexistente, como novelas y relatos cortos, pero Varda consideraba que la adaptación a la pantalla de una obra literaria, hecha para ser leída, la menoscababa; prefería que sus filmes surgieran de lo vivido, de la observación atenta sobre las personas que encontraba en su camino.
Varda es una creadora que no se detuvo ante las categorías rígidas del arte. Fue fotógrafa, directora, guionista y artista visual; transitó del formato analógico al digital; y en cada tramo de su carrera sostuvo el interés por lo aparentemente menor —quienes habitan los márgenes, los rostros anónimos, las playas y las texturas del mundo, las mujeres.
La relación de la directora con sus pares, como Jacques Demy —su pareja y compañero de vida artística— o Alain Resnais —figura clave que le ofreció apoyo técnico en sus comienzos— aparece como parte de un entramado de afectos, desafíos y aprendizajes que la nutrieron, como también su intercambio con artistas muy disímiles como Alexander Calder, Federico Fellini o Jim Morrison, con quienes cultivó amistad, entre otros. Rickey también explota las tensiones de género y las dificultades que enfrentó en un campo dominado por hombres, sin dejarse caer en la victimización: más bien, muestra la tenacidad y audacia con las que la directora sorteó esos obstáculos y construyó una voz propia, ajena a clisés y estereotipos.
El libro de Rickey ofrece un mapa de su vida en función del recorrido cinematográfico, interpretado no solo como un racconto de procesos, contratos u estrenos, sino como un hilo conductor del que pende su experiencia vital. No es un libro solo para cinéfilos o académicos: su pulso narrativo, su rigor documental y su sensibilidad crítica lo convierten en una lectura más que interesante.
AGNÈS VARDA. UNA PASIÓN COMPLICADA, de Carrie Rickey. Circe, 2025. Barcelona, 310 págs. Traducción de Jofre Homedes Beutnagel.